Capítulo 20.
Rhett.
—Si es mucho para ti, dímelo y paro, ¿vale? —Digo mientras la miro preocupado, y termino de hacer el último nudo en el cabecero de la cama con sus brazos extendidos hacia arriba, con sus muñecas amarradas.
Ella sostiene la mirada y niega con la cabeza.
—No quiero que pares —susurra, con la voz entrecortada—. Quiero que me muestres lo que significa hacerlo a tu manera.
Gruño bajo, como un depredador que acaba de atrapar a su presa. Me inclino sobre ella, mi cuerpo reclamando el suyo con una posesividad que ya no puedo disimular. La beso con hambre, con desesperación, y ella responde de la misma forma, entregándose por completo.
De todas las mujeres a las que he tenido así, amarradas, ella es la primera por la que me pregunto si debería hacer lo que estoy a punto de hacer.
Me muero de ganas por hacerlo, pero también me da miedo que no le guste, que le duela o que se arrepienta.
No podría soportar que me viera como alguien que solo sabe hacer daño.
Pero pierdo el control cuando levanta las caderas y se restriega contra mí.
—No te muevas. —Ordeno mientras salgo de la cama y me pongo de pie.
Recorro su cuerpo con mis manos hasta que llego a los lazos de la braga de su bikini y tiro de ellos para deshacerlos.
—Ahora sí, levanta un poco las caderas —ordeno, y ella obedece para que pueda quitarle la prenda. La lanzo por la habitación sin mirar dónde cae, y ella vuelve a bajar las caderas al colchón.
Me muevo por la habitación hasta quedar de pie frente a ella.
—Rodillas arriba y ábrete para mí.
Mis ojos no se apartan de los suyos mientras obedece. Se abre para mí, vulnerable, expuesta… preciosa. La tensión en su cuerpo contrasta con la rendición en su mirada. Está dispuesta a todo, pero yo no pienso dárselo tan fácil.
—¿Así crees que vas a conseguir lo que quieres? —Pregunto en voz baja colocándome entre sus piernas, pero sin acercarme a ella, arrastrando las palabras, mientras mis dedos rozan el interior de sus muslos—. No, pajarito… aún no te lo has ganado.
Deslizo una de mis manos hasta su cintura y la otra se queda justo ahí… tan cerca de donde sé que me desea. La miro mientras apenas la toco, rozándola sin apretar, sin darle lo que su cuerpo ya está rogando.
—Dime qué quieres. —Mi voz es ronca, cargada de deseo. Me inclino un poco más, mis labios junto a su oído—. Suplica como si lo necesitaras para respirar.
Ella se arquea, sus muñecas tiran del nudo, y un gemido se le escapa.
—Rhett…
—No —la corto, firme—. No con mi nombre. Quiero escucharte rogar de verdad. Quiero que me pidas que lo haga. Que me digas que no puedes más.
Deslizo mi lengua por su cuello lentamente, sintiendo cómo tiembla. Mi mano sigue jugando, provocando sin llegar a tocarla donde más lo necesita. Está desesperada, lo siento en su respiración, en la forma en la que se retuerce, en cómo sus caderas buscan el contacto que no le doy.
—Eres cruel… —susurra con la voz rota.
Sonrío contra su piel. La beso despacio, con calma. Como si no estuviera ardiendo por dentro.
—No. Soy justo, y te prometí que te lo enseñaría a mi manera.
Retiro mis manos de su cuerpo y las apoyo en el colchón, a cada lado de su cuerpo. Paso mis labios por su cuello, bajo por su clavícula, la beso entre los pechos, pero no los toco y sigo bajando.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —Pregunto, mientras mis labios apenas rozan la piel de su bajo vientre.
Ella gime, retuerce las muñecas atadas, al borde de perder el control.
—Por favor... Rhett.
—¿Por favor, qué? Dilo. Dímelo con esas palabras tuyas que tanto me vuelven loco.
Ella se estremece, me suplica sin vergüenza, con la voz quebrada. Su cuerpo entero tiembla, caliente, desesperado.
—Necesito que me toques... —solloza—. Por favor, Rhett, hazme tuya.
Su voz, quebrada por la súplica, me atraviesa como un disparo directo al pecho. Pero no cedo. No todavía.
—Necesitas que te toque… —repito, como si lo estuviera probando en mis propios labios—. ¿Tan mal te he hecho yo que casi estás llorando por mis dedos y ni siquiera te he dado nada todavía?
Una de mis manos se acerca a ella, acariciando el borde de su muslo con mis dedos sin tocar donde su cuerpo grita por mí. La observo, tiene los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápidamente, los ojos húmedos de deseo.
—Mírate —gruño, inclinándome hacia su oído—. Atada, temblando, rogándome, pero... aún no te has ganado nada.
Me inclino hacia su centro, dejo que mi aliento caliente roce su piel más sensible sin tocarla. Ella gime, se arquea, como si así pudiera empujarme a hacer algo. Pero no lo consigue. La beso en la parte interna del muslo, una vez. Luego el otro. Muy cerca. Demasiado.
Paso mi pulgar por sus pliegues, pero sin adentrarme en ellos y, aun así, me empapa el dedo, la miro a los ojos y ella tiene su vista clavada en la mía cuando me llevo el dedo a mi boca y lo saboreo.
—Estás tan mojada… —murmuro—. Y todo por no tener nada. ¿Qué pasará cuando te lo dé todo?
Ella se muerde el labio, frustrada.
—Por favor, Rhett... no aguanto más.
—Oh, cariño… sí puedes. Vas a aguantar. Porque me encanta verte así, completamente a mi merced.
Coloco una mano sobre su vientre, firme, presionando para mantenerla quieta.
Luego deslizo mis dedos por sus pliegues hasta llegar a su entrada, pero solo lo rodeo.
Apenas un roce, el suficiente para que su cuerpo tiemble y retiro mis dedos de ella, subo mi cuerpo por el suyo, hasta que nuestros labios rozan, pero no la beso. Coloco mis dedos entre nuestros labios.
—Pruébate— digo lamiendo con la punta de mi lengua uno de mis dedos, llevándome su sabor a la boca —Mira lo bien que sabes.
Ella hace lo mismo, roza con su lengua uno de mis dedos y, sin dejar de mirarla a los ojos, le pregunto con la mirada y ella asiente.
Y entonces introduzco mis dedos dentro de su boca y los chupa mientras los saco poco a poco, acerco mi polla todavía dentro del bañador contra su sexo, provocando que ella suelte un gemido que parece un grito contenido.
—Hazlo. Por favor… te lo ruego. Hazlo ya.
Sonrío contra sus labios, quiero hacer que me ruegue por más, pero ni yo mismo puedo aguantarlo, así que me aparto de ella y la agarro de las caderas, la levanto con fuerza, y la coloco de espaldas, con la cabeza contra el colchón y su cuerpo perfectamente ofrecido a mí.
Me acomodo detrás de ella, dominando cada movimiento.
Inclino su cabeza hacia un lado con suavidad, tirando ligeramente de su pelo, haciéndola gemir con un estremecimiento.
—Ahora sí, pajarito… ahora vas a llorar de placer.
Con mi otra mano me bajo el bañador y coloco mi polla contra su entrada, me moja la punta y eso me hace gruñir de placer y sin pensarlo, me clavo en ella de una sola embestida, con fuerza.
Ella grita y me detengo antes de seguir.
—¿Estás bien? —Pregunto y ella asiente con la cabeza mientras se muerde el labio con los ojos cerrados.
—¿Quieres que pare? —Vuelvo a preguntar y niega con la cabeza, abre los ojos y veo cómo se le escapa una lágrima. Una lágrima de puro placer, lo sé porque intenta moverse contra mí buscando movimiento, pero no puede porque la tengo bien sujeta, inmovilizada.
Dejo de sujetarle el pelo y agarro su cintura con mis dos manos mientras saco mi polla dejando solo la punta dentro, para volver a clavarme en ella con fuerza. Ella gime y vuelvo a hacer lo mismo, pero me detengo cuando oigo que gimotea.
Me salgo de ella, deshago los nudos, pero ella no se mueve, sigue con las rodillas pegadas al colchón y apoya sus manos para girar su cabeza y mirarme.
—¿Por qué paras?
—Estás llorando. —Digo con un nudo en el pecho que me corta el aire.
—De placer, Rhett. Lloro de placer, así que por favor. Continúa.
—No me mientas. ¿Te está gustando?
—No, no me está gustando Rhett. Me está encantando, así que no pares y fóllame. Por favor.
El aire vuelve a mis pulmones y respiro aliviado, al ver cómo busca contacto contra mí.
Cuando la he escuchado gimotear, no lo he pensado y he parado, con las demás me daba igual si gimoteaban como ella lo había hecho porque sabía que le gustaban, tenía su consentimiento, me lo decían, pero con ella no me da igual.
Aún teniendo su consentimiento, quiero estar seguro de si le gusta, con hechos y con palabras.
Me lo ha dicho con palabras y su cuerpo me lo está pidiendo, me está buscando, moviendo sus caderas hacia atrás, rozando su culo contra mi polla y lo sé.
Vuelvo a ella, colocando mi polla con su entrada y la penetro con fuerza, una y otra vez, como si se me fuera la vida en ello.
Inclino mi cabeza hacia ella y hace lo mismo, la beso con ganas mientras me adentro en lo más profundo de ella con cada embestida, tragándome sus gemidos.
—¿Te gusta que te lo haga así, pajarito?
—Sí, me encanta. No pares. —Suplica entre gemidos.
Y no lo hago, desplazo una de mis manos hacia su clítoris y está hinchado. Lo acaricio despacio, con cuidado para luego ejercer círculos sobre él apretándolo un poco, sintiendo cómo palpita contra mis dedos y su cuerpo tiembla bajo el mío.
Mis caderas chocan con fuerza contra ella, haciendo que suene el contacto de nuestras pieles y mis dedos siguen rodeando su clítoris con la misma intensidad, su interior me aprieta y me moja sintiendo cómo se corre y me vuelve loco en la manera en la que se deja caer sobre el colchón y tiembla mientras sigo empalándola.
Su cuerpo se contrae y el placer la sacude mientras gime mi nombre.
—Eso es. Di quién te está follando así, di quién te ha hecho que te corras de esta manera.
—Tú, Rhett. Tú.
Me dejo caer sobre su cuerpo sin aplastarla apoyando mis brazos sobre el colchón, a su alrededor, y sigo embistiéndola mientras noto cómo un calor insoportable se apodera de mí. No aguanto más, pero quiero durar más, un poco más.
Así que me detengo y salgo de ella dándole la vuelta provocándole un gruñido de frustración.
—Tranquila —digo dándole la vuelta —no voy a parar hasta que te corras de nuevo.
Sonrío de lado al ver como abre sus piernas para acomodarme entre ellas, cojo su tobillo colocándolo en mi hombro y me clavo de nuevo en ella, embistiéndola y gruño al ver cómo ella sube su otra pierna a mi hombro dándome más acceso a su interior.
—No pares... —suplica de nuevo.
—Joder, me vas a matar. —Muerdo con suavidad su tobillo y apoyo mis manos en el colchón y aumento mis embestidas, mucho más profundas, mucho más rápidas.
—Tócate para mí. —Digo con la voz ronca.
Y lo hace, sin ningún pudor, mientras gime mi nombre y su cuerpo empieza a temblar junto con el mío.
Su interior vuelve a apretarme y su dedo pasa de su clítoris a mi boca, succiono su dedo, saboreándola y cierro los ojos conteniéndome al sentir cómo me moja.
—Córrete dentro de mí. —Aflojo mis embestidas y la miro a los ojos. — Me cuido.
—¿Estás segura?
—Sí, Rhett. Hazlo.
Y me clavo en ella, una y otra vez, con desesperación. Me dejo caer sin aplastarla poniendo un brazo debajo de su cuello y la otra en su cintura mientras ella araña mi espalda.
Choco mi frente con la suya sin poder aguantarme más, mi cuerpo tiembla y empujo con fuerza una última vez mientras me vacío en lo más profundo de su interior y entierro mi cara en su cuello mientras gimo su nombre.
El corazón me va a mil por hora, sigo sin moverme esperando a que mi cuerpo se recupere, mi pecho sube y baja con rapidez, sus manos me acarician la espalda y le doy besos en el hombro, subo por su cuello hasta llegar a su boca.
Le doy un beso dulce en los labios acariciando su mejilla y ella me responde con la misma suavidad. Me salgo dentro de ella tragándome su quejido en la boca y me tumbo a su lado, llevándola conmigo.
Ella se acomoda en mi pecho y yo le acaricio el pelo.
—¿Por qué paraste antes?
—Porque estabas llorando.
—Era de placer.
—Me da igual, no quiero hacerte llorar. A ti no. —Suelto sin pensar, sonando más como un pensamiento en voz alta que como una respuesta.
A ella no. No quiero que llore por mí, de ninguna manera. Porque no lo valgo. No merezco ninguna de sus lágrimas, y haré lo que sea para no provocárselas.
Podría soportar cualquier cosa en este mundo, pero no soportaría que Mirella lo pasara mal, no soportaría ver que su rostro reflejara la más mínima señal de miedo, tristeza o cualquier cosa que se le pareciera.
Y yo no dejaría que ella sufriera por nadie, y mucho menos por mí. O al menos, lo intentaría. Por eso estoy intentando mejor.
Y eso es lo que estoy empezando a hacer.
—Pajarito...
—Mmm... —susurra débil, vencida por el cansancio.
—Tenemos tres horas para dormir —miro el reloj, que marca las cuatro de la mañana—. Nos vamos de viaje.
—¿¡Qué?! ¿A dónde? Ni siquiera he hecho la maleta...
—No te preocupes —digo cerrando los ojos—. Ya la he hecho yo por ti. Y no puedo decirte a dónde vamos... es una sorpresa.
Nunca se me ha dado bien hacer este tipo de cosas, nunca he sido romántico ni nada por el estilo, pero hay algo en ella que me impulsa a querer hacer este tipo de cosas.
Solo por ella.
He estado ahorrando durante meses, guardando cada centavo con la idea de invertirlo en algo que me diera seguridad para el futuro, en algo que me asegurara el mañana. Tenía planes, proyectos... Pero cuando pensé en ella, en lo que realmente merece, me di cuenta de que no importaba nada de eso.
Me he gastado todo lo que tenía, mi esfuerzo y mi dinero, solo para verla sonreír, solo para ver cómo empieza a volar, aunque solo sea por unos días.
No me arrepiento de nada. Porque verla feliz es todo lo que me importa. Y si eso significa sacrificar lo que había planeado para mí, lo haría una y otra vez, sin importar las veces, porque todo lo que quiero es verla volar, libre, como siempre debe ser.