UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 30.
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Capítulo 30.

Rhett.

Las semanas pasan y Mirella me cuida; con tarta de limón, abrazos, mimos, porque sigo estando triste por la muerte de Bruno.

El frío ya se ha colado en la ciudad, es Domingo y estoy tumbado en la cama tapado hasta arriba y me destapo la cabeza al sentir cómo Mirella deja sobre la cama un trozo de tarta de limón.

—Acaso pretendes engordarme— es el cuarto trozo de pastel que me trae en esta semana. — Si sigo a este ritmo, tendré que cambiar de talla antes de que acabe el mes.

—Es parte del plan —me responde con una sonrisa pícara—. Si te engordo, no podrás salir de la cama. Así que no te quedará más remedio que dejarte cuidar.

Me río bajo, negando con la cabeza mientras la atraigo con suavidad hacia mí.

—Astuta. Muy astuta. Ya veo que no era por amabilidad... es manipulación emocional disfrazada de pastel.

—Exacto —susurra, mordiéndose el labio, acercando su rostro al mío—. Y cuando te tenga atrapado... no solo pienso darte pastel.

Sus palabras flotan en el aire, cargadas de ese doble sentido que tan bien manejamos cuando estamos a solas. Sus dedos se deslizan sobre mi pecho, despacio, explorando, y mi mano encuentra su cintura con la misma calma.

—¿Así que ese es el trato? —Murmuro—. ¿Me engordas para inmovilizarme y aprovecharte de mí? Suena bastante tentador.

Ella acerca sus labios a los míos, rozándolos apenas.

—Muy tentador. Creo que deberíamos ponerlo en práctica ahora mismo.

Mis labios atrapan los suyos en un beso lento, profundo, de esos que no necesitan prisa. Sus manos se enredan en mi cabello, mi cuerpo se tensa debajo de las mantas y el calor que ella despierta es mucho más fuerte que cualquier manta.

Mis dedos bajan por su espalda, ella deja escapar un suspiro que me recorre entero. Estamos a un segundo de perder el control cuando...

TOC, TOC.

—Rhett, ¿estás ahí? —La voz de Zayden interrumpe la burbuja en la que estábamos.

Nos separamos, mirándonos a medio reír y medio maldiciendo.

—Genial —murmuro, soltando un suspiro resignado—. Justo cuando se ponía interesante.

—Tienen un sentido del tiempo increíble —responde ella, levantándose de la cama, arreglándose un poco el cabello.

—Sí, siempre arruinando los mejores momentos.

Zayden y Ava entran con paso tranquilo, con esas caras de “venimos a verte porque no queremos que te encierres en la tristeza”. Mirella les sonríe, pero antes de que se acerquen demasiado, dice:

—Voy a bajar a preparar algo de café.

Ella sale, dejando la habitación en un silencio cómodo. Zayden se sienta en el borde de la cama, Ava junto a él, y me miran con esa mezcla de “cómo estás” y “sabemos que aún duele”.

—¿Cómo vas? —Pregunta Zayden, directo como siempre.

—Un día más, supongo —respondo, encogiéndome de hombros.

Ava me ofrece una sonrisa suave.

—Mirella no te ha dejado solo ni un segundo, ¿verdad?

—No. Se ha convertido en mi sombra. Aunque no me quejo. Me hace bien.

Zayden asiente, girando la cabeza hacia la puerta por donde Mirella se fue.

—Sabe cómo cuidar de ti. Y tú sabes que no tienes que pasar esto solo.

Asiento, queriendo agradecer sus palabras, pero antes de que pueda decir nada, un grito corta el aire.

Un grito de Mirella, es desgarrador y me parte en dos.

Mi cuerpo se mueve solo, me levanto de la cama de golpe, salgo corriendo de la habitación. El corazón me late tan fuerte que parece que va a romperme el pecho. Sus pasos siguen sonando en mi cabeza, su voz, ese grito.

Zayden y Ava vienen detrás de mí, bajan igual de rápido, pero yo no me detengo. Bajo las escaleras, saltando los últimos peldaños.

Y ahí está Mirella pegada a la pared con Ithan, a centímetros de ella.

Su cuerpo bloqueando el suyo, como si fuera suyo. Como si tuviera algún derecho.

No pienso.

Mis manos se cierran sobre su camiseta, lo arrastro lejos de ella, lo empujo contra mí, apretando la tela con tanta fuerza que la siento ceder.

—Zayden —digo, con la voz tensa, helada, sin apartar la mirada de Ithan ni un segundo. — Coge a las chicas y os vais a dar una vuelta.

—Rhett, déjalo —escucho la voz de Zayden, firme, pero tranquila—. No vale la pena.

No lo miro, sigo con los ojos fijos en Ithan. La voz me sale más fría que nunca, cargada de peligro.

—Qué cojas a las chicas. Y os vayáis.

Zayden no dice nada más. Solo sé que obedece. Escucho sus pasos, los de Ava, las voces de Mirella, el movimiento.

Cuando la puerta se cierra, solo quedamos Ithan y yo.

—¿Qué te dije ese día en la discoteca? —Le suelto, la voz baja, tensa, clavándole cada palabra.

Él ladea la cabeza, sonríe. Esa maldita sonrisa.

—Discúlpame, Rhett... esa noche estaba un poco... pasado —se ríe entre dientes—. Las drogas tienen ese efecto, ¿sabes? Borra las cosas. Especialmente las amenazas vacías.

Aprieto más fuerte la tela, mi mandíbula tensa.

—No fue una amenaza vacía. Te advertí que no te acercaras a ella.

Ithan alza una ceja, con ese descaro de siempre.

—Y aquí estoy. Entero. Vivo. Y bien cerca de ella. Parece que tus palabras no tienen mucho peso.

—La próxima vez no va a hacer falta que te lo diga, Ithan. Vas a acabar bajo tierra antes de que abras la boca.

Él se ríe, bajando la voz, provocador.

—Ahora entiendo por qué estás tan tenso. Te la estás follando —dice Ithan, con esa sonrisa asquerosa que siempre esconde su veneno—. Te me has adelantado, sí, pero no pasa nada. Disfrútala mientras puedas... porque, tarde o temprano, ella va a ser mía.

Mi mandíbula se tensa.

—¿Qué sabrás tú?

Él no contesta de inmediato. Saca su móvil, como quien enseña un trofeo, y reproduce los vídeos. Ahí está ella: en la cama, atada, debajo de mí, encima de mí, gimiendo, temblando, enredándose conmigo en el césped minutos antes de que Zayden y Ava nos interrumpieran aquel día.

Siento las tripas retorcerse.

—Borra eso.

Ithan alza una ceja, divertido.

—¿Borrarlo? Hay copias. Aunque no creo que eso cambie nada.

El nudo en mi garganta crece, pero me obligo a tragar saliva. Aún quiero controlar esto. Aún no quiero ser esa persona.

—Bórralo de todos lados.

Él suelta una risa baja, lenta, disfrutando cada segundo.

—Folla bien, ¿verdad? Esos gemidos suyos, esa forma en que se retuerce cuando está debajo... Normal que estés así de obsesionado. Si me gimiera así a mí, haría cualquier cosa por ella. Igual que tú.

—Cállate.

—Tú crees que la tienes. Que es tuya. Que sus gemidos, sus miradas, sus besos son solo para ti... puede que te mire con esos ojitos cuando se corre... pero eso es temporal. Porque tarde o temprano, Rhett, esa boca que ahora susurra tu nombre, va a estar gimiendo el mío.

Aprieto los puños. Cada músculo de mi cuerpo se tensa, luchando contra el impulso de estallar.

—Deja a Mirella en paz.

—¿Dejarla en paz? ¿Tú de verdad crees que esto se trata de lo que ella quiere? Esto no va de ella, Rhett. Esto va de mí. Y cuando decido que algo es mío, tarde o temprano lo es. Ella es solo cuestión de tiempo.

—Te lo advierto, Ithan. No sigas.

—¿Advertirme? —Ríe, bajando la voz en un susurro venenoso—. ¿Acaso crees que tus palabras van a cambiar algo? Tú eres solo un capítulo más. Un paso intermedio. Yo seré lo que recuerde el resto de su vida.

Doy un paso hacia él, apretando la mandíbula.

—Mirella no es tuya. Nunca lo será. Olvídate de ella.

—¿Olvidarme? —Inclina la cabeza—. No, Rhett. No puedo. No quiero. Ella es perfecta. ¿Sabes cuántas veces he imaginado tenerla? Sus piernas rodeando mi cintura, su voz temblando al pronunciar mi nombre. Su cuerpo... tan sumiso, tan entregado. Me lo debe. Y no me importa cuánto tarde, la tendré.

—Estás enfermo.

—Estoy obsesionado —corrige, sonriendo con descaro—. Y cuando algo me obsesiona, tarde o temprano lo consigo.

Lo miro a los ojos. Mi respiración pesa más que mis palabras.

—Si la vuelves a mirar de esa manera, si te vuelves a acercar...

Él me interrumpe, disfrutando del momento.

—La pondré de rodillas, Rhett. Le enseñaré a obedecer. La haré rogar por mí. Cada gemido, cada susurro, cada mirada será para mí. Tú solo eres un accidente en su camino. Yo soy el destino.

Mi puño se cierra. Siento mis nudillos tensarse.

—Para cuando sea mía —prosigue, bajando la voz como si describiera una fantasía que ya ha vivido—, no recordarás haber tocado ni un centímetro de su piel. La borraré de ti. Haré que ella misma lo haga. Te arrancaré de su memoria.

Trago saliva. Intento controlarme. Una última vez.

—Te lo advierto, Ithan... déjala en paz. No vuelvas a acercarte. Esta es tu última oportunidad.

Él se acerca, lento, tan cerca que casi puedo oler la arrogancia en su aliento.

—¿Y si no la dejo en paz?

El primer golpe llega y su cara gira violentamente. Pierde el equilibrio. No le doy tiempo a recuperarse. El segundo va directo al estómago. El tercero, a la mandíbula. Los siguientes, ya ni los cuento.

Mi rabia lo devora todo. Golpe tras golpe, sin freno, descargando todo lo que él ha provocado. Su arrogancia, su veneno, su obsesión.

Lo tumbo en el suelo y me arrodillo sobre él, bajando la voz hasta convertirla en una amenaza clara, susurrada al oído.

—Esto es un aviso, Ithan. Un recordatorio. Si vuelves a acercarte a Mirella... la próxima vez no te dejaré respirar. La próxima vez te mato.

Me levanto, con los puños ensangrentados, respirando como si acabara de correr una maratón. Lo dejo tirado en el suelo. Derrotado. Pero vivo.

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