Capítulo 22.
Rhett.
Me levanto y voy hacia el baño con una sonrisa al recibir el mensaje de Mirella. Al parecer, se ha pensado mejor mi propuesta, y eso me encanta. Le haría gritar mi nombre por cada rincón de esta ciudad, pero por ahora, me conformo con empezar por el baño.
Abro la puerta y cuando la veo, la sonrisa que tenía desaparece en milésimas de segundos.
Veo el miedo en su rostro y veo cómo ese tipo con la cara tapada le apunta con la pistola, en la cabeza.
Una furia empieza a recorrerme el cuerpo y saco la pistola que tengo guardada en mi espalda con rapidez. Y doy gracias porque tengo el silenciador puesto, siempre se lo pongo.
Soy un chico precavido.
—Déjala ir —digo en un tono firme, sin apartar la mirada del arma. Paso un pie dentro del baño, observando cada uno de sus movimientos, evaluando la situación. —No le hagas daño. No tiene nada que ver con esto.
—Claro que tiene que ver —responde el tipo, sus ojos brillando con una mezcla de locura y rabia—. Tiene todo que ver, él no está aquí, pero tú sí, eres el que tiene que pagar. Así que da un paso más y le vuelo la puta cabeza.
Me doy cuenta de lo que está pasando. El tipo es uno de esos hombres a los que el padre de Mirella les debe dinero. Un maldito cobrador. Y ahora, quiere hacerme sufrir a mí, sí. Pero lo peor es que si no hago nada, será Mirella quien pague el precio.
Puedo ver cómo ella tiembla, su cuerpo rígido, respirando entrecortadamente, pero sigue sin moverse, sin gritar. Su miedo es palpable, y eso solo aumenta mi ira.
—Escúchame bien —digo, avanzando un paso hacia él, mi voz baja, llena de amenaza contenida. —Déjala ir. Ahora.
—No te acerques más —dice él, preparando el martillo. Se ve que está dispuesto a disparar. Mirella da un salto por el sonido que emite la pistola y por su rostro caen dos lágrimas.
Siento mi pecho latir con fuerza. Todo mi ser está concentrado en ella, en protegerla. En este momento, no hay nada más importante.
—Mirella, no te va a pasar nada —le digo, mirando sus ojos asustados, intentando transmitirle calma, aunque mi garganta esté apretada. —Confías en mí, ¿verdad?
Ella asiente con lentitud, sus ojos brillando con miedo, pero también con algo más: esperanza.
—Bien. Perdóname por lo que voy a hacer. —Mis palabras son suaves, dirigidas a ella, pero no son para ella. Son para mí, porque sé que, para protegerla, voy a cruzar un límite que no quiero.
El silenciador suena como un suspiro cuando aprieto el gatillo. La bala impacta de lleno en la mano del tipo, quien grita de dolor y suelta la pistola. El arma cae al suelo con un estrépito sordo.
Mirella corre hacia mí sin pensarlo, y la abrazo con fuerza, como si no quisiera soltarla nunca más.
Su cuerpo tembloroso contra el mío me hace sentir que, aunque todo lo demás se haya ido al infierno, al menos ella está aquí, segura.
Pero mi otra mano sigue firme con la pistola, apuntando al tipo.
No lo voy a dejar ir tan fácil. La rabia me consume y lo único que quiero es matarlo.
Mi cuerpo tiembla de ira, pero cuando siento a Mirella tan cerca, algo cambia.
La abrazo con más fuerza, como si el simple contacto me devolviera algo de humanidad.
Mi mano va a su cabeza, acariciándola sin pensar, y mis labios se posan sobre su frente, un gesto casi instintivo.
Siento que mi corazón late a un ritmo frenético, pero trato de calmarme, de asegurarme de que está bien.
—¿Estás bien? —Le pregunto, aunque no sé si ella me escucha. Mi voz suena rota, casi ahogada, porque lo único que quiero es protegerla. No puedo soportar verla así de asustada, quebrada.
Sus sollozos me perforan el pecho, y siento cómo su cuerpo tiembla en mis brazos. Y mi mente se llena de recuerdos.
Hazlo.
Sigo acariciando su cabeza, esta vez con más suavidad, como si eso pudiera devolverle algo de tranquilidad.
—No mires, por favor —susurro, mi voz se vuelve más suave, más firme, como si mi único propósito en este momento fuera protegerla de todo. De lo que está a punto de pasar.
Las palabras de mi madre resuenan en mi cabeza, sus constantes reproches, su voz llena de veneno:
Eres una mala persona, Rhett.
Preparo el martillo por segunda vez y el peso de la pistola me parece más pesado que nunca. Cada segundo que paso sosteniéndola me hace pensar más en lo que soy, en lo que puedo llegar a ser. Y, por un momento, deseo que el sonido del disparo sea la única respuesta. La única salida.
—No lo hagas, Rhett.
No eres digno de nada bueno, nunca lo serás.
La mano que antes acariciaba su cabeza con suavidad ahora tiembla.
No sé si es por ella o por lo que estoy a punto de hacer, pero la lucha que siento dentro de mí me consume.
Sus sollozos siguen retumbando en mi pecho, mientras las palabras de mi madre siguen jugando en mi cabeza, diciéndome lo que debo hacer.
Tu destino es hacer daño a las personas.
—Por favor —susurra, casi como una súplica.
Mis dedos están tensos, listos para apretar.
Eres un hijo de puta.
El veneno de sus palabras se mezcla con la súplica de Mirella, y en un instante, siento como si el mundo se detuviera. La lucha dentro de mí se intensifica. ¿Qué soy? ¿Qué quiero ser? ¿Qué quiero para ella? ¿Para mí? Todo me consume, todo se mezcla.
—Rhett, para. —La voz de Mirella es más firme ahora, casi desesperada—. Vámonos, por favor.
Esas palabras. Esas malditas palabras me rompen en dos. Son la salvación, la única salvación que podría tener en este momento. Mirella, con su dolor, con su fragilidad, con su fuerza, me pide que no lo haga y en su súplica, veo una parte de mí que creía perdida.
La razón. La humanidad.
Bajo la pistola lentamente, mi respiración se entrecorta. Mirella sigue temblando en mis brazos, y yo la abrazo más fuerte, como si eso pudiera hacerme olvidar todo lo que acabo de sentir. Como si pudiera hacerla olvidar de todo el miedo que tiene ahora mismo.
Guardo la pistola con una mano, aún tembloroso, y la otra se posa suavemente sobre su cara.
La acerco a mí, mis dedos rozan su piel, buscando esa conexión, ese contacto que me recuerda que está aquí, a salvo.
La miro a los ojos, esos ojos que, aunque llenos de miedo, aún mantienen algo de confianza en mí.
Algo que no sé si merezco, pero que me consume por dentro.
—¿Cómo estás? —Mi voz sale baja, quebrada por el peso de lo que acabamos de vivir.
Ella me mira, los ojos aún llenos de lágrimas, pero me responde con una sonrisa tímida, como si intentara convencerse de que todo está bien.
—Bien —dice, su voz temblorosa—. Muy asustada.
Asiento, sabiendo que esas palabras no lo describen todo. No lo podrían hacer. Pero lo que importa es que está aquí, y yo aún puedo protegerla.
La abrazo con fuerza, como si no quisiera soltarla nunca.
Llegamos a la suite y me quito la chaqueta sin apartar la vista de Mirella, que sigue en silencio, mirando por el ventanal.
Quiero acercarme, pero le doy su espacio.
Me voy quitando la ropa hasta quedarme solo en bóxer.
Entonces, se da la vuelta, se acerca a mí...
y, de repente, sus labios chocan con los míos.
Un beso desesperado, intenso, como si quisiera borrar todo lo que acabamos de vivir.
Me paraliza por un segundo, pero después, solo puedo responderle.
Le respondo con la misma intensidad, dejando que el momento nos envuelva. La abrazo, la llevo con suavidad hacia la cama, sin querer apresurar nada, solo disfrutando de la cercanía. La dejo sobre las sábanas, cuidando cada uno de sus movimientos.
—Eres diferente… —le susurro, mirándola con los ojos llenos de una mezcla de admiración y algo más profundo.
Ella me mira, sin comprender del todo, pero esperando mi explicación.
—¿Diferente cómo? —Pregunta, con la voz suave, casi temerosa.
Bajo la mirada, acercándome lentamente a su cuello, besándola con delicadeza, como si el contacto con su piel me ayudara a encontrar las palabras que tanto me cuestan.
Mis manos siguen explorando su cuerpo, buscando una forma de transmitir lo que las palabras no alcanzan a capturar.
La miro a los ojos antes de volver a su cuello.
—Diferente porque tú... —respondo, casi sin pensar, dejando que mi voz se vuelva más grave, más cargada de lo que está pasando entre nosotros—. Porque me haces cuestionar todo lo que pensaba que sabía de mí. Porque, por primera vez en mucho tiempo, quiero ser algo más que lo que siempre he sido.
Mis manos se posan en su cara, acariciando suavemente, y mi cuerpo se acerca más al suyo.
Sé que no soy una buena persona, lo sé, pero ella...
ella ha hecho que algo en mí se despierte.
Algo que ni siquiera sabía que existía. Y me hace querer ser mejor, algo que no sé si soy capaz de ser, pero con ella cerca, con ella en mis brazos, siento que hay una posibilidad.
—Me haces... querer ser mejor persona —susurro, mis labios ahora rozando su piel, incapaz de dejar de besarla, de mostrarle con cada toque lo que no puedo expresar con palabras.
Retiro su tanga con cuidado, como si cada gesto fuera una promesa. Ella se abre a mí sin palabras, confiando, y yo me acomodo entre sus piernas. Me quito el bóxer y, con una lentitud llena de ternura, me adentro en ella, con suavidad, con... amor.
No hay prisa. No hay deseo carnal. Solo hay amor.
La beso despacio, sintiendo cómo su cuerpo y el mío se entienden sin hablar, cómo cada caricia, cada suspiro, nos va uniendo más allá de lo físico. Me muevo dentro de ella con ternura, como si solo así pudiera mostrarle todo lo que no sé decir.
—Más fuerte, Rhett.
—No, pajarito... déjame hacerlo así.
Y me deja. Me deja amarla a mi ritmo, a mi manera.
Me deja cuidarla con cada roce, con cada beso cuidando cada parte de ella como si fuera lo más valioso del mundo.
Y lo es, es lo más valioso de mi mundo. Me permite sentir que estoy haciendo algo bien, que soy capaz de algo bueno.
Y en ese instante, ella se convierte en todo lo que quiero proteger.
—Eres una buena persona, Rhett —susurra, mientras me abraza con fuerza, sus palabras acariciando mi alma como ningún toque podría hacerlo.
Esas palabras me golpean con más fuerza de lo que imaginé. Nunca he pensado en mí mismo de esa manera, pero cuando ella lo dice, siento que podría ser verdad. Siento que, tal vez, si alguien puede hacerme creer en lo bueno que hay en mí, es ella.
—¿De verdad lo crees? —Pregunto en voz baja, con la frente apoyada en la suya, mientras nuestros cuerpos siguen unidos con esa calma que nace solo del amor.
—Sí —responde sin dudar, sus dedos acariciando suavemente mi rostro—. Tienes tus fallos, pero eso no te hace malo. Todos los tenemos, Rhett. Pero el hecho de que estés aquí, que quieras cambiar... eso es lo que realmente importa.
La beso con el alma temblando y el corazón a punto de romperse.
Nos movemos al mismo compás, sin prisas, como si el tiempo nos perteneciera.
Sus suspiros se entrecortan, sus uñas se clavan con suavidad en mi espalda y, por un instante, la siento estremecerse bajo mi cuerpo, cerrando los ojos y susurrando mi nombre con la voz rota.
Y cuando la oigo gemir mi nombre una vez más, sé que se ha rendido a lo que estamos sintiendo.
Poco después, yo también me dejo ir, derramándome en su interior.
Lo hago mientras sigo besándola, con mis labios aún temblando contra los suyos, sin apartarme de su interior mientras apoyo mi frente en su pecho y dejo caer mi peso sobre ella, mi alma, mis lágrimas.
Lloro, sin poder evitarlo. Porque no es solo deseo, es algo más. Es amor. Es todo lo que nunca creí tener derecho a sentir.
Ella no dice nada, solo acaricia mi cabello con dulzura y limpia mis lágrimas con la yema de sus dedos, sin juzgarme, sin romper el silencio que nos envuelve.
Me salgo con cuidado y me tumbo a su lado, atrayéndola hacia mí, mirándola a los ojos.
—Nunca pensé que diría esto, pero... —le doy un beso corto en los labios—. Te quiero, pajarito.
Acerca su boca a la mía y me devuelve el beso con la misma delicadeza.
—Yo también te quiero, cielo —dice, y mi pecho se llena de algo indescriptible.
Sonríe, y juro que es la sonrisa más hermosa que he visto en toda mi vida. Se acurruca en mi pecho y pone su mano sobre mi latido.
Y lo sé, cada latido de mi corazón es por ella.
Porque estoy enamorado de Mirella Morgan.