Capítulo 24.
Rhett.
Paseo por Nueva York cogido de la mano de Mirella y es la sensación más maravillosa que he experimentado en toda mi vida.
Conocer nuevos lugares de la mano de la persona que quieres es algo único.
Es algo que me llena el alma de una manera indescriptible. Me duele la boca de tanto sonreír mientras caminamos en silencio, balanceando nuestras manos al ritmo de nuestros pasos.
Habíamos visitado ya algunos lugares y ahora estamos por Central Park.
— ¿Sabías que las parejas suelen dejar sus marcas por la ciudad? —Le pregunto, mirando cómo observa el paisaje a su alrededor.
Ella me mira y se detiene un momento, levantando una ceja curiosa.
— ¿Dejar su marca? ¿Cómo? —Responde, intrigada.
— Algunos dejan candados en el puente de Brooklyn, con sus iniciales grabadas, y la llave la tiran al agua. Es una tradición. —Sonrío al verla pensar en ello.
Mirella se queda en silencio unos segundos, pero luego su rostro se ilumina con una sonrisa traviesa.
— ¿Qué tal si lo hacemos nosotros? —Dice, mirando hacia el puente, que ya se asoma a lo lejos.
El calor de la idea me recorre, y antes de que pueda responder, ya está jalándome suavemente hacia el puente.
El camino hasta allí está lleno de risas, comentarios sobre las vistas, y una cercanía que, aunque extraña, se siente tan cómoda.
Al llegar al puente, buscamos un lugar discreto entre las vallas metálicas.
— Es el primero de muchos, Rhett —dice con un susurro, mientras leemos las iniciales de ambos en el candado.
Lo fijamos juntos a la barandilla, y con una sonrisa cómplice, Mirella lanza la llave al río, tal como lo hacen muchas parejas.
— ¡Ahí va! —Dice Mirella, observando cómo se hunde la llave, y se vuelve hacia mí, los ojos brillando de emoción—. Ahora somos una pequeña parte de la historia de esta ciudad.
Pasamos el resto del día explorando más rincones de Nueva York, visitando Times Square y el Empire State Building.
Nos tomamos fotos, nos perdemos entre las luces brillantes de la ciudad y, sin darnos cuenta, nos encontramos en una pequeña esquina del East Village, donde los grafitis cubren las paredes.
Mirella se detiene frente a una pared especialmente colorida, y sonríe de una manera que solo ella sabe hacerlo.
— ¿Qué te parece si... dejamos una marca aquí también? —Me pregunta, con una chispa de travesura en sus ojos.
La idea me hace sonreír.
— ¿Cómo? —Pregunto, curioso.
Ella saca un rotulador de su bolso y, antes de que pueda evitarlo, escribe nuestras iniciales en la pared. Un símbolo de nosotros, aquí, en este lugar tan peculiar de la ciudad.
— Así, nuestra marca quedará para siempre, Rhett —dice, alzando la vista, y al ver mi expresión, añade—: No te preocupes, ¡no creo que nadie nos juzgue por un par de iniciales!
Me echo a reír, mirándola mientras su firma queda grabada en la pared. La gente pasa a nuestro lado, ajena a lo que estamos haciendo, pero para nosotros, este es nuestro momento.
— Lo que sea por ti —le respondo, con una sonrisa que no puedo borrar.
El día avanza rápido, entre risas y visitas. Al caer la tarde, nos sentamos en un banco en Central Park, cansados pero felices. Mirella recuesta la cabeza sobre mi hombro, y no digo nada, solo observo cómo el sol se esconde detrás de los edificios de la ciudad.
Ella suspira, mirando el horizonte.
— ¿Sabes qué? —Dice, sin mirarme—. Nunca imaginé que dejaría mi marca en Nueva York. Pero lo hice. Y lo hice contigo.
Yo la miro, tomándola de la mano.
— Lo hicimos, Mirella. Y la ciudad nunca lo olvidará.
Y sé que, de alguna manera, este día quedará marcado en nuestras memorias como un recuerdo único. Como nuestra huella en la ciudad que nunca duerme.
La tarde había sido perfecta, y la ciudad nos había ofrecido un sinfín de momentos para disfrutar. Sin embargo, a medida que el sol comienza a esconderse detrás de los edificios, Mirella empieza a quejarse.
—Muero de hambre —dice, frotándose el estómago con una sonrisa juguetona.
—Vamos al hotel a prepararnos —digo con una sonrisa—. Luego te llevaré a un restaurante increíble. Será perfecto.
El trayecto de vuelta es corto, pero lo disfrutamos como si el tiempo no importara.
Al llegar al hotel, cada uno se prepara para la noche, y verla vestirse es, en sí mismo, una experiencia.
Mirella elige un vestido negro sin mangas que se ajusta a su cuerpo como si estuviera hecho a medida.
La cremallera recorre toda su espalda, y me quedo observándola en silencio, fascinado por cada movimiento que hace.
Salimos hacia el restaurante, un sitio elegante pero acogedor. Nos sentamos en un cómodo sofá, nuestras piernas casi se rozan, nuestras manos se entrelazan mientras reímos por cualquier tontería. Su risa llena el ambiente, y no puedo evitar sonreír con ella, encantado por cada segundo a su lado.
Mi mano, que descansa sobre el respaldo, comienza a moverse con más intención.
Rozo suavemente su pierna, dejando que mis dedos se deslicen sin apuro.
Noto cómo se tensa. Su cuerpo reacciona, aunque intenta que no lo note.
Pero lo noto todo. El estremecimiento que la recorre cada vez que paso por la parte interior de sus muslos me confirma que esto apenas empieza.
Ella se sonroja y trata de disimular, pero sé que le gusta. Es un juego silencioso, uno en el que ambos sabemos quién lleva el control.
Me inclino hacia ella, acercándome hasta que nuestras caras quedan a escasos centímetros. Nuestros ojos se encuentran, y lo que veo en los suyos es puro deseo mezclado con emoción.
La tensión entre los dos es casi tangible. La saboreo. La disfruto.
—Rhett… estamos en un sitio público —susurra, con voz baja, casi un murmullo.
Mi mano sigue subiendo, sin prisa. Disfruto cada reacción, cada pequeño temblor. Llego hasta su tanga y lo toco suavemente con las yemas de los dedos, explorando. Su cuerpo se estremece, su respiración se vuelve más entrecortada, y aunque intenta mantenerse serena, sé que está perdiendo el control.
—¿No te excita la idea de que te toque aquí, delante de todos, sin que se den cuenta? —Le murmuro con voz grave y provocadora—. Míralos... todos están en su mundo.
Ella se muerde el labio, sonrojada, echando un vistazo a su alrededor. Luego me mira de nuevo, con esa expresión que mezcla picardía y deseo contenido. Me vuelve loco.
Mi mano no se mueve de entre sus piernas, donde noto cómo el calor se intensifica. Su tanga está húmedo, y eso solo hace que mi polla se endurezca más, tan tensa contra la tela que amenaza con desgarrarla.
Me acerco a su oído, acariciándola con la voz.
—Vamos… quítate el tanga… y dámelo.
Su respiración se agita. Me aparto solo un poco, esperando. La observo sin apurarla, dejando que ella decida. Y lo hace. Con una sonrisa traviesa, levanta discretamente las caderas y, sin quitarme los ojos de encima, se quita el tanga con movimientos lentos. Me lo entrega con elegancia y descaro.
Lo tomo y lo guardo en el bolsillo de mi pantalón, justo cuando el camarero aparece con nuestros platos, como si el universo decidiera darnos una pausa necesaria.
Mirella suelta una pequeña risa, mezcla de sorpresa, diversión y provocación. Le devuelvo la mirada sin decir palabra, pero con una promesa clara en los ojos.
Esto apenas comienza.
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—Quiero bailar —dice Mirella en cuanto salimos del ascensor que nos deja en la suite.
—Pues baila —respondo caminando detrás de ella, sin apartar la vista de su silueta.
—Contigo.
—Sabes que no bailo.
—Vamos… no seas aburrido… o… ¿acaso no sabes bailar?
Levanto una ceja, divertido, mientras ella ya está buscando música en su móvil.
El brillo travieso de su sonrisa lo dice todo.
En cuanto la música comienza, la habitación se llena de una melodía suave, envolvente.
La luz tenue baña su cuerpo en sombras doradas, y el vestido negro que lleva no hace más que acentuar cada curva.
—Ni una palabra de esto a nadie, ¿me oyes? —le advierto con un tono bajo, casi peligroso.
Mirella suelta una risa divertida, desafiante.
—¿Me estás amenazando?
Me acerco sin prisa, como un lobo que mide cada paso antes de lanzarse.
—No, te estoy advirtiendo —miro sus labios, después sus ojos, con firmeza—. Si alguien se entera… tendré que castigarte.
—¿Ah, sí? ¿Cómo? —Pregunta con ese brillo provocador en la mirada que me vuelve loco.
No le respondo con palabras. La tomo de la cintura y la giro de golpe, pegándola a mi cuerpo. Su espalda contra mi pecho. Mi mano en su abdomen, firme, segura. Siento cómo su respiración se acelera con el contacto. Le doy un segundo para que lo asimile, para que sienta que no tiene escapatoria.
Y entonces empiezo a moverme con ella.
Al principio solo la sigo, dejo que crea que tiene el control. Dejo que se confíe, que juegue. Pero no pasa mucho antes de que mis manos la sujeten con más firmeza y la guíen. Marco el ritmo. Yo conduzco. Ella obedece sin darse cuenta.
—Así —le susurro al oído, dejando que mi aliento roce su piel.
La siento estremecerse. Sus dedos buscan mis manos, aferrándose con fuerza, como si necesitara anclarse a algo para no perderse.
Entonces la giro otra vez, esta vez para tenerla frente a mí. Sus ojos me buscan, dilatados, encendidos. Sus labios entreabiertos, húmedos. Su pecho sube y baja con rapidez, y esa imagen se me graba en la memoria.
—¿Sigues creyendo que no sé bailar? —Murmuro, dejando que mis labios rocen su cuello con lentitud, saboreándola.
No responde. No puede. Solo suspira, se aferra a mis brazos y deja que el ritmo nos arrastre.
Nuestros cuerpos se mueven sincronizados, como si la música no existiera y solo estuviéramos escuchando la respiración del otro. Mis manos recorren su espalda, deslizándose hacia su cintura, deteniéndose allí, sujetándola con fuerza para mantenerla cerca, muy cerca.