Capítulo 19. #2
—¿Y si quiero arriesgarme? —Le pregunto, desafiante, aunque por dentro sigo procesando la seriedad de su advertencia.
Él se queda en silencio, mirándome fijamente por un momento largo, y luego, con un suspiro, responde en voz baja:
—Pajarito... —su voz es baja, casi como un susurro, pero cargada de advertencia.
Siento la tensión en el aire, pero no me detengo. Algo en mí quiere saber más, quiere seguir presionando, empujando los límites.
—No me vas a asustar, Rhett. —Mi voz sale más segura de lo que me siento, desafiante.
—No es de miedo de lo que hablamos. —Dice, su voz se vuelve más grave y profunda, como si cada palabra tuviera un peso mayor—.
Es que no soy suave... en la cama. —Hace una pausa, sus ojos ardiendo con intensidad—.
Soy rudo, salvaje y no tengo problema en tomar el control de cada uno de tus movimientos.
Su mirada no se aparta de la mía, cargada de una promesa que me hace tragar saliva.
—Me he estado controlando... —añade, su tono ahora más bajo, como si el simple hecho de decirlo lo hiciera más real—. No quiero hacerte daño, pajarito. No de la manera en que yo sé hacerlo.
Lo miro, con el corazón acelerado, y una pregunta escapa de mis labios antes de que pueda detenerla:
—¿Cómo lo haces sin control?
—Sin control... —dice, su voz más baja, cargada de un peligro palpable—.
Yo mando, pajarito. Ordeno. Tomo el control de todo.
Si lo hiciera como realmente quiero... te amarraría, te haría hacer lo que yo quiero, cuando yo lo quiero.
Te haría llorar de placer y te haría cosas para que me ruegues que te folle.
Lo dice con un tono intentando que me eche atrás, pero lo único que provoca es que mis pezones se pongan duros.
—¿Y si quiero que me hagas todo eso?
Su mandíbula se tensa.
—No tienes idea de lo que me estás pidiendo.
—Solo hay una manera de averiguarlo, ¿no?
—No quiero hacer algo de lo que después puedas arrepentirte.
—¿Y si no me arrepiento? —Le digo, con una sonrisa juguetona, desafiante. Me pongo encima de él, mirando sus ojos con intensidad, buscando esa chispa de reacción en su mirada.
Su respiración se corta por un segundo, y el aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de una tensión que me hace estremecer.
Sus manos firmes se posan en mis caderas, pero no me detienen, no me acercan más…
solo están ahí, como si estuviera conteniéndose, como si estuviera al borde de perder el control.
Mi corazón golpea con fuerza contra mi pecho mientras reduzco aún más la distancia entre nosotros. Me muevo contra él, lenta y un escalofrío me recorre al sentir su erección dura y caliente presionándose contra mí.
Un jadeo se escapa de mis labios antes de poder evitarlo, traicionando el deseo ardiente que se acumula dentro de mí. Sé que lo siente, que lo sabe, porque su agarre en mis caderas se tensa, y su mandíbula se aprieta como si estuviera a punto de romperse.
Él cierra los ojos por un instante, como si intentara aferrarse al poco control que le queda, pero yo no quiero que lo tenga.
Muerdo mi labio y vuelvo a moverme contra él, más fuerte esta vez, frotándome descaradamente contra su erección. Un gruñido profundo escapa de su garganta, y antes de darme cuenta, sus dedos se clavan en mi piel con fuerza, deteniendo mis movimientos.
—Para —gruñe, su voz rasposa, rota por la necesidad contenida.
Pero no quiero parar. No, cuando lo siento tan duro, tan caliente bajo mí. No, cuando su cuerpo está tenso y su mirada oscurecida de deseo me dice que está al borde de perderse en mí.
—¿Por qué? —Pregunto con inocencia fingida, inclinándome para rozar mis labios con los suyos sin llegar a besarlo.
Su respiración se vuelve errática, sus dedos se hunden más en mi piel.
—Porque si sigues provocándome así, te voy a follar como realmente quiero hacerlo —advierte, su tono bajo, amenazante, lleno de promesas sucias.
Una corriente de placer me atraviesa al escuchar esas palabras salir de su boca. Me aprieto más contra él, sintiendo su dureza pulsar contra mí.
—Entonces hazlo —susurro, desafiándolo, esperando el momento en que deje de contenerse.
No me da tiempo a procesar nada más antes de que sus labios caigan sobre los míos con una intensidad abrumadora. Me besa con hambre, con furia, como si hubiera estado conteniéndose demasiado tiempo y ahora no pudiera parar. Su lengua invade mi boca sin pedir permiso, reclamándome, devorándome.
Sus manos suben por mi cuerpo, agarrando con firmeza mis caderas mientras me aplasta contra él. Su erección se clava entre mis piernas y un gemido ahogado escapa de mi garganta cuando me obliga a moverme sobre él.
—¿Esto es lo que quieres, pajarito? —Gruñe contra mi boca antes de morder mi labio inferior y tirar de él con fuerza.
No me da tiempo a responder. Sus manos se deslizan hasta mi trasero, agarrándolo con fuerza, y en un solo movimiento me levanta en brazos.
Suelto un jadeo cuando mis piernas se enroscan instintivamente alrededor de su cintura, sintiéndolo aún más duro contra mí.
Me aferro a sus hombros mientras camina con decisión hacia la habitación. Su boca sigue devorando la mía, sus besos son sucios, desesperados, llenos de promesas que hacen que mi piel arda.
Cada paso que da, cada roce de su cuerpo contra el mío hace que el calor entre mis piernas aumente hasta volverse insoportable.
Cuando llegamos a la habitación, me lanza sobre la cama sin cuidado, mirándome con esos ojos oscuros y hambrientos.
—Voy a hacerte mía como quiero — declara, deslizando los dedos por la cinturilla de su bañador antes de tirar de él ligeramente, lo justo para provocarme. —. Y cuando termine, pajarito, vas a saber lo que es rogar de verdad.