UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 30. #2
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Capítulo 30. #2

—¿Estás bien? —Pregunta, con ese tono bajo que usa solo cuando algo realmente serio ha pasado.

—Estoy bien —miento, aunque mis nudillos digan todo lo contrario.

—¿Dónde está? —Pregunta por fin; su voz es seca, controlada, con ese tono de quien ya sabe la respuesta, pero igual necesita oírla.

—Se fue —respondo sin levantar la vista.Zayden suelta un suspiro largo.

Se cruza de brazos.—¿Hasta dónde llegó?Aprieto la mandíbula.

Siento otra vez la rabia, esa que aún no termino de soltar.

—Demasiado lejos —respondo.Hay un silencio denso.

Zayden asiente muy despacio. Sus ojos viajan a mis manos, a las heridas abiertas, a la sangre seca.

Sus palabras tardan en llegar.—¿Te provocó?

—Más de lo que imaginas.—¿Sobre Mirella?

Asiento. Y no hace falta decir nada más.Zayden baja la mirada, se pasa la mano por la nuca.

Cuando habla, su voz es más baja, más personal.

—Eres su guardaespaldas, Rhett. Es tu trabajo protegerla.

Pero lo que hiciste hoy no fue solo trabajo.Levanto la mirada.

Lo miro fijamente.—No, no lo fue. Fue personal.Zayden se queda en silencio unos segundos.

Sus ojos buscan los míos.—¿Le dijiste algo a ella?

—No. No pienso hacerlo. No necesita saber la clase de basura que Ithan escupió.

No merece cargar con eso.Él asiente, entendiendo.

Luego se acerca un poco más.—No te culpo, Rhett.

Habría hecho lo mismo. Pero quiero que recuerdes algo: cuando eres guardaespaldas, primero es la cabeza, luego el corazón.Lo miro en silencio.

Sé que tiene razón. Pero esa línea con Mirella ya está más que rota.

Desde hace mucho.—Lo sé —digo finalmente—.

Pero no se trata solo de trabajo. Era ella.

Siempre es ella.Zayden baja la voz, como solo lo hace cuando es más amigo que jefe.

—No puedo reprocharte nada. Si fuera Ava, yo tampoco habría pensado dos veces antes de romperle los dientes.

Solo ten cuidado, Rhett. Ithan no es de los que se rinden.

Es obsesivo. Tienes que estar preparado para lo que pueda venir.

Es de los que esperan su siguiente oportunidad.

—Y cuando llegue —interrumpo, sin titubear—, no va a salir vivo.Zayden se queda quieto.

Luego suelta aire, resignado.—Bien. Confío en ti.

Eres el único que puede mantenerla a salvo.

Como su guardaespaldas... y como su hombre.Sus palabras son firmes, casi como una autorización silenciosa.

Me da una palmada en el hombro, fuerte, cargada de respeto.

—Nos vamos. Cuídala.—Siempre.Veo cómo se aleja, cómo la puerta se cierra detrás de él y Ava, y entonces sé que ya no puedo evitarlo más.Mirella aparece, lenta, mirándome como si cada parte de ella supiera que algo ha pasado, aunque no pueda ponerle nombre.

—¿Rhett...? —Susurra, acercándose a mí.Me quedo quieto.

Sus ojos bajan a mis manos heridas. Traga saliva.

—¿Qué ha pasado?Niego despacio, intentando que mi tono no suene tan cargado.

—No tienes que preocuparte por nada —le digo, dando un paso hacia ella.Pero sus ojos no me dejan escapar tan fácil.

—Tus manos dicen otra cosa —murmura, tomando una de ellas con cuidado; sus dedos acarician las heridas con tanta suavidad que apenas siento dolor.

—Son solo rasguños —miento, con una media sonrisa—.

He pasado por peores.—No quiero que pases por nada —responde, alzando la mirada hacia mí—.

No quiero que te lastimen... y tampoco que te lastimes por culpa de otros.Suelto aire, bajo la mirada.

—Es mi trabajo protegerte. Mi deber. Pero sobre todo es algo que quiero hacer.

—¿Aunque eso signifique que te destruyan las manos?

—Su voz tiembla.—Aunque eso signifique que me destruyan entero —afirmo, sin apartar mis ojos de los suyos—.

Si es por ti, haría lo que fuera. Lo sabes, ¿verdad?

Sus labios se mueven sin emitir sonido, como si las palabras no fueran suficientes.

—Rhett... no quiero que te hagas daño por mí.Me acerco más, dejando que mi frente se apoye en la suya.

—No es daño si es por ti. Es elección. La haría mil veces, sin pensarlo.Ella se queda en silencio, respirando cerca de mí, cerrando los ojos.

—Solo quiero que estés bien. No importa lo que pase, solo eso.

Te necesito bien, cerca... conmigo.Levanto una de sus manos, la beso con cuidado.

—Y yo solo quiero que te sientas segura.

Que puedas dormir tranquila sabiendo que mientras yo respire, nadie va a tocarte, nadie va a hacerte daño.

—Siempre consigues que me sienta a salvo —susurra—.

Solo contigo.La rodeo con mis brazos, apoyando la barbilla en su cabeza.

—Y siempre será así. Siempre, pajarito.Sus manos se aferran a mi camisa, con fuerza, como si al soltarme todo lo que hemos construido pudiera romperse.

—Me asusté —confiesa al fin, en voz baja—.

Cuando escuché tu voz, cuando vi tus manos...

me asusté mucho. Pensé que te había pasado algo peor.

—Estoy aquí —le recuerdo, acariciando su cabello—.

No pasó nada que no pudiera controlar.Ella levanta la cabeza, sus ojos brillan.

—No tienes que protegerme solo con las manos, Rhett.

No tienes que cargarlo todo tú solo.—Lo sé.

Pero no sé hacerlo de otra manera —sonrío, triste y sincero—.

Es mi naturaleza. Cuidarte. Estar para ti.

—Y la mía es quedarme aquí, contigo. Siempre —susurra.Nos miramos unos segundos en silencio, sin prisa, solo existiendo en ese espacio donde las palabras ya no son suficientes.

Mis labios buscan los suyos, despacio, con cariño.

Y ella corresponde, suave al principio, luego más profundo, más entregado.

—Eres todo para mí —le digo contra sus labios—.

Lo único que necesito. Lo único que quiero.Sus dedos se deslizan por mi cuello, susurrando sobre mi piel.

—Y tú eres mi lugar seguro, Rhett. Mi paz.La llevo hasta la cama, con cuidado, dejando que sus manos guíen cada movimiento.

Sus caricias son suaves, lentas, como si cada una limpiara las heridas que llevo dentro.Hacemos el amor como si el mundo no existiera.

Como si solo importara este instante, su cuerpo junto al mío, su respiración sincronizada con la mía.

No hay prisas. Solo hay necesidad de sentir, de reconectar.Y cuando la abrazo después, cuando siento su cabeza apoyada en mi pecho, sé que por más que el mundo intente arrebatármela, siempre lucharé por ella. Siempre.