UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 27.
42%

Capítulo 27.

Mirella.

Hoy es nuestro último día en New York.

Rhett está a mi lado mientras caminamos hacia el puerto para tomar un barco por el río Hudson. Siento la brisa suave en mi cara, el sonido del agua golpeando suavemente contra el costado del bote, y todo eso parece estar en sincronía con el latido de mi corazón, acelerado por su cercanía.

—¿Lista para ver la ciudad desde el agua? —Me pregunta, con esa sonrisa arrogante pero cálida que tiene cuando sabe que tiene todo bajo control.

—Claro, pero si me caigo al agua, no me rescates —le respondo, bromeando, aunque sé que lo haría sin dudar.

—Eso no va a pasar —dice, su tono es firme, y me toma la mano, guiándome hacia el bote.

Nos subimos, y el barco comienza a deslizarse por el río.

A lo lejos, el horizonte de Nueva York se extiende ante nosotros, y me doy cuenta de lo pequeño que me siento frente a todo esto.

Y, sin embargo, aquí estoy, acompañada de alguien que hace que todo se sienta tan grande, pero a la vez tan cercano.

—¿Sabes qué? —Le digo mientras observo la vista—. Nunca pensé que un paseo en barco podría ser tan impresionante.

—Eso pasa cuando lo haces con la persona correcta —responde, mirando al frente, pero siento que sus palabras están dirigidas a mí.

Me sonrojo, aunque no quiero que lo note.

Después de un rato en el barco, tomamos un taxi que nos lleva al barrio de Soho. Recorrimos las calles mientras el sol empieza a descender, dándole un brillo dorado a la ciudad.

—¿Cómo te sientes? —Me pregunta, y por un segundo me sorprende que lo haga. No es un tipo de pregunta que normalmente esperaría de él, pero en este momento, siento que quiere saber más, qué le importa lo que realmente pienso.

—No sé… Todo esto me hace sentir pequeña, pero no de la forma mala. Es como si la ciudad, el mundo, todo fuera tan grande y yo solo pudiera verlo desde una ventana —le digo, aunque no estoy segura de que lo entienda del todo.

—Eso es porque ves más allá de las cosas —me responde con una sonrisa—. Tienes esa capacidad. Pero no eres pequeña, pajarito. Nunca lo serás para mí.

Siento un nudo en el estómago, y aunque quiero decir algo, las palabras se me escapan. Es extraño cómo puede hacerme sentir tan vulnerable con tan solo mirarme, como si todo lo que hubiera construido alrededor de mí fuera solo una fachada.

A medida que avanzamos por Soho, entramos en una galería de arte. A Rhett le gustan estas cosas, y aunque yo no soy tan fan de este tipo de arte, me dejo llevar por su entusiasmo.

—Mira esto, ¿qué opinas? —Me pregunta, señalando una pintura que cuelga en una pared blanca.

Me acerco y observo. La pintura es abstracta, con colores que se mezclan de una forma que, aunque no entiendo del todo, me transmite algo.

—Es como un caos controlado —le digo, dándole mi opinión sincera.

—Exacto. Es como nosotros, ¿no? —Responde, y al mirarme, sus ojos se suavizan.

No digo nada. Solo asiento, porque tiene razón. A veces, la vida se siente caótica, pero al mismo tiempo, tiene sentido.

Al llegar la tarde, nos encontramos en Central Park. El sol está bajo, y la luz dorada se filtra a través de los árboles. Es el lugar perfecto para cerrar nuestro último día aquí. Caminamos juntos, en silencio, mientras el sonido de la ciudad queda atrás.

—¿Recuerdas cuando dijiste que querías ver Nueva York entero? —Me pregunta, sus ojos mirándome con una mezcla de diversión y cariño.

—Sí, pero pensaba que nunca lo lograría. Pensé que solo quedaban tres días y que no había forma de que pudiera ver todo lo que quería —respondo, riendo levemente.

—¿Qué te parece ahora? —Dice, tomando mi mano con fuerza. Siento su calor, su presencia firme, como un ancla que me mantiene en el presente.

—Creo que has cumplido tu promesa —le respondo, mirándole a los ojos. Mi corazón late más rápido, porque lo que dice no es solo una promesa, es algo más. Es una conexión que siento cada vez más fuerte entre nosotros.

La tarde se convierte en noche, y nos dirigimos al restaurante con vista al mar. Mientras cenamos, todo a mi alrededor parece desvanecerse. La ciudad sigue viva, pero yo solo tengo ojos para él.

—Hoy ha sido perfecto —le digo, con una sonrisa que no puedo contener.

—Lo ha sido —responde, mirándome de esa manera tan intensa que siento que me ve a través de mí—. Pero el mejor momento, para mí, es este, aquí contigo.

El resto de la noche pasa rápido. La ciudad se ilumina a lo lejos mientras caminamos de vuelta al hotel. Y al entrar en la habitación, la atmósfera cambia, Rhett se acerca a mí con esa mirada tranquila pero llena de deseo.

Poco a poco empieza a desnudarme y yo hago lo mismo con él.

Sus manos fuertes me rodean la cintura y, en un instante, me eleva del suelo como si no pesara nada. Mis piernas se apoyan sobre sus hombros, mi espalda contra la pared, y el frío del azulejo contrasta con el calor abrasador de su boca que me explora de una manera que me hace temblar.

—Rhett… —susurro, en un gemido que apenas me pertenece.

Él no responde con palabras. Solo me mira desde ahí abajo, con esos ojos oscuros llenos de deseo y devoción, antes de hundirse de nuevo entre mis piernas.

Su lengua se mueve sobre mi clítoris con maestría, lenta y luego más firme, marcando un ritmo que me vuelve loca.

Sus manos sujetan mis muslos con fuerza, como si necesitara aferrarse a mí tanto como yo a él.

—Estás increíble así —murmura contra mí, su aliento cálido provocándome un estremecimiento.

Siento que me derrito. Mi cuerpo responde a cada movimiento, a cada roce, a cada beso húmedo. No puedo pensar, no puedo hablar. Solo sé que estoy ahí, suspendida en sus brazos, entregada por completo.

—No pares… —le ruego, entre jadeos. Mis dedos se enredan en su cabello mientras mi cadera se arquea involuntariamente, buscando más de él, más de eso que solo él sabe darme.

Él sonríe apenas, satisfecho, antes de intensificar el ritmo. Me sostiene con firmeza, sin soltarme, sin dejar de mirarme como si yo fuera lo único que existe.

—Mírame —me pide, con voz grave, acariciando mi muslo—. Quiero ver tu cara cuando te corras en mi boca.

Empieza a moverse con más intensidad, con seguridad, sabiendo exactamente dónde y cómo tocarme con su lengua.

—Me voy a...

No puedo terminar la frase porque me corro con un gemido ahogado, la cabeza apoyada contra la pared, y Rhett no se aparta. Me sostiene mientras mi cuerpo tiembla. Me besa suavemente justo ahí, como si agradeciera lo que le acabo de dar.

Cuando me recupero un poco y bajo la mirada, él sigue ahí mirando, con esa mirada que me atraviesa.

—¿Estás bien? —Pregunta, su voz más dulce que nunca.

Asiento, sin poder hablar aún. Sonrío, porque en ese instante me siento adorada. Protegida. Suya.

Me baja con cuidado de sus hombros, pero sin soltarme, estoy en sus brazos y me lleva a la cama, posicionándome encima suya, notando cómo su enorme erección está contra mi entrada.

—Me toca.