Capítulo 18.
Rhett.
—¿Cuál es tu postre favorito? —Pregunta mientras se lleva un trozo del almuerzo a la boca.
Su pregunta me toma por sorpresa, y por un momento, me quedo pensando en lo que me acaba de decir.
Nunca nadie me había hecho una pregunta como esa.
Mi infancia fue todo lo contrario a la ligereza de este tipo de conversaciones.
Crecer con una madre drogadicta, sin ningún tipo de estabilidad, no deja espacio para pensar en cosas como postres favoritos.
Nadie se interesa por esos pequeños detalles cuando estás atrapado en un mundo donde todo lo que necesitas es sobrevivir.
Me toma un segundo procesar su pregunta, y aunque intento no mostrarlo, algo en mi interior se ablanda.
—Tarta de limón —digo, sin pensarlo demasiado. —Con el merengue perfectamente dorado. Siempre me ha gustado algo que combine lo ácido con lo dulce. Es... como un equilibrio.
Pero mientras la observo, no puedo evitar pensar, casi como un pensamiento impulsivo y sin filtro:
Tú. Eres mi postre favorito, pajarito.
Algo sobre su presencia me hace sentir que todo lo que pensaba que había perdido, que todo lo que no me permitía desear, está aquí, frente a mí. Pero no digo nada de esto, no quiero asustarla, ni siquiera a mí mismo.
Ella parece esperar una respuesta más elaborada, y yo... yo me siento observado de una manera diferente. De una manera que nunca me habían mirado. Nadie se había interesado por mí de esta forma. Nadie había querido saber esos detalles, ni tan siquiera los pequeños gustos o preferencias.
Simplemente, yo nunca le había interesado a nadie de esa manera.
—Me toca. Si pudieras estar en cualquier lugar en este momento, ¿dónde estarías?
—New York —responde sin dudarlo.
La miro, sorprendido por lo rápido que ha respondido. No sé qué esperaba, pero la ciudad que nunca duerme no es lo que habría imaginado.
—¿Por qué New York? —Pregunto, más por curiosidad que por otra cosa.
Ella me mira un instante, casi como si pensara en lo que va a decir.
—Es... no sé. Es el lugar donde se puede ser quien quieras ser. Nadie te juzga, todo el mundo está ocupado con lo suyo. Me gusta la idea de perderme entre las luces de la ciudad.
El silencio se extiende por un momento, pero es un silencio cómodo, uno que se siente natural entre nosotros.
—¿Y por qué no lo haces? —Pregunto, después de un rato, sin poder evitar la curiosidad.
Ella baja la mirada, y por un segundo, noto cómo una sombra pasa por su rostro.
—Porque mi padre no quiere que salga. —La respuesta me sorprende, no por lo que dice, sino por la vulnerabilidad que hay en su tono.
La miro fijamente, ya sé a qué se refiere. La respuesta de esta pregunta está en aquel documento. Pero, aún así, la escucho decirlo con su propia voz, como si fuera la primera vez.
—¿Por qué? —Le pregunto suavemente, aunque ya conozco la respuesta.
Ella suspira, como si cada palabra fuera un peso que tiene que soltar.
—Tiene miedo de que me pase algo —dice, mirando al frente, como si fuera difícil hablar de eso—. Desde que murió mi madre, él me protege mucho. No le gusta la idea de que me aleje de él. Siempre ha sido así, pero con ella… era diferente.
Su padre no solo la cuida por miedo a que le pase algo, sino porque está amenazado. Las deudas que tiene y las amenazas que lo persiguen… Todo gira alrededor de ella, su hija, la carta de su vida. Si le pasa algo, él está perdido. Ella está en peligro y no tiene ni idea.
Está una jaula dorada, y se siente el peso de la desesperación.
—Debe ser difícil… vivir con eso, ¿no? —Le digo, con la voz más suave que puedo, sabiendo que no hay nada que pueda decir para aliviar esa carga.
Ella asiente lentamente, sin decir nada más. No hace falta.
Pero en mi interior, siento un nudo. Ella no tiene idea de cuán grave es la amenaza que pesa sobre ella. La jaula que su padre ha construido alrededor de su vida no es solo por sobreprotección. Es una cuestión de supervivencia, y en este juego, Mirella es la ficha más valiosa.
Si le pasara algo... las consecuencias serían devastadoras, no solo para su padre, sino para todos los involucrados. Porque si a ella le llegara a pasar algo, yo iría a por todos y cada uno de ellos, sin dejar rastro. Nadie estaría a salvo.
Después de un momento de silencio, ella se inclina hacia adelante, tratando de aligerar el ambiente.
—Has hecho trampas —dice con una sonrisa juguetona, casi como si fuera una pequeña broma. —Me has hecho más de una pregunta seguida. Eso no se vale.
Me río suavemente, levantando las manos en señal de rendición.
—Tienes razón —admito, fingiendo arrepentimiento. —No se me da bien jugar limpio.
—Lo sé —responde, levantando una ceja y mirándome con diversión. —Pero, aún así, me parece que he ganado.
—¿Ah sí? —Sonrío. —A ver si puedo arreglar eso con una pregunta difícil.
—Tienes muchos tatuajes... ¿Hay alguno que tenga un significado especial?
Asiento lentamente, como si la pregunta me hiciera pensar. Sin embargo, no me detengo mucho tiempo en la respuesta. De repente, me levanto, con una expresión un tanto desafiante en el rostro.
—Sí, tengo uno que significa algo. —Sin decir más, me quito la camiseta con un movimiento rápido, dejando al descubierto mi espalda.
Puedo ver su reacción a través del espejo que hay enfrente de mí.
Veo cómo sus ojos recorren cada línea de mi piel.
El tatuaje a color es grande, detallado.
Un ave fénix resurge de las llamas, con tonos rojos, naranjas y dorados que parecen saltar de mi espalda.
Los detalles están perfectamente cuidados, las plumas del fénix parecen tan reales que casi puedo sentirlas.
El tatuaje cubre toda mi espalda, desde mi nuca hasta la espalda baja, cada parte del diseño está tan llena de vida como el fuego del que surge.
La observo mientras su expresión cambia, parece sorprendida, como si no supiera qué pensar.
—Este no lo habías visto, ¿eh? —Digo, burlándome ligeramente, disfrutando de la reacción que tiene.
Me encanta la mezcla de asombro y curiosidad que se refleja en su rostro.
—¿Qué significa? —Pregunta finalmente, su voz suave, pero llena de interés.
Respiro hondo antes de responder, como si esas palabras tuvieran el poder de desenterrar recuerdos que preferiría dejar en el olvido. Me giro un poco, sintiendo el peso de su mirada, y luego la miro de nuevo, con una seriedad que no suelo mostrar.
—Viví en un infierno, Mirella —respondo, mi voz grave, casi como un susurro—.
Con mi madre todo era fuego. Todo alrededor era destrucción, caos...
y me tocó sobrevivir a eso. El fuego me consumió, pero no me mató.
Cuando todo explotó, cuando no quedaba nada más que cenizas, tuve que volar.
Tuve que renacer de esas llamas, igual que el fénix.
—Este tatuaje... —continúo, casi en un susurro—... es mi forma de recordarme a mí mismo que, sin importar cuán fuerte haya sido el fuego, siempre hay una forma de salir, de resurgir.
Ella me observa en silencio por un momento, sin palabras, pero sé que algo ha cambiado en el aire entre nosotros.
Me doy la vuelta, cubriéndome con la camiseta, y respiro profundamente. El peso de lo que acabo de decir parece colgar en el ambiente, pero no quiero quedarme atrapado en esos recuerdos por más tiempo.
—Se acabaron las preguntas por hoy —digo, intentando aligerar el ambiente, como si el tema ya estuviera cerrado.
Le lanzo una mirada y ella asiente, como si fuera un alivio no tener que seguir profundizando en temas tan oscuros. Decidimos poner una película en el salón, algo que nos permita desconectar de todo.
Mientras nos acomodamos en el sofá, siento cómo ella se va quedando dormida poco a poco, su respiración se vuelve más lenta y tranquila. Yo, por mi parte, me quedo allí, observando el brillo de la pantalla antes de levantarme y dirigirme al ordenador.
Mientras tecleo, mi mente comienza a formular un plan. Mirella merece algo más que esta jaula dorada en la que se encuentra atrapada. Es hora de que tenga una oportunidad de salir, de ver el mundo más allá de los límites que su padre le impone.
Y aunque sé que debo estar atento, que debo vigilar cada paso, me prometo a mí mismo que haré lo necesario para darle una pequeña porción de libertad. Porque se lo merece.
Merece eso, y mucho más.