Capítulo 26.
Rhett.
Nunca pensé que me emocionaría por ver a alguien mirar por la ventanilla de un helicóptero.
Pero ahí estaba yo, con el corazón a mil, solo por verla feliz. Por ver cómo sus ojos brillaban, cómo apretaba mi brazo cada vez que reconocía un lugar desde el cielo.
Joder, qué fácil es enamorarse de Mirella.
No es solo su risa o la forma en la que dice mi nombre. Es como hace que todo, hasta un paseo en helicóptero, se sienta como estar en casa.
Yo no soy un tipo de gestos grandes. Nunca lo fui. Pero con ella me sale natural. Me nace. Porque quiero verla feliz. Porque lo único que me importa es que sepa que estoy aquí. Que ya no voy a ningún lado.
Hoy, mientras ella gritaba de emoción, me di cuenta de algo: no solo quiero estar con ella. Quiero estar para ella. Todos los días.
Y eso… eso da miedo. Pero también me hace sentir vivo.
—Las personas jodidas como tú y yo, Rhett.
Solo somos eso, personas jodidas que no le encuentren sentido a nada, pero algún día encontrarás algo —señala la droga que tiene ya preparada para esnifársela— que te haga sentir vivo, y te engancharas a esa sensación al instante porque hace que te olvides de la mierda de persona que eres, hace que te olvides de todo el dolor que llevas dentro y no vas a poder parar.
Vas a querer más, más y más. Y tú harás lo que sea necesario, por muy malo que sea, para que esa sensación se quede contigo de por vida.
La entiendo, ahora la entiendo. Ella me robaba dinero para sentirse viva y yo estaba intentando ser mejor persona por ella, para que Mirella se quedara conmigo de por vida porque ella es mi droga.
Ella me hace sentir vivo.
Mirella es mi droga, y verla disfrutar, verla feliz es mi dosis. Cada sonrisa suya, cada momento en que brillan sus ojos, es todo lo que necesito para sentir que todo tiene sentido.
Y, por primera vez en mi vida, siento que estoy haciendo algo bien. Que no soy una mala persona, sino que soy alguien que vale la pena.
Al menos, para ella.