Capítulo 23.
Mirella.
Amanece y Rhett sigue dormido, está de espaldas y acaricio su tatuaje con mucho cuidado, no quiero despertarlo.
Y no lo hago. Está sumergido en un sueño profundo, con la respiración pausada y el ceño relajado, como si, al menos por ahora, el mundo no doliera tanto. Anoche lloró en mi pecho, y el mío se encogió al escucharlo. Nunca lo había visto tan vulnerable, tan humano y lo quise aún más por eso.
Me levanto con cuidado para no despertarlo y me pongo su camiseta, que me queda enorme, y camino descalza hasta el teléfono de la habitación.
Marco el número de servicios de habitación y pido su postre favorito: tarta de limón, con el merengue perfectamente dorado.
Sé que, aunque intente esconderlo, algo dentro le pesa.
Cuando cuelgo, me acerco a la cama y lo observo dormir.
Me siento en el borde y paso los dedos por su cabello con ternura, despacio, como si cada caricia pudiera calmarle las heridas que aún no ha dicho en voz alta.
No sé qué batallas libra en su interior, pero quiero ser el refugio al que siempre pueda volver.
—Te lo mereces todo, cielo —susurro, aunque no puede oírme—. Y quiero dártelo yo.
El sol se cuela por las cortinas y la habitación se inunda de una luz suave, cálida. Es un nuevo día, y pienso dedicarlo a cuidarlo, a demostrarle que no está solo.
Porque cuando alguien te entrega su dolor, lo mínimo que puedes hacer... es sostenerlo con amor.
El sonido suave del carrito del servicio de habitaciones me avisa que han llegado. Me apresuro a abrir y recibo la bandeja con una sonrisa, agradeciendo en voz baja. El aroma del postre se esparce por la habitación, y justo cuando cierro la puerta, escucho movimiento detrás de mí.
Me giro y lo veo, sentado en la cama, desnudo, el cabello revuelto y los ojos aún entrecerrados por el sueño. Pero está despierto. Y me mira.
—Buenos días —le digo con una sonrisa dulce, acercándome con la bandeja en las manos—. He pedido tu postre favorito... Pensé que te vendría bien algo que te alegrara un poco el día. Te vi triste anoche.
Coloco el postre a su lado, y él, sin decir una palabra, agarra mis manos con suavidad y las coloca sobre su pecho.
Puedo sentir el latido de su corazón bajo mis dedos, y la conexión entre nosotros se vuelve aún más intensa.
Me siento un poco sorprendida por su gesto, pero no lo retiro.
En cambio, me dejo llevar por la calidez que emana de él.
—Rhett… —susurro, mirando fijamente sus ojos, intentando leer sus pensamientos—. ¿Qué pasa?
Él no responde de inmediato y yo solo lo observo, notando la suavidad de su mirada, pero también el peso que lleva en sus ojos. Hay algo que está atorado dentro de él.
—Ven aquí, pajarito —dice al fin, su voz suave pero cargada de necesidad. Con un gesto de sus manos, me coloca delicadamente encima de él, como si quisiera que estuviéramos más cerca, como si necesitara esa proximidad.
—Siempre he estado solo —susurra Rhett, con voz grave, como si cada palabra le costara salir. Su respiración se entrecorta ligeramente mientras me mantiene cerca de él, y puedo sentir la vulnerabilidad que hay en su tono, algo que rara vez deja ver.
Me quedo en silencio por un momento, intentando comprender el peso de sus palabras. Nunca lo había visto así, tan abierto, tan expuesto.
—Yo no soy una buena persona —susurra Rhett, su voz cargada de una tristeza profunda, como si esa fuera una verdad irrefutable para él. Su mirada está fija en el vacío, como si el peso de sus palabras lo estuviera aplastando.
Yo me quedo en silencio un momento, observándolo, viendo cómo se debate consigo mismo. Luego, con suavidad, coloco mi mano sobre su pecho, sintiendo el latido de su corazón.
—No estoy de acuerdo contigo —respondo con firmeza, buscando su mirada. Necesito que vea lo que yo veo, que entienda lo que está haciendo—. Claro que eres una buena persona, Rhett, me lo estás demostrando.
Él me mira, como si no pudiera creer lo que acabo de decir. Su expresión sigue siendo una mezcla de duda y desconcierto, pero yo sigo hablándole con suavidad.
—¿Cómo? —Dice él, con una voz rasposa, llena de inseguridad.
—Mira dónde estamos —digo, señalando el entorno con un gesto.
La suite, New York, el lugar que él ha planeado con tanto cuidado para nosotros—.
Me has traído a Nueva York gastando todo lo que tienes por mí, me has traído al lugar donde te dije que quería estar.
Si fueras una mala persona, no habrías hecho todo esto por mí.
No habrías planeado este viaje, no me estarías dando este momento.
Él no dice nada, pero noto cómo sus hombros se relajan un poco. No es mucho, pero es un pequeño cambio.
—Da igual lo que te diga tu madre en tu cabeza —añado, mirando fijamente a sus ojos—. Yo te veo, Rhett. Sé quién eres, y sé lo que eres capaz de dar. No eres lo que otros han intentado que creas de ti mismo. No eres las mentiras que te han contado.
Sus ojos se suavizan al escucharme, y hay un leve temblor en su respiración. Parece que mis palabras lo alcanzan, lo tocan de alguna manera que no esperaba. Pero aún así, sigue con ese peso en su mirada, como si una parte de él no pudiera dejar ir lo que lleva años creyendo.
—Nunca me han querido de esta manera —dice, su voz quebrada, como si cada palabra le costara—. No de esta forma... tan real. Nadie me ha mirado como tú lo haces.
Mis ojos se suavizan al escuchar sus palabras y me acerco más a él, acariciando su rostro con suavidad, como si quisiera borrar todo el dolor que lleva dentro. Siento su vulnerabilidad, y no puedo evitar que mi corazón se ablande aún más hacia él.
—Tú me estás enseñando lo que es sentir que alguien realmente te ve —continúa, su voz temblando ligeramente, llena de ternura—.
Y lo que más me asusta, Mirella... es que nunca quise que alguien lo hiciera.
Nunca supe lo que era amar y ser amado sin tener que pagar un precio.
Y ahora, aquí, contigo... siento que es posible.
Que yo no estoy perdido. Lo que tienes que saber, pajarito, es que lo que me estás dando no es solo cariño, es esperanza.
Esperanza en un mundo donde creía que no había sitio para mí.
—Rhett… —susurro, mi voz temblando al escuchar sus palabras.
—Te prometo que estoy intentando cambiar, Mirella...
por ti. Para ser mejor, para que no te arrepientas del amor que me estás dando.
Nunca pensé que alguien podría ver algo bueno en mí, pero tú...
me estás mostrando algo que nunca imaginé que podría sentir.
Estoy luchando por ser alguien que tú mereces.
Siento que mi corazón va a salirme de mi pecho por todas estas cosas bonitas que me está diciendo, pero lo cierto es que no hace falta que cambie por mí porque no me arrepentiría de querer como lo quiero.
Porque yo lo quiero tal y como es.
No se lo digo con palabras porque me da miedo de no expresárselo bien, así que acerco mi boca a la suya y lo beso, con ternura, con delicadeza y él me responde con la misma intensidad.
Su boca baja a mi cuello y tira de mi cabello con delicadeza para pedirme más acceso y se lo doy, me muevo contra el sintiendo su dureza, pero me estremezco al notar algo frío por mi cuello, es tarta, está en mi cuello y se resbala poco a poco hasta llegar a mi clavícula y es ahí cuando su lengua lo atrapa y sube por mi cuello, por donde la tarta ha resbalado.
—Mmm. Delicioso —dice, su voz rasposa llena de deseo contenido, mientras sus ojos brillan con una mezcla de diversión y algo más profundo.
Me acerco lentamente, ansiosa por sentir sus labios en los míos, pero antes de que pueda llegar a hacerlo, Rhett me quita de encima con una rapidez inesperada. Me quedo allí, mirando cómo se levanta de la cama, su cuerpo desnudo reflejando la luz tenue de la habitación.
—¿Qué…? —Empiezo a preguntar, pero su mirada y su sonrisa me lo dicen todo.
—Vamos, tenemos que prepararnos para pasear por la ciudad —dice, su tono tan tranquilo y natural que me deja completamente desconcertada.
Lo miro, confundida, mientras mi cuerpo todavía responde a lo que acaba de pasar, y la tarta sigue fresca en mi cuello, el rastro de su lengua aún presente.
—¿Pasear? ¿Ahora? —Pregunto, casi en shock.
Rhett se detiene frente al espejo, dándome una última mirada que es pura diversión. Su sonrisa es intencionada, juguetona, lo ha hecho a propósito. No puedo evitar notarlo.
Él lo ha hecho a propósito. Cada movimiento, cada gesto. Y ahora, al verme allí, con el deseo aún ardiendo en mi piel y con la boca abierta por la sorpresa, él solo se encoge de hombros.
—Sí —responde con tranquilidad, como si no hubiera nada extraño en lo que acaba de pasar. Luego, con una última mirada provocativa, se dirige al baño para prepararse.
Cierra la puerta detrás de él, y yo me quedo allí, en la cama, todavía procesando lo que acaba de suceder. Me toco el cuello, aún pegajoso por la tarta, y miro la puerta, preguntándome si de verdad acaba de hacer lo que creo que ha hecho.
Lo ha hecho a propósito el muy...