Capítulo 17.
Mirella.
Huele a creps con Nutella.
Abro los ojos poco a poco y ahí está él. Está tumbado al otro lado de la cama, con un bóxer puesto sin nada más y en medio de los dos hay creps con mucha Nutella y dos zumos de naranja.
—Buenos días —digo mientras me incorporo en la cama disimulando el dolor que siento entre mis piernas, pero por la forma en que me sonríe me dice que se ha dado cuenta.
Es una sonrisa arrogante y con razón, porque no es normal lo que este hombre tiene entre las piernas, la tiene larga y grande.
—Buenos días —responde mientras me mira directamente a los ojos y siento cómo mis mejillas arden al recordar todo lo que pasó anoche.
Eres mía, pajarito.
Él suelta una risa ronca y con toda la vergüenza del mundo bebo un poco de zumo, evitando su mirada.
Mírate, estás corriéndote encima de mí, pero ahora me toca a mí.
Más fuerte, Rhett.
Me rasco la nuca, no sé qué hacer ni que decir. ¿Qué debería decir cuando he pasado la noche con el tipo al que supuestamente detesto pero que hizo que me corriera anoche dos veces?
Él, en cambio, parece perfectamente cómodo. Se recuesta sobre un codo, me observa con esa expresión de satisfacción en el rostro y toma un trozo de crep con los dedos, sumergiéndolo en Nutella antes de llevárselo a la boca.
—¿No quieres? Sé que es tu postre favorito. —Dice con una media sonrisa.
Mis ojos se desvían hacia los creps y mi estómago traiciona mi orgullo con un leve gruñido. Estoy hambrienta, pero algo en la forma en la que me mira, con esa arrogancia descarada, me hace dudar. Como si supiera que estoy nerviosa. Como si estuviera disfrutando de mi incomodidad.
Aún así, alargo la mano y tomo un trozo, llevándolo a mi boca. Sabe dulce, suave, perfecto. Cierro los ojos un segundo, disfrutándolo.
—Dios… —susurro sin pensar.
Cuando los abro de nuevo, lo encuentro observándome con intensidad. Su sonrisa ha cambiado. Ya no es solo arrogante. Es algo más. Algo peligroso.
—Me encanta ver cómo disfrutas de lo que te gusta.
Trago con dificultad porque no sé si se refiere a los creps o a lo que pasó anoche.
Él se incorpora un poco y se acerca, su rostro demasiado cerca del mío.
—Anoche te gustó, ¿verdad? —Susurra contra mi piel.
Mi cuerpo se tensa. No necesito mirarme al espejo para saber que mis mejillas están más enrojecidas que antes.
—Cállate, Rhett —murmuro, intentando sonar firme.
Pero él solo suelta una risa baja, profunda.
—Lo haré. Pero solo si admites que te encantó.
Me niego a darle esa satisfacción. Así que, en lugar de responder, tomo otro trozo de crep y me concentro en la comida. O al menos, trato de hacerlo, porque sé que él sigue ahí, mirándome.
Y sé que, aunque no lo diga en voz alta, sabe perfectamente cuál es la respuesta.
—No sé de qué hablas —digo bajando la mirada y cogiendo mi vaso de zumo, para acercármelo a la boca. —No fue tan impresionante.
—¿Ah, no? —Dice él, acercándose un poco más mientras yo bebo un poco de zumo, su tono lleno de desafío. —Entonces, ¿por qué hice que te corrieras ayer dos veces, eh?
Toso al notar cómo el zumo se queda atorado en mi garganta, sintiendo una pequeña punzada de incomodidad. Instintivamente, dejo el vaso en la mesa y trato de tomar aire, pero no puedo evitar que una risa nerviosa se escape de mis labios mientras lo miro.
—¿Te encuentras bien? —Pregunta con una sonrisa burlona, acercándose a mí. Antes de que pueda responder, pone una mano suavemente entre mis omóplatos y empieza a darme unos ligeros golpecitos en la espalda.
Siento la calidez de su contacto, lo que me desconcierta aún más. No sé si es la cercanía o la manera en que me está ayudando, pero el ambiente parece cambiar. Me siento expuesta, vulnerable de alguna manera.
—Gracias… —respondo, mirando hacia abajo, tratando de esconder el rubor que comienza a recorrer mis mejillas.
Él se detiene un momento, observándome de manera más intensa. Sus ojos se posan en mí, y aunque parece querer seguir con la burla, algo en su mirada se suaviza.
—De nada —dice, con un tono más bajo, como si realmente estuviera preocupado. Luego, con un leve movimiento, se aleja un poco, dejando el espacio justo entre nosotros.
Antes de que pueda procesarlo, me sorprende con un beso corto en los labios. Mi mente se queda en blanco por un segundo, incapaz de reaccionar. Es tan rápido, tan inesperado, que ni siquiera tengo tiempo de apartarme. Cuando finalmente se separa, una risa burlona escapa de sus labios.
—No esperaba eso —murmuro, aún un poco aturdida.
Él sonríe de manera provocadora, como si le divirtiera mi sorpresa, y se recuesta en la cama, apoyando el peso de su cuerpo en su codo. Su pierna derecha está doblada hacia arriba, la otra estirada. Su torso se inclina ligeramente hacia el frente y, sin querer, mis ojos bajan hacia sus antebrazos.
Tiene los antebrazos llenos de cicatrices.
Una punzada de incomodidad me recorre, y algo en mi pecho se aprieta al reconocerlas. Sé perfectamente de qué son, porque mi madre también se hacía lo mismo, se autolesionaba. Y cuando le hacía una herida más profunda de la cuenta, era yo quien tenía que cerrársela.
Sigo mirando, congelada, incapaz de apartar la vista, pero en el momento en que mis ojos se enfocan más en las marcas, Rhett parece darse cuenta de lo que estoy haciendo.
De un rápido movimiento, su brazo se cubre con el otro, ocultando las cicatrices con una especie de urgencia silenciosa.
Como si intentara proteger algo que no quiere que vea.
Un nudo se forma en mi garganta, y una sensación incómoda me embarga, no por lo que he visto, sino por cómo él reacciona. No tengo palabras. La atmósfera entre nosotros cambia, se vuelve tensa, como si de alguna manera hubiera tocado algo que no debería.
Mi mirada se encuentra con la suya, y por un momento, ninguno de los dos dice nada. Solo el silencio entre nosotros, pesado e incómodo.
—No me mires así —dice él, con la voz rasposa, como si intentara controlar algo que se le escapa.
—¿Has vuelto a... hacer eso? —Pregunto, sin saber si realmente debería estar preguntando. Mi voz suena más suave de lo que quería, casi como si me arrepintiera en cuanto las palabras salen de mi boca.
Rhett baja la mirada, su expresión cambia, y por un momento parece que quiere alejarse del tema. Pero, finalmente, suspira y responde en voz baja.
—No, no he vuelto a hacerlo —sus palabras son claras, pero sus ojos parecen evitar los míos—. Llevo años sin hacer eso. Eso quedó atrás... junto con mi madre.
Me quedo callada un momento, observando cómo su cuerpo se tensa, cómo sus palabras, aunque firmes, parecen contener algo más. No quiero hacerle sentir que está obligado a decir más, así que suspiro y le digo suavemente:
—Si no quieres hablar más de esto, no tienes que hacerlo.
Pero él me mira, y algo en sus ojos cambia. Como si, por fin, sintiera que ya no tiene que esconderse. Como si después de lo que yo le conté la noche anterior, pudiera hacer lo mismo.
—No... está bien —dice, su voz ahora algo más baja—. Puedo contártelo, si de verdad quieres saberlo. Pero... lo hago porque tú lo hiciste. Porque anoche, me abriste una puerta y me dejaste ver un pedazo de ti. Ahora es justo que yo haga lo mismo.
Un nudo se forma en mi garganta. No lo esperaba, pero algo en su mirada me dice que, en este momento, la conexión que compartimos ha cambiado. He visto lo suficiente en él como para saber que hablar de lo que está a punto de contarme no será fácil.
Rhett se acomoda, se toma un momento antes de hablar, y cuando lo hace, sus palabras son más pesadas que el aire que nos rodea.
—Mi madre... era un caos. Vivir con ella era un infierno.
Las peleas, las drogas, los gritos. Todo eso, todos los días.
Yo era un niño, pero viví todo eso como si fuera un adulto.
Y cuando no podía más... cuando el dolor dentro de mí era tan grande, lo único que podía hacer para desconectarme era... hacerme daño.
Mis ojos se quedan fijos en él, mi corazón acelerado. Sé lo que es sentir un dolor tan profundo que parece que no hay otra forma de escapar de él. Mis manos se aprietan sobre mis piernas, pero no lo interrumpo. Lo escucho, y mi corazón se va abriendo un poco más por él.
—No es que quisiera hacerlo... Pero necesitaba una forma de sentir que podía controlar algo, aunque fuera el dolor. Y eso... me ayudaba, de alguna manera.
Él toma un respiro, como si esas palabras le costaran, pero sigue hablando:
—La razón por la que no me fui de allí...
es porque no tenía a dónde ir. Mi madre me robaba mis ahorros, los gastaba en drogas...
y yo... no tenía nada. No tenía a nadie.
Así que un día, solo cogí una mochila con algo de ropa y me fui.
No sabía a dónde iba, pero ese día me fui a trabajar, y luego, sin pensarlo, fui directo al aeropuerto.
Cogí el primer vuelo que encontré, a Sídney.
Lo escucho con atención, con el corazón apretado. Sé que lo que sigue no será fácil, pero él sigue, aunque su voz está más quebrada ahora:
—Cuando llegué aquí, no sabía qué hacer. Estaba perdido. No tenía dinero, ni lugar donde quedarme. Anduve por las calles, hasta que llegué a un puente. Estaba... ya no quería seguir viviendo. Estaba tan cansado, tan vacío. Y me solté... quería acabar con todo.
Mi respiración se corta, y siento una oleada de dolor en el pecho por lo que me está diciendo. Pero Rhett no se detiene.
—Y de repente alguien me agarró. Me sujetó de la mochila, me tiró al suelo y me salvó la vida. Ese alguien fue Zayden.
—Zayden... —digo, reconociendo el nombre.
—Sí... estuvimos hablando, y no sé por qué, pero le conté todo. No lo conocía, pero no me juzgó. Al contrario, me acogió en su casa. Pero incluso después de eso... no mejoré de inmediato. Me hundí más. Una noche, cuando pensé que ya no tenía fuerzas, intenté quitarme la vida otra vez.
El nudo en mi garganta se aprieta más.