Capítulo 25.
Mirella.
—¿Alguna vez has pensado en casarte? —Pregunto cómo quien no quiere la cosa mientras lo observo, está dándole vueltas al tenedor para coger espaguetis.
Estamos almorzando en la terraza de algún bar y hace mucho calor, estamos a finales de agosto y él tiene una camiseta de mangas cortas, unos pantalones vaqueros y una gorra con la visera hacia atrás, es tan atractivo cuando viste informal que hace que quiera quedarme durante horas mirándolo embobada.
—Pues nunca he pensado en eso, la verdad. Diría que no —hace una pausa soltando el tenedor y levanta la vista hacia mí y apoya sus codos en la mesa —. Hasta ahora.
—¿Qué?
—Nunca he pensado en casarme porque no miraba a una mujer y pensaba joder, quiero casarme con ella. Pero cuando te miro pienso joder, quiero casarme con mi pajarito algún día.
Joder, no sé qué decir.
Estoy paralizada por lo que me ha dicho, no puedo pensar, abro la boca para decir algo, pero termino cerrándola. Sigo paralizada sin saber qué decir y él ríe por mi reacción y vuelve a coger su tenedor para metérselo en la boca mientras me mira con esa sonrisa que tanto me gusta.
Pero cuando lo miro yo también pienso. Joder, quiero casarme con Rhett algún día.
—Me toca, ¿te está gustando este viaje?
—Sí, mucho. Están siendo los días más bonitos de toda mi vida. —Respondo sin dudarlo ni un segundo porque me siento libre, muy libre. — Me gustaría poder visitar todos los lugares de este lugar, pero sé que no es posible, es muy grande y ya solo nos quedan tres días aquí.
—Claro que es posible, de hecho, ese es mi plan de hoy.
—¿El qué?
—Que veas New York entero.
—Eso no es posible.
—Claro que sí, pajarito. Ya lo verás.
—¿Preferirías estar en algún otro lugar ahora mismo? —Le pregunto yo, mientras me acomodo en la silla con una sonrisa, retomando mi turno en nuestra ronda de preguntas.
—No —responde, sin dudarlo—. Porque estoy en un lugar llamado Nosotros.
Frunzo el ceño, sin entender del todo.
—¿Qué?
Rhett sonríe, y se inclina un poco hacia mí, con esa ternura que solo me muestra a mí.
—Estamos físicamente en Nueva York, sí. Pero en mi alma, estoy en un lugar que se llama nosotros. No importa en qué parte del mundo estemos, Mirella. Mientras estemos juntos, estamos ahí. En ese lugar donde solo existimos tú y yo.
Me quedo en silencio, sintiendo cómo algo se me aprieta en el pecho. Porque solo él puede decir algo así y hacer que todo tenga sentido.
—¿Y qué hay en nosotros? —Susurro.
—Todo lo que tú quieras —dice sin apartar la mirada de la mía.
—¿Hay amor?
—Del bueno.
—¿Y hay cielo?
—Uno inmenso. Para que puedas volar todo lo que quieras.
Le sonrío, con los ojos húmedos por la emoción.
—Me encanta estar en nosotros.
—A mí también, pajarito —responde él, con esa voz baja que me desarma.
Nos quedamos mirándonos unos segundos más, y sin pensarlo, me inclino un poco hacia él. Él hace lo mismo. Nuestros labios se rozan en un pico suave, tierno, que no dura más de un segundo… pero que lo dice todo.
Antes, Rhett habría respondido con una broma o un comentario seco. Pero ya no es ese hombre. Conmigo, ha aprendido a abrirse, a sentir, a hablar de lo que lleva dentro. Es como si él hubiera estado esperando a alguien para que le diera un motivo para mostrar todo el amor que tiene dentro.
Y yo me siento la mujer más afortunada del mundo porque su amor es para mí, y porque estoy exactamente donde quiero estar, volando sobre mi cielo en los brazos del hombre del que estoy enamorada.
Una hora más tarde, me lleva en coche a una pista de aterrizaje. Me sorprende ver un helicóptero esperando, con un piloto uniformado que nos saluda con una sonrisa. Miro a Rhett con los ojos muy abiertos, emocionada como una niña.
—¿Vamos a volar?
—Vamos a ver Nueva York entero —me dice guiñándome un ojo—. Como te prometí.
Subimos al helicóptero y despegamos. Apenas tardamos unos minutos en elevarnos por encima de los edificios.
La vista es impresionante. Todo se ve tan distinto desde el aire: los rascacielos brillan bajo el sol, el Central Park parece un pulmón verde en medio de la ciudad, el río serpentea entre los barrios como una cinta de plata.
El piloto, muy amable, nos va explicando cada punto que sobrevolamos: el Empire State, el puente de Brooklyn, la Estatua de la Libertad, Times Square…
cada rincón, cada vista, me deja con la boca abierta.
Siento que mi corazón va a explotar de la emoción.
No paro de mirar a todos lados, señalando cosas, soltando exclamaciones de sorpresa y riéndome como si no pudiera contener toda la felicidad que siento.
—¡Esto es increíble! ¡Rhett, no puedo creerlo! —Grito por encima del sonido del motor, sin dejar de mirar por la ventanilla.
Él solo me observa. Me sonríe con ternura, disfrutando más de mi reacción que del paisaje.
Cuando el helicóptero da una vuelta completa por toda la ciudad y empieza a descender, me doy cuenta de que no he parado de sonreír ni un solo segundo.
Cuando bajamos del helicóptero, todavía estoy eufórica. Tengo el pelo revuelto por los cascos y la cara iluminada por la emoción. Rhett me coge la mano mientras caminamos hacia el coche, y justo antes de subir, se detiene y me mira.
—Gracias por existir, pajarito —me dice, como si fuera lo más normal del mundo.
Lo miro, con el corazón a punto de salírseme por la boca. Me acerco un poco más, sin soltar su mano.
—Gracias a ti por aparecer en mi vida. Por hacerme sentir que soy suficiente, que merezco todo esto… y más.
Él me sonríe, pero esta vez no dice nada. No hace falta. Me acerco un poco más y lo beso. Esta vez no es un pico. Es un beso lento, suave, lleno de todo lo que siento por él.