UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 24. #2
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Capítulo 24. #2

Sus dedos acarician mi cuello, una caricia suave pero cargada de deseo y algo más profundo. En sus ojos ya no veo solo provocación; hay algo mucho más intenso, algo que no quiero reconocer. Confianza. Y eso me desarma de una manera que no puedo controlar.

Nunca bailo. Siempre he odiado la idea de perder el control, de mostrarme vulnerable. Pero por ella… lo he hecho. He cruzado una línea que nunca imaginé que atravesaría. Y, sin embargo, no me importa. Porque, de alguna manera, por ella quiero ser diferente. Quiero ser mejor.

No solo deseo su cuerpo esta noche. Quiero más. Quiero todo lo que ella es, todo lo que representa, y, jodidamente, creo que ya lo estoy consiguiendo. Me he ido perdiendo poco a poco en ella, en lo que me hace sentir, en lo que quiero llegar a ser a su lado.

Y eso, por alguna razón que aun no entiendo, me aterra más de lo que debería.

Cuando la canción llega a su fin, no la dejo separarse. Mis labios encuentran los suyos en un beso lento, profundo, que no tiene prisa.

—Rhett… —susurra, su voz es apenas un suspiro contra mi boca.

—Apóyate en el ventanal —le ordeno con voz baja, ronca.

Ella obedece despacio, dándome la espalda mientras camina hacia el cristal.

La luz tenue de la ciudad se refleja en su piel, creando sombras que acarician su silueta.

Me acerco, y mis dedos encuentran la cremallera en la parte trasera de su vestido.

Es un vestido sin mangas, ajustado a su cuerpo como si hubiera sido hecho para tentarme.

Bajo su cremallera sin prisa, saboreando el momento, escuchando cómo el sonido de la cremallera se mezcla con su respiración, y cuando llega a su fin, el vestido cae al suelo, dejándome una vista espectacular: ella apoyada contra el ventanal, doblada y desnuda.

Trago saliva y me deshago de mi ropa, mi chaqueta, mi camisa, mis zapatos. Bajo la cremallera de mi pantalón y escucho cómo sale un pequeño jadeo de sus labios. Sonrío mientras me quedo totalmente desnudo, detrás de ella.

Poso mis manos sobre su cuerpo, acariciando su espalda hasta llegar a sus caderas, acariciándolas despacio mientras me inclino hacia ella.

—Míralo bien, pajarito —digo contra su oído—. Míralo todo. Porque esta ciudad va a ser testigo de a quién perteneces.

La tomo por la cintura y la acerco a mí, mi respiración golpeando su nuca mientras mis dedos se clavan con firmeza en su piel.

Su cuerpo tiembla, y ese temblor es gasolina en mis venas.

Me coloco justo detrás, rozando su entrada con la punta de mi erección.

La acaricio con ella, despacio, haciéndola jadear solo con eso.

—¿Lo sientes? —Susurro—. ¿Sientes cuánto te deseo?

Ella asiente, pero no me basta. Quiero oírla.

—Dímelo —exijo.

—Sí… —jadea—. Te siento, Rhett…

Sin más espera, la penetro de una sola embestida, profunda, hundiéndome por completo en su interior. Un gemido ronco se le escapa, se le rompe en la garganta, y su espalda se tensa contra mi pecho.

—Joder… —gruño, cerrando los ojos mientras la siento temblar—. Eres tan estrecha, tan caliente… como si tu cuerpo hubiera sido hecho solo para mí.

La agarro del pelo con suavidad, pero con firmeza, obligándola a alzar el rostro hacia el cristal. Mi otra mano sigue sujetándola por la cadera, guiando cada embestida con precisión.

Empiezo a moverme con un ritmo lento, duro, profundo. La lleno por completo y me retiro despacio, solo para volver a entrar con más fuerza. Ella gime cada vez que lo hago, sus jadeos chocando contra el vidrio empañado.

—Mírate —le ordeno, tirando de su cabello hacia un lado para que vea nuestros reflejos—. Mírate mientras te follo. Mírate siendo mía.

Sus ojos se clavan en el cristal. Me ve detrás de ella, empujando una y otra vez, cada vez más fuerte. Su cuerpo se curva para recibirme mejor, sus pechos rebotan con cada embestida, y sus dedos se aferran al ventanal como si fuera lo único que la mantiene en pie.

—Rhett… —me suplica, con la voz temblorosa, jadeando, entregada.

—Más fuerte —gruño.

—¡Rhett! —Grita, perdiéndose.

La sostengo con ambas manos, marcando el ritmo con mis caderas, golpeando más hondo, más rápido. La tensión en su cuerpo me lo dice todo: está cerca.

Mis labios rozan su oído.

—Te quiero temblando. Quiero que te corras mirándote. Viéndome a mí haciéndotelo.

Mi mano desciende por su vientre hasta encontrar su punto más sensible. Empiezo a acariciarla con movimientos precisos, mientras no dejo de moverme dentro de ella. La combinación la destroza.

—No puedo más… —gime, casi llorando de placer.

—Sí puedes —le exijo, sin detenerme—. Vamos, pajarito. Córrete para mí.

Su cuerpo estalla. Un grito sale de lo más profundo de su garganta mientras se corre con fuerza, mojándome, estremeciéndose entera.

Yo gruño su nombre con los dientes apretados, aferrándome a su cintura mientras la penetro una última vez, hundiéndome hasta el fondo, corriéndome dentro de ella con un gemido gutural.

Me dejo caer sobre su espalda, sin separarme aún, sintiéndola temblar debajo de mí, ambos respirando como si hubiéramos corrido una maratón.

La beso en el hombro, suave.

Ella se deja caer lentamente de rodillas sobre la alfombra, agotada, temblando aún por dentro. Me arrodillo junto a ella, envolviéndola con mis brazos. Sus ojos están cerrados, pero hay una sonrisa serena en sus labios.

—¿Estás bien? —Pregunto, acariciando su mejilla.

Abre los ojos, me mira. Asiente.

—No. Estoy mejor que bien.

La alzo en brazos caminando hasta la cama. La dejo sobre las sábanas y me tumbo a su lado, atrayéndola hacia mí.

Ella apoya su cabeza en mi pecho, y mientras dibujo círculos en su espalda, susurra:

—La próxima vez… quiero gritarlo con las ventanas abiertas.

Sonrío contra su piel.

—La próxima vez… lo sabrá hasta el puto Empire State.