Capítulo 17. #2
—Zayden me encontró a tiempo. Me ayudó a salir de la depresión en la que estaba. No fue fácil, pero no se rindió conmigo. Me mostró que había otras formas de seguir adelante. Después, me ofreció trabajo en su empresa, y aquí sigo.
—Lo siento mucho, cielo —susurro, porque no hay palabras que puedan aliviar todo lo que ha vivido, pero quiero que sepa que lo siento.
Él asiente, con una pequeña sonrisa triste en los labios.
—Yo quise ayudarla, pero no me dejaba —murmura, refiriéndose a su madre.
—No es tu culpa, Rhett. No tienes que cargar con todo eso.
—Lo sé, pajarito... pero eso no significa que duela menos.
—Lo sé.
Por un momento, solo nos miramos. Hay algo en su expresión que parece dudar, pero al final suelta un suspiro y dice:
—Por eso soy tan controlador.
Frunzo el ceño, sin entender del todo.
—Pasé tantos años sin poder controlar nada en mi vida... que ahora siento que, si no lo hago, todo puede volver a derrumbarse. Y siento serlo contigo, de verdad.
Su sinceridad me desarma. Nunca lo había escuchado hablar así, tan vulnerable, tan honesto. Y sé que esto no es fácil para él.
—¿Qué me has hecho, pajarito? —Pregunta con una mezcla de incredulidad y frustración, sus ojos están llenos de una emoción que apenas puede ocultar—. Cuando me alejé de mi madre, me juré a mí mismo no volver a sentir nada por ninguna mujer... Y mírame ahora. Me pones de los nervios.
—Pues tú también me sacas de quicio, ¿sabes? —Le digo con una sonrisa divertida, cruzando los brazos—. No soy la única que está perdiendo la paciencia aquí, Rhett.
Él me mira, un poco sorprendido por mi reacción, pero una ligera sonrisa se asoma en su rostro. Es la primera vez que lo veo así, un poco más relajado, como si la tensión entre nosotros se hubiera disipado, aunque solo sea un poco.
Él me observa durante un momento, y por primera vez en mucho tiempo, siento que la tensión se disuelve. Un pequeño destello de diversión aparece en sus ojos, y no puedo evitar sonreír al ver lo vulnerable que parece en este instante.
—Seguro que vamos a volver a discutir —dice él, con una sonrisa ladeada—. Es inevitable, ¿no?
—Probablemente —respondo riendo—. Somos un desastre, lo sabes, ¿verdad?
Él suelta una risa suave, y la atmósfera se siente un poco más ligera, más cómoda. Pero entonces, su expresión cambia ligeramente, como si estuviera pensando en algo más serio. Se acerca a mí, y por un momento, el aire entre nosotros parece volverse más denso, más cargado.
—Tengo una nueva regla —me dice en voz baja, sus ojos fijos en los míos, como si estuviera esperando mi reacción.
—¿Una nueva regla? —Pregunto, confundida, mientras lo miro de arriba a abajo—. ¿Y cuál es esa regla, exactamente?
Él se acerca más, su cuerpo ahora casi pegado al mío, y me mira fijamente a los ojos. No puedo evitar notar cómo su presencia me envuelve, cómo su cercanía me hace sentir ese calor inexplicable.
—Cada vez que peleemos... —comienza a decir, y puedo ver la intensidad en su mirada—... terminaremos igual que anoche.
Mis ojos se abren de sorpresa, y una risa nerviosa se escapa de mis labios antes de que pueda detenerla. No puedo evitarlo, las palabras de Rhett me toman por sorpresa, y por un momento, no sé si debería estar riendo o avergonzada.
—¿Qué? —Pregunto, alzando una ceja y con una sonrisa juguetona—. ¿Es esa tu solución a nuestros problemas? ¿Pelear y luego... ya sabes?
Él sonríe con suficiencia, un brillo travieso en sus ojos.
—Sí —responde con una sonrisa de satisfacción—. Si vamos a discutir, al menos que valga la pena. ¿Qué opinas, pajarito?
Me quedo en silencio un momento, tratando de procesar lo que acaba de decir.
Pero la verdad es que, aunque suene absurdo, algo en mí no puede evitar sentir una chispa de emoción ante su propuesta.
No sé si es porque aún estamos lidiando con lo que pasó la noche anterior o si simplemente la idea de estar tan cerca de él me hace sentir... algo más.
—Eres imposible —le digo, sacudiendo la cabeza, pero una sonrisa sigue jugando en mis labios.
Pero, de repente, algo en su mirada cambia. La chispa juguetona se apaga, y sus ojos se tornan más serios, más intensos. La sonrisa que antes tenía en el rostro se desvanece, y el aire entre nosotros se carga con una tensión que no puedo ignorar.
—Lo que te dije anoche... —su voz, ahora grave, resuena en el aire de una manera distinta, más profunda—. Iba en serio.
Mis ojos se abren un poco más, mi pecho se aprieta, y el silencio se hace pesado entre nosotros. No sé qué hacer, no sé qué decir. Las palabras se me escapan, pero no puedo apartar la mirada.
Él no se mueve, permanece tan cerca que siento su calor, tan cercano que sus palabras se vuelven una especie de promesa. La seguridad que desprende me quema.
—Pensé que lo dijiste por el momento... —susurro, tratando de defenderme de alguna forma, aunque mis palabras se me quedan cortas ante lo que siento.
—No —responde, con esa voz profunda que me hace temblar ligeramente—. No fue por el momento. Eres mía, pajarito y de nadie más. ¿Entendido? Ya no hay vuelta atrás.
Lo miro, con una sonrisa divertida, intentando quitarle peso a la situación, aunque mi corazón late más rápido con cada palabra que dice. No sé si lo estoy desafiando o buscando una excusa para seguir jugando con él.
—¿Me estás controlando, Rhett O´Connor? —Pregunto en tono de broma, arqueando una ceja mientras lo miro directamente a los ojos.
Él sonríe, pero no es una sonrisa cualquiera. Es una sonrisa llena de seguridad, de un poder silencioso que me hace sentir como si no tuviera escapatoria, y eso, de alguna manera, me excita más de lo que debería.
—No es cuestión de controlarte, pajarito —dice con voz grave, casi como una promesa, acercándose más a mí—. Es que tú eres mía, y yo soy tuyo. Ya no hay vuelta atrás. No importa lo que pase, esto es definitivo.
Sin más, sus labios se encuentran con los míos en un beso lleno de urgencia, de promesas calladas.
Sus manos se deslizan con firmeza, y antes de que pueda reaccionar, se coloca encima de mí, haciendo que el mundo a nuestro alrededor desaparezca por completo.
No importa lo que haya dicho antes, no importa el miedo o las dudas que pueda tener. Él tiene razón. No hay vuelta atrás.
Y con un suave y decidido movimiento, el beso se intensifica, marcando el inicio de algo que no puedo ni quiero detener.