Capítulo 16.
Rhett.
Mirella entra en la cocina y lo primero que noto es que ha llorado, porque tiene los ojos rojos e hinchados, lo segundo es que está enfadada conmigo por la forma en que me mira.
—Pajar...—corto cuando me lanza una mirada fulminante. —Mirella.
Ella no dice nada, coje el jarrón de agua y se echa un poco en un vaso, para luego guardar el jarrón de vuelta al frigorífico, coje su vaso e intenta dar un paso para salir de la cocina, pero se lo impido poniéndome enfrente de ella.
—¿Podemos hablar?
—¿Para qué? ¿Para qué me obligues a contarte algo que no quiero?
—Las reglas las pusiste tú, no yo.
—Rompo el trato.
—¿Qué?
—Que se acabó el intentar llevarnos bien.
—Y una mierda. Si quieres, cambia las reglas, pero no vas a romper el trato.
—¿Por qué? ¿Por qué lo dices tú?
—Sí, porque lo digo yo.
Deja el vaso en la encimera.
—Eres un puto controlador, Rhett. No todo el mundo gira a tu alrededor.
—¿Y tú? ¿Eres una cría caprichosa que cree que puede ir por ahí diciendo una cosa y haciendo otra? —Ladro, dando un paso hacia ella.
—¡No me hables así! —Gruñe, acercándose también, hasta que casi estamos pegados—. ¡Tú no eres nadie para decirme qué hacer!
—No me mientas, entonces —espeto, con la mandíbula tensa—. ¿No era esa tu gran regla, Mirella?
—¡Vete a la mierda! —Me señala con un dedo, pero antes de que pueda seguir, le agarro la muñeca con firmeza.
—No me apuntes con el dedo —gruño.
Con furia, levanta la otra mano y me vuelve a señalar, su boca a punto de soltar otra maldición.
Pero esta vez también se la agarro, cruzando sus brazos frente a ella y girándola, atrapándola de espaldas a mí.
Su espalda choca contra mi pecho, y el contacto me golpea como un maldito choque eléctrico.
Ella se tensa, pero sigue forcejeando.
—¡Suéltame!
—¿De verdad quieres que lo haga? —Susurro en su oído, presionando su espalda más contra mí. Su respiración se vuelve errática.
—Sí —su voz es más débil, más baja, pero sigue teniendo ese tono desafiante—. No puedes controlarme.
Sonrío contra su cabello, respirando su perfume.
—Y tú no puedes provocarme sin consecuencias, pajarito.
Ella intenta zafarse, pero la sujeto con más fuerza, sin hacerle daño, solo asegurándome de que no se mueva.
Su lucha solo provoca que nuestros cuerpos queden aún más pegados.
Puedo sentir el calor de su piel a través de la ropa.
Sus curvas encajan a la perfección contra mí, y eso hace que mi autocontrol se tambalee.
Distancia, Rhett. Distancia.
—Y tú que no deberías controlarme, cielo. —Su voz es desafiante, cargada de rabia y algo más que no quiero nombrar.
—Yo no tengo nada de cielo. Me parezco más al infierno y cuidado con lo que haces, o terminarás quemándote.
—¿Quemarme? —Susurra, alzando la barbilla con desafío—. ¿Y si quiero jugar con fuego?
Mi agarre en sus muñecas se tensa. No debería afectarme, pero lo hace. No debería mirarla a los labios, pero lo hago.
—Para. —Mi voz sale más ronca de lo que me gustaría.
Sus ojos brillan con una mezcla de reto y algo más. Algo que no quiero nombrar.
—¿Por qué?
Aprieto la mandíbula.
—Porque entre nosotros no puede pasar nada.
Se queda en silencio unos segundos, lo suficiente para que mi autocontrol empiece a tambalearse.
—Díselo a tu cuerpo. —Susurra.
Joder.
Mi polla está contra su culo y la tengo dura, muy dura.
Aprieto los dientes, luchando contra el impulso de moverme, de presionarme más contra ella.
—Mirella... —mi tono es una advertencia.
—¿Qué? ¿No puedes controlarte? —Su voz es puro veneno envuelto en seda.
Mis dedos se clavan en su piel, aún sujetándola contra mí. Su cuerpo encaja demasiado bien con el mío, como si estuviera hecha para tentarme, para poner a prueba mi jodida paciencia.
—Para. —Repito, esta vez con más firmeza.
Ella ladea la cabeza apenas unos centímetros, lo justo para que su aliento roce mi mandíbula.
—Dímelo mirándome a los ojos.
Sus palabras son un maldito desafío, uno que no debería aceptar. Pero ya no estoy pensando, ya no estoy midiendo las consecuencias. Solo siento su cuerpo pegado al mío, su aliento caliente contra mi piel, la manera en que me tienta sin siquiera darse cuenta.
—Joder, Mirella… —gruño, soltando una de sus muñecas solo para hundir los dedos en su cabello y tirar de su cabeza hacia atrás.
Ella jadea, con los labios entreabiertos y la mirada encendida. Y ahí pierdo lo poco que me queda de control.
A la mierda la distancia.
Mis labios caen sobre los suyos con una mezcla de rabia y deseo, besándola con furia, con hambre. Ella gime contra mi boca, retorciéndose entre mis brazos, pero no para alejarse, sino para pegarse más a mí. Su lengua busca la mía y eso solo me incita a más.
Sin pensarlo, le suelto la otra muñeca, le doy la vuelta y la levanto con facilidad, sus piernas se enredan alrededor de mi cintura mientras la coloco sobre la encimera.
Mis manos recorren su cuerpo con desesperación, deslizando los dedos por sus muslos desnudos, sintiendo el calor que emana de ella.
La línea entre el odio y otra cosa es muy fina.
Entonces, de repente, detengo el beso y apoyo mi frente en la suya.
—Esto no debería estar pasando. —Digo, con la respiración agitada.
Ella asiente, mordiéndose el labio.
—Lo sé.
Pero ninguno de los dos se aleja.
Nuestros labios vuelven a encontrarse, esta vez con más hambre, más necesidad.
Sus dedos se deslizan por mi nuca, aferrándose a mí como si no quisiera soltarme nunca.
Y yo la alzo de nuevo en mis brazos, llevándola fuera de la cocina, con la determinación de un hombre que ha perdido la batalla contra su propio deseo.
Sabe demasiado bien, quiero probar cada rincón de ella sin dejarme nada.
Cuando llegamos a su habitación la dejo con cuidado sobre la cama sin separarme de ella, colocándome encima suya.
No debería disfrutar de ella como lo estoy haciendo, porque no me siento igual que con Martha o con otras mujeres con las que he estado, no.
Esto se siente mejor, se siente como si quisiera quedarme aquí con ella, para siempre.
—¿Qué me estás haciendo, pajarito? —Susurro contra sus labios, bajando lentamente hasta su cuello.
Ella no dice nada, solo jadea y empiezo a bajar por su cuerpo.
—Rhett —gime mi nombre y yo sonrío contra su abdomen mientras levanto su camiseta con los dientes, hasta llegar a ella para darle un corto beso en los labios. —Soy virgen.
Suelta y yo me congelo, me detengo en seco mirándola a los ojos. Siento su cuerpo bajo el mío, su respiración acelerada, la necesidad en sus ojos. Pero también veo algo más: vulnerabilidad. Espera mi reacción, esperando que me aleje o que haga algo que la haga arrepentirse de habérmelo dicho.
Pero no lo haré, no me echaré atrás, a menos que ella quiera.
Cierro los ojos un momento, tratando de calmar el ardor en mi sangre. Inspiro hondo y me esfuerzo por recuperar el control. No puedo ser el mismo Rhett que siempre ha sido salvaje, rudo y demandante en la cama. No con ella.
Abro los ojos y mis dedos recorren su rostro con una ternura que no suelo permitirme.
—Podemos parar —susurro contra su boca, mis labios apenas rozándola—. Si no estás lista, dímelo ahora y lo dejamos aquí.
Ella no responde de inmediato, pero su mano se desliza por mi nuca y me atrae hacia ella. Sus labios buscan los míos con una suavidad que me desarma y su cuerpo se arquea bajo el mío, dándome la respuesta que necesito.
Asiento y la beso con una intensidad diferente. Más lenta, más profunda. Con paciencia.
Me separo de sus labios y le quito la camiseta dejando al aire sus pechos, pequeños y firmes, inclino mi cabeza y vuelvo a su boca, besándola mientras atrapo un pecho en mi mano para masajearlo para luego bajar mi boca y saborearlo, mientras mi lengua juega con su pezón endurecido y hago lo mismo con el otro.
Vuelvo a su boca acariciando su cuerpo, mi mano baja por su abdomen hasta meter mi mano por su tanga, acariciando sus pliegues, están húmedos y me empapa los dedos.
—Antes de continuar, quiero que entiendas una cosa —digo abriendo sus pliegues —no quiero que ningún otro hombre te toque como yo lo estoy haciendo ahora, ¿porque sabes lo que significa esto?
Ella niega con la cabeza.
—Significa que —introduzco un dedo en su interior con cuidado —. Eres mía, pajarito. Solo mía y nadie más. ¿Entendido? —Asiente— Dímelo.
—Soy tuya —dice entre jadeos.
—Eso es, eres mía.
Me deshago de su pantalón corto del pijama junto con su tanga y hago lo mismo con mis pantalones y mi bóxer, me coloco entre sus piernas y ella desliza mi camiseta poco a poco para quitármela, dudo un segundo, pero después lo hago, me la quito.
Cosa que nunca hago cuando voy a hacerlo, si dejo que me levanten la camiseta, pero no quitármelo del todo porque no quiero que me vean mis antebrazos.
Coloco mis antebrazos en el colchón rápidamente, mientras mi polla está en su entrada, lista para reclamarla.
—¿Estás segura?
—Sí.
Empiezo a introducirme dentro de ella con cuidado, notando cómo su cuerpo se tensa y sus uñas se clavan en mi espalda. Me detengo y le doy un corto beso en los labios.
—Me duele.
—Tranquila. Estoy aquí, pajarito. —Le doy besos en la clavícula, en el hombro, en la mejilla—. No hay prisa.
Sigo dándole besos esperando a que su cuerpo se relaje para continuar, espero pacientemente que su cuerpo se amolde a mí y cuando siento su cuerpo relajarse y sus caderas moviéndose, pierdo la cabeza y termino por adentrarme en ella.
La siento a la perfección, su interior me aprieta y yo solo puedo gemir su nombre de placer al notarla tan estrecha para mí.
Empiezo a moverme dentro de ella y gruño mientras entierro mi cara en su cuello, es una delicia estar en su interior. Mis embestidas se vuelven más profundas, más intensas, pero manteniendo el control.
Me doy la vuelta haciendo que ella quede encima de mí, aunque no sé por qué lo hago. Siempre soy yo quien controla, pero ahora siento como si fuera al revés. Es como si se colara en mi mente y me dijera lo que hacer y yo le obedeciera sin rechistar.
Ella se queda quieta, mirándome desde arriba sin hacer nada.
—No sé cómo hacerlo.
La agarro de la cintura con un brazo para incorporarme en la cama, tengo la espalda pegada al cabecero y con la otra mano le sujeto del cuello para atraerla hacia mí.
—Yo te ayudo. —Digo antes de devorar su boca.
La ayudo a moverse, guiando sus caderas con mi brazo mientras que mi otra mano baja hasta su clítoris y empiezo a acariciarlo. Lo acaricio con lentitud, con el mismo ritmo que ella se mueve sobre mí, pero no tardo en acelerar mis caricias y ella hace lo mismo, se mueve a la paz que mis dedos.
—Me estas volviendo loco. —Jadeo contra su cuello mientras ella me rodea con sus brazos y se mueve cada vez más rápido.
Intento concentrarme para no correrme dentro de ella y doy gracias porque su cuerpo empieza a temblar y acelero mi ritmo en su clítoris, provocando que su cuerpo se arquee; una sacudida de placer le recorra mientras gime mi nombre y se termine desplomando en mi cuerpo.
—Que bien lo has hecho, pajarito. —Acaricio su espalda mientras noto cómo su interior me aprieta. — Mírate, estás corriéndote encima de mí, pero ahora me toca a mí.
La sujeto poniéndome de rodillas en la cama para luego dejarla caer hacia atrás, con nuestros cuerpos en la parte de los pies de la cama, me apoyo en el colchón y empiezo a embestirla con ganas, pero con cuidado.
—Más fuerte, Rhett. —Jadea y yo pierdo el control.
Mis embestidas se vuelven más profundas, más intensas, más desesperadas.
Me hundo en ella con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo me envuelve, caliente y húmedo, apretándome con cada movimiento.
No aparto mis ojos de los suyos, buscando cualquier señal que me haga parar, pero lo único que encuentro es deseo.
Sus uñas se clavan en mi espalda, sus piernas me rodean con fuerza, empujándome aún más dentro, como si quisiera fundirse conmigo.
El calor en mi abdomen es insoportable, un fuego que me consume desde dentro.
Necesito más. Agarro una de sus piernas y la coloco sobre mi hombro, haciéndola gemir con fuerza al sentir cómo la lleno aún más.
Mi ritmo se vuelve frenético, nuestros cuerpos chocan sin control, el sonido húmedo y sucio de mis embestidas se mezcla con sus jadeos ahogados y mi respiración entrecortada.
Siento cómo su cuerpo empieza a temblar de nuevo.
Su espalda se arquea, su boca se abre en un gemido ahogado y su interior me atrapa con más fuerza.
Un escalofrío la recorre de pies a cabeza mientras su orgasmo la sacude por segunda vez, temblando bajo mi cuerpo mientras grita mi nombre.
Esa sensación de que se aprieta aún más a mi alrededor me enloquece.
Ya no aguanto más.
Mis embestidas se vuelven torpes, erráticas, salvajes. Un gruñido ronco escapa de mi garganta mientras me hundo en ella una última vez antes de salirme justo a tiempo, corriéndome en su abdomen, jadeando, con el cuerpo aún tenso por el placer.
Me dejo caer encima de ella sin aplastarla mientras me recupero, le paso la lengua por su cuello hasta subir a sus labios para besarla como antes, con ganas, pero sin furia.
Cuando recupero un poco de aire, la sujeto y le coloco la cabeza en su almohada mientras yo la abrazo por detrás.
—Ha sido increíble. —Deslizo mis labios por su cuello hasta llegar a su oído. —Hoy lo hice con cuidado, pajarito. Pero la próxima vez, será a mi manera.
No dice nada, solo sonríe y se queda dormida, me quedo observándola, abrazándola mientras siento cómo Mirella Morgan está empezando a romper esa parte de mí.
La parte en la que me juré no volver a sentir nada por nadie, la que me hizo convertirme en un hijo de puta, no sé cuándo ha pasado, ni cómo, pero empiezo a querer mejorar para no hacerle daño.
Porque de todas las personas que hay en este mundo, a ella es la única a la que no quiero hacerle daño.