UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 29.
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Capítulo 29.

Mirella.

El teléfono de Rhett suena y mientras contesta adormecido, miro por la ventana, es de noche, pero cualquier sueño que tuviera se esfuma en décimas de segundo al ver como Rhett se levanta de la cama de un salto con la cara descompuesta.

—¿Qué pasa? —Pregunto levantándome de la cama al ver cómo busca desesperadamente su ropa.

—Tenemos que irnos. Es urgente. —Dice mientras se pone una camiseta al revés y luego se la quita de nuevo, temblando.

—¿A dónde? ¿Qué ha pasado? —Pregunto al verlo coger las llaves con prisa.

—Al refugio. Carol me ha llamado —responde.

Cuando ve mi expresión confundida, suspira, se pasa una mano por el pelo y añade:— Hace años encontré a un perrito recién nacido, lo habían abandonado en una caja, envuelto en una toalla.

Estaba fatal. Me lo llevé a un refugio. Desde entonces lo cuido junto a Carol, la mujer que lo dirige.

—¿Tú... cuidas a un perro en un refugio? —Pregunto, sin poder ocultar mi sorpresa.

Él asiente con una sonrisa pequeña, algo nostálgica.

—Se llama Bruno. Ya no es un cachorro, pero sigue siendo mi pequeño. Carol y yo lo criamos desde que apenas abría los ojos. Y desde entonces, ayudo en lo que puedo. Con ella. Con los animales. Es el único sitio donde todo lo que he sido… no importa.

Lo miro en silencio. Es como si acabara de abrir una puerta que siempre tuvo cerrada.

—Nunca me lo habías contado —digo, suavemente.

—No es algo de lo que suela hablar —admite—. Supongo que no sabía cómo ibas a verlo. No encaja con la imagen que la gente tiene de mí.

Lo miro en silencio. A veces habla de sí mismo como si no mereciera nada bueno. Como si todo lo que hace bien no contara.

Me acerco despacio y le rozo la manga del abrigo que acaba de ponerse con los dedos.

—En Nueva York te lo dije... que eras buena persona. ¿Lo ves? Otra cosa más que haces y sigue demostrando que lo eres.

Él alza la vista, sorprendido por mis palabras, como si aún le costara creer que alguien pueda verlo así.

—¿Vendrías conmigo? —Pregunta, casi en un susurro—. Son las tres de la mañana y está algo lejos, pero...

—Claro que voy contigo —le interrumpo, sin pensarlo.

Sus labios se curvan levemente, pero no llega a sonreír del todo. Es como si le costara permitirse esa emoción. Cuando bajamos al salón, se gira para coger el abrigo que cuelga en la entrada y me ofrece uno de los suyos a mí.

—Te va a quedar enorme —dice.

—Mejor. Así no paso frío.

Salimos a la calle en silencio. Hace fresco, el verano ya casi se ha ido, pero no molesta. Hay algo distinto en el ambiente. Como si la noche supiera que estamos cruzando una línea que no se cruza con cualquiera.

Nos subimos al coche y, mientras él conduce con una mano en el volante y la otra descansando sobre mi pierna, yo lo observo de reojo. La forma en que aprieta la mandíbula, cómo mira de vez en cuando por el retrovisor, concentrado y en calma.

Ese hombre que, según él, no es bueno, está conduciendo a las cuatro de la mañana para ver a un perro que rescató de cachorro y que cuida desde entonces. Ese mismo hombre que dice no saber amar, está dejándome entrar en su vida sin darse cuenta.

Y yo, que tampoco pensaba abrirle la puerta a nadie, solo puedo pensar en lo mucho que me equivoqué.

Aparca frente a un edificio modesto, rodeado de árboles y con un cartel en la entrada que dice "Huellas del Alma". Justo antes de bajar, me mira.

—Mira… solo ten cuidado dentro, ¿vale? Hay un perro… Max. Es un caso complicado. Puede ser agresivo. No te acerques si lo ves suelto.

Asiento, sin hacer muchas preguntas. Supongo que, si está aquí, es porque alguien no quiso encargarse de él. Entro con cuidado, sin hacer ruido. El lugar es silencioso, casi como si el mundo se hubiera detenido por respeto.

Me siento en uno de los bancos junto a Rhett, que está esperando a que Carol salga de una de las salas. Y entonces, lo veo.

Un perro grande, de pelaje oscuro, está al fondo. Me observa en silencio. Sus pasos son lentos, seguros. No parece enfadado, pero tampoco confiado. Se acerca, sin ladrar, y se detiene frente a mí. Lo miro, quieta, sin moverme.

Para mi sorpresa, se sienta a mi lado. Le acerco la mano con calma. Me huele los dedos y, tras unos segundos, apoya la cabeza sobre mi pierna. Le acaricio despacio, sin hablar.

—¿Pero qué…?

—¿Es Max? —Pregunto.

—Sí… —responde, aún procesando lo que ve—. ¿Cómo lo has hecho?

—¿He hecho qué?

—La primera vez que lo vi, me mordió la pierna. Lleva meses sin dejar que nadie se acerque. A nadie

Sonrío, sin saber qué decir. Max levanta la cabeza y mueve la cola lentamente.

—Quizá solo necesitaba una mujer con paciencia —bromeo.

Rhett niega con la cabeza, entre emocionado e impresionado.

—O quizá eres bruja… porque esto no tiene sentido.

Él se acerca más a mí, pero en cuanto va a darme un beso en los labios, escuchamos un carraspeo forzado.

—Carol —dice Rhett levantándose, abrazándola con fuerza. Ella le acaricia la espalda, como si lo conociera de toda la vida, y después me mira a mí con una sonrisa.

—Mirella, ella es Carol. Carol, ella es Mirella.

—Hasta que al fin le pongo cara a la famosa Mirella.

—¿Famosa? —Pregunto, confundida.

—Sí, cariño. Rhett no para de hablar de ti cada vez que llamo para comentarle algo del refugio. “Mirella esto, Mirella lo otro”—ríe con dulzura, con un brillo en los ojos—. Pareces una novela, de esas que una no puede dejar de leer.

Rhett me aprieta la cintura, y yo lo miro. Tiene la cabeza agachada y una sonrisa pequeña en los labios, como si le diera vergüenza.

—Es que es mi historia favorita —murmura, sin mirarme.

Carol se queda en silencio unos segundos, como si dudara, y luego le pasa la mano por el brazo a Rhett.

—Está tranquilo. No ha llorado, solo ha dormido todo el rato. Lo envolvimos en su manta favorita... ya sabes, la que le diste tú. Creo que está esperándote.

Rhett asiente despacio.

—Es hora, Rhett. Puedes pasar a verlo.

Rhett asiente en silencio y se adentra en la sala sin mirar atrás. Carol se queda unos segundos a mi lado, observándome con una expresión amable.

—Pocas personas consiguen eso con Max. Tienes algo… no sé qué es, pero lo tienes —me dijo con una sonrisa cálida—. Ahora vuelvo.

Se marcha, dejándome a solas de nuevo con el perro, que sigue a mi lado, tranquilo. Le acaricio detrás de la oreja y apoya más el cuerpo contra mi pierna, como si buscara consuelo.

—Bonita noche, ¿no? —Dice una voz a mis espaldas.

Me giro despacio, sin levantarme aún, aunque al verla, me pongo en pie. Frente a mí hay una mujer. Rubia, guapa, bien arreglada, con bata de veterinaria y una sonrisa que sabe más a veneno que a cortesía.

—No sabía que alguien más estaba aquí —respondo con tranquilidad, manteniendo la calma.

—Trabajo aquí —aclara, señalando con la cabeza hacia el edificio—. Soy Martha. Veterinaria.

Hace una pausa, saboreando su siguiente frase como si la masticara.

—Martha. Me llamo Martha.

Me mira con una sonrisa envenenada, como si esperase que mi cerebro atara cabos.

—¿No te dice nada, verdad? Curioso... pensé que al menos te habría contado quién ocupaba su cama antes de ti.

Hace una pausa, dejando que sus palabras calen, disfrutando del desconcierto que intenta provocar.

—Sí, cariño, fui yo. Antes de que tú entraras en escena, Rhett y yo teníamos... una conexión bastante intensa. Aunque supongo que ahora juega a ser un hombre diferente contigo.

Clava sus ojos en los míos, regodeándose en cada palabra.

—Y mira que intenté que cambiara, ¿eh? Pero supongo que no era la indicada. O, bueno, quizás sí... solo que él siempre ha tenido la mala costumbre de cansarse rápido.

Da un paso más cerca, bajando un poco la voz, como si me confiara un secreto.

—¿Sabes? Siempre me pregunté cómo sería la próxima. Y mírate... toda modosita, con esa carita de no haber roto un plato. Tienes toda la pinta de ser de las que se creen especiales. Las que piensan que lo van a cambiar todo.

Su risa suena hueca, cargada de desprecio.

—¿Y sabes qué es lo peor? Que tú también vas a caer. Igual que caí yo. Igual que cayeron todas. Rhett tiene ese don. Te hace sentir que eres distinta, que esta vez es real. Pero siempre termina igual: sola, preguntándote en qué momento dejaste de ser suficiente.

Me observa de arriba abajo, condescendiente, como si ya supiera el final de la historia.

—A estas alturas deberías preguntarte por qué está solo. Los hombres como él no se quedan solos porque sí. Se quedan solos porque siempre hay algo que termina saliendo a la luz... algo que tú, por ahora, no has descubierto.

Hace una pausa larga, disfrutando de cada segundo de silencio.

—Y cuando lo hagas, te prometo que me acordaré de ti. Porque vas a entender cada palabra que te estoy diciendo esta noche.

La miro, sin perder la compostura. No me rebajo a su nivel.

—¿Ya terminaste? —Pregunto con serenidad—. Porque por si no lo has notado, esto no es una competición, y yo no estoy aquí para pelear por nadie.

Martha suelta una risa seca, forzada y se cruza de brazos.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti? Qué pareces de esas que creen que los tíos cambian por amor. Que lo oscuro se vuelve luz porque alguien lo abraza. Qué bonito.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —Le respondo, sin perder la calma—. Que no finges tu rabia. Pero deberías aprender a canalizarla. Porque lo que haces aquí es más pena que amenaza.

Se le borra la sonrisa.

—No me da pena. Me da asco. Ver cómo te pones de digna, cuando no tienes ni idea de con quién estás.

Martha da un paso hacia adelante, ladeando la cabeza con una media sonrisa cargada de desprecio.

—¿Sabes cómo es Rhett en la cama? Porque yo sí.

Controlador. Salvaje. Dominante como él solo.

Le gusta tener el mando, marcar cada movimiento.

Y cuando se cansa… se va. A mí me lo hacía todo el tiempo.

Lo nuestro era fuego. Pasión real. Pero tú…

tú pareces más del tipo que solo se deja hacer.

¿De verdad crees que con eso va a quedarse contigo?