UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 29. #2
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Capítulo 29. #2

—Si quieres hablar de tu vida íntima con él, adelante. Pero que no te ciegue tanto el rencor. Hay formas más sanas de soltar lo que uno no supera.

—¿Y tú qué sabes lo que yo supero o no? —espeta con rabia—. ¿Crees que eres especial porque te mira diferente? Porque te hace sentir que eres la única. ¡Eso lo hace con todas! Lo hizo conmigo. ¿Sabes cuántas veces me dijo que conmigo era distinto? Las mismas que te lo dice a ti, seguro.

—Lo que me diga a mí no lo vas a entender tú. Porque no se trata de ti, Martha.

Ella ríe, incrédula.

—Claro que se trata de mí. Porque cuando él te deje, ¿sabes a dónde volverá? A mí. Porque soy lo que conoce, lo que le gusta de verdad. Tú eres solo un experimento. Un rato de calma antes de que vuelva la tormenta.

—Entonces no deberías estar aquí preocupada por mí —le contesto, con serenidad—. Deberías estar en tu casa, esperándolo con una copa de vino. Pero claro, no lo haces. Porque sabes que no va a volver.

Sus ojos se encienden.

—Te crees muy lista, ¿no?

—No. Me creo consciente. Y también sé que no necesitas aplastar a otra mujer para sentirte mejor contigo misma. Pero mira, si te ayuda… hazlo. Solo te aviso que no va a cambiar nada.

Martha bufa.

—¿Sabes qué creo? Que te está usando. Que en cuanto se canse del papel de chico bueno, volverá a ser quien realmente es. Porque eso es lo que hace Rhett: juega. Y tú eres solo otro juguete nuevo.

—Mira, Martha. Entiendo que estés dolida, de verdad. Pero yo no tengo la culpa de nada. No pedí esto. Y si Rhett dejó de llamarte, tampoco fue por mí. No he interferido en nada.

—Claro que no —espeta, sin disimular su rabia—. Tú solo apareciste y lo cambiaste todo.

—No lo cambié. Él decidió cambiar —le respondo—. Si eso te duele, lo siento. Pero no me voy a disculpar por lo que no hice.

Martha da un paso más hacia mí, con la cara completamente descompuesta por la ira.

—Niñata.

Max, que ha permanecido a mi lado todo el tiempo, levanta la cabeza y gruñe. Bajo y profundo. Luego se pone de pie, tenso, firme, con los ojos fijos en ella. No ladra, pero no hace falta. Su postura lo dice todo.

Martha retrocede un poco, sin poder disimular el susto.

—¿Qué demonios…? —Murmura.

—¿Te sorprende? —Le digo, acariciando al perro, que se relaja en cuanto mis dedos rozan su cabeza—. A mí me dijeron que era complicado, incluso agresivo. Pero parece que sabe con quién se siente seguro.

—Ese perro no se deja tocar por nadie —susurra Martha, como si no pudiera creérselo—. Lo traté durante meses. Siempre he sido su veterinaria y ni siquiera me permite acercarme.

—Supongo que hasta los animales notan cuando alguien llega con buenas intenciones.

Antes de que pueda responder, la puerta del edificio se abre. Rhett aparece. Sus ojos están enrojecidos, el rostro marcado por el cansancio y la tristeza.

Nos mira a ambas. Luego sus ojos se detienen en Martha.

—¿Qué haces aquí?

Ella se gira hacia él, fingiendo indiferencia.

—Trabajo aquí —responde, encogiéndose de hombros.

—Y aún así no tienes derecho a acercarte a ella —dice él, con la voz rasgada—. No vuelvas a hacerlo.

—Solo hablábamos —dice ella, con voz fingidamente inocente.

—No, estás molestando a Mirella. Y no te lo voy a permitir.

Max gruñe de nuevo, esta vez más leve, pero aún en guardia.

Martha resopla, gira sobre sus talones y se marcha con paso rápido hacia el edificio. No mira atrás.

Yo me quedo de pie, todavía con la mano en la cabeza de Max, que vuelve a sentarse junto a mí, tranquilo, como si no acabara de ponerse en guardia hace un momento.

Rhett se acerca despacio, con el ceño fruncido. Sus ojos van de Martha, que ya se pierde en el interior del refugio, a mí.

—¿Estás bien? —Me pregunta, con la voz más baja de lo normal.

Asiento, pero no contesto. Lo miro y en ese momento se da cuenta. Ve mis ojos. El leve enrojecimiento, el brillo que aún no desaparece.

—Ey —murmura, acercándose un poco más—. Ven aquí.

No necesito más. Me abraza. Sus brazos me envuelven y yo escondo la cara en su pecho, sin decir una palabra, sintiendo cómo la ansiedad que estaba empezando a colarse desaparece. Él tampoco dice nada. Solo me aprieta un poco más, como si quisiera protegerme del mundo.

El día avanza despacio, pesado. Bruno ya ha muerto. Lo entierran en una pequeña parcela del refugio, en una zona apartada, bajo un árbol. Carol lo prepara todo con cariño, y Rhett y yo la ayudamos en silencio. Max se queda cerca de la tumba todo el rato, como si entendiera.

Después, pasamos el resto del día colaborando con ella. Hay mucho que hacer. Alimentar a los perros, limpiar, pasear a algunos. Rhett se queda en el exterior jugando con dos cachorros, mientras Carol y yo nos sentamos en un banco, ella saca un cigarro y me ofrece uno, el cual rechazo.

—No fumo, gracias.

—Es muy bueno con ellos —comenta ella de pronto, mirando hacia Rhett.

—Sí, lo es —respondo, sonriendo un poco.

—¿Sabes? Nunca pensé que se quedaría tanto tiempo en el refugio. Al principio venía como favor, ya sabes… algo rápido. Pero luego empezó a quedarse más. A preocuparse. A encariñarse.

—¿Y tú cómo lo ves? —Le pregunto, sin saber muy bien por qué.

Carol me mira, ladeando un poco la cabeza.

—Lo veo como alguien que quiere arreglarse. Como alguien que lleva dentro muchas cosas rotas y no lo dice. Pero las intenta recomponer a su manera.

—Él cree que no es bueno —susurro.

—Lo sé. Me lo ha dicho alguna vez. Pero no es cierto. Tiene esa costumbre de cargar con la culpa hasta de lo que no es suyo.

Asiento, en silencio.

—¿Te ha contado algo de su pasado? —Pregunta Carol con delicadeza.

—Tiene heridas profundas. Algunas no se le notan, pero están ahí. Y a veces se convence de que las personas como él no merecen segundas oportunidades. Ha pasado tanto tiempo escuchando cómo le decían que no era bueno, que ha terminado por creérselo.

—Lo sé.

Carol suspira.

—Pero sí las merece. No porque sea perfecto, sino porque ha decidido cambiar. Y eso es más de lo que hacen muchos.

—A veces me da miedo no saber cómo ayudarle —confieso.

—No necesitas salvarlo —dice Carol, sonriendo con ternura—. Solo estar ahí. Mostrarle que no tiene que huir de todo lo bueno que siente. Que lo puede aceptar.

Nos quedamos en silencio un segundo. Se escucha la risa ahogada de Rhett, mientras uno de los perros le salta encima y lo derriba.

Yo lo miro, está lleno de tierra, con la camiseta arrugada y una sonrisa que rara vez se deja ver.

Juega como si el mundo no pesara. Como si, por un rato, todo estuviera bien.

Carol me mira otra vez.

—Tú le haces bien, lo sabes, ¿verdad?

—¿Sí?

—Sí. Porque desde que estás, se ríe más. Se queda más tiempo. Se permite cosas. No lo pierdas de vista, Mirella. Tiene un buen corazón, solo necesita tiempo para darse cuenta.

No digo nada, solo sonrío mientras lo miro jugar.

—Nunca lo he visto así.

—¿Cómo?

—Como te mira a ti, como le brillan los ojos cuando pronuncia tu nombre o como sonríe cuando habla de ti. Parece un niño pequeño—se le cae una lágrima. —Es el niño que nunca pudo ser porque no tuvo infancia.

Me arden los ojos y siento un nudo en el pecho.

—Gracias por aparecer en su vida, Mirella. Nunca lo he visto así de feliz.

—Él también me hace muy feliz a mí.

Sonríe y me limpio una lágrima que acaba de caer por mi mejilla porque es verdad.

Rhett O´connor llegó a mi vida al principio para sacarme de quicio, pero después, llegó a mi vida para cambiarla.

Porque gracias a él, las pesadillas y la ansiedad han desaparecido cuando duermo en su pecho, escuchando el latido de su corazón.

Gracias a él, vuelo, aunque siga en mi jaula dorada.

Gracias a él, me siento libre

Gracias a él, vivo.