Capítulo 15.
Mirella.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz de ahí? —Casi roza mi frente con sus dedos.
—Es la razón por la que tú estás aquí.
—¿Me estás echando las culpas?
—Claro que no, cielo.
Llevo una semana poniéndole apodos para ver cual le molesta más, si él me llama pajarito sabiendo que lo odio, ¿porque no puedo llamarle yo de una manera que le moleste a él? Le había dicho de todo y nada, era como un robot, sin sentimientos ni reacciones. Hasta ahora.
—No me llames así.
—Vale, cielo.
—Mirella.
—Rhett —le miro con una mirada desafiante. —He tardado una semana, pero ya lo tengo, te llamaré cielo.
—Ni se te ocurra.
—Entonces deja de llamarme pajarito.
—No has contestado a mi pregunta. —Cambia de tema.
—Estaba sola en casa y un tipo entró, no sé qué quería, salí corriendo y me caí por las escaleras y eso causó que mi mano se rompiera. Cuando llegue al suelo ese tipo cogió un jarrón y me tiró a la cabeza causando que me desmayara y—señalo mi cicatriz— esto.
Los ojos de Rhett se oscurecen por un momento y cuando parpadea vuelven a ser los de antes, aunque noto algo de tensión en él.
—Me toca —digo para intentar relajar el ambiente. —¿Alguna vez has rogado para que te quieran?
No sé porque he hecho una pregunta tan personal, pero me ha salido sola.
—Yo nunca ruego, y menos por amor.
No he conseguido relajar el ambiente, normal, con esa pregunta. Pero tampoco se va, desde que pasó eso en la discoteca con Ithan no se ha separado de mí y no sé qué le pasa, porque cuando pusimos nuestro segundo trato él se relajó, lo noté.
No me controlaba y yo lo agradecía, pero ha vuelto a ser el de antes cambiando que no se haya echado para atrás en intentar llevarnos bien, pero, ya hemos tenido un par de tontas discusiones por su control.
Estoy en casa, aquí no me va a pasar nada. O no debería.
—Me toca, ¿porque sabes coser tan bien las heridas? —Pregunta dejándose caer en el sofá del jardín cruzándose de brazos.
Trago saliva.
Despierta cariño, tienes que ayudarme.
—Quería ser enfermera o veterinaria —bajo la mirada. —Así que mi madre me compró un kit para que fuera practicando.
—Mientes.
—No lo he hecho.
—Sí, cuando mientes bajas la mirada. Esas son tus reglas, no mías. Así que dime Mirella, sin mentirme.
Maldita regla.
—Cuando nací mi madre tuvo depresión, había tiempos en los que estaba mejor y otros en los que estaba peor, pasó así muchos años.
Mi padre viajaba por trabajo, y yo me quedaba en casa con ella.
—Hago una pausa sintiendo como me tiemblan las manos.
—Se autolesionaba y cuando se hacía una herida más profunda de la cuenta yo le cerraba la herida.
Lo del kit es verdad, mi madre me lo compró para que cuando algo le pasará yo le cuidara, no quería ir al médico porque sabía que llamarían a mi padre y la ingresaría en un centro y yo era muy pequeña para entender lo que pasaba con ella.
¿Contento? —Pregunto con los ojos llenos de lágrimas.
Rhett traga saliva y niega con la cabeza.
—Bien, se terminó la ronda por hoy.
En ese momento me levanto; una lágrima resbala por mi mejilla mientras camino hacia mi cuarto, donde me encierro y lloro hasta quedarme dormida.
Mamá está en la ducha y me siento en el sofá con su película favorita puesta en pausa esperando a que salga.
Decido distraerme con el móvil hasta que salga, pero ya hacía mucho rato que estaba dentro y me levanto para ver cuánto le queda, pero cuando llego al pasillo veo como sale agua por debajo de la puerta.
Llamo a la puerta.
—Mamá, ¿te queda mucho?
No responde y yo vuelvo a llamar a la puerta.
—Mamá.
Empiezo a preocuparme ya que últimamente la veo un poco triste, por eso he puesto su película favorita, para animarla un poco.
Empiezo a girar el pomo.
—O sales ya o empezaré a ver la peli sin ti. —Digo abriendo la puerta mientras suelto una risa.
Pero en cuanto la veo la risa desaparece, la veo tumbada en la bañera, pero no está bien, tiene los ojos cerrados y el agua no tiene su color habitual.
El agua está de color rojo.
—Mamá...
Intento sacarla del agua, pero se me resbala de las manos y lo intento de nuevo, una y otra vez. Así hasta que, por fin, consigo sacarla de la bañera.
—Te vas a poner bien, mamá. —Digo mientras las lágrimas caen, una tras otra.
Alargo el brazo y cojo el kit que tengo guardado debajo del cajón de las toallas, la abro y lo preparo para poder curarla, pero la herida es muy grande.
No sé porque lo hago, pero le tomo el pulso.
No tiene.
Mamá no tiene pulso.
—No,no,no. Por favor, mamá. —Lloro desconsolada mientras la abrazo.
Me despierto sobresaltada y empapada en sudor.
Mi respiración está descontrolada y abro el cajón para coger una pastilla para la ansiedad, me tumbo de nuevo y miro el techo, concentrándome en mi respiración.
Inhala, exhala.
Otra vez.
Y así varios minutos hasta que por fin puedo controlar mi respiración, salgo de la cama y voy a la cocina a por un poco de agua, pero cuando llego él está allí.