UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 12.
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Capítulo 12.

Rhett.

¿Que acabo de hacer? Joder, se me ha ido la puta cabeza al verla con ese bikini. Me ha nublado la vista y mi polla ha poseído mi cerebro y ha actuado por mí.

Eso no puede volver a ocurrir, necesito mantener las distancias con ella.

Porque no la odio, pero tampoco la soporto. Nos llevamos mal desde el principio. Pero ahora… ahora hay algo más. Algo que no debería estar ahí. Algo que me atrae como un puto imán y que me está sacando más de quicio que todas nuestras discusiones juntas.

Me tumbo en la bañera mientras el agua fría cae sobre mi piel, pero no sirve de nada. Nada calma este maldito ardor que me está consumiendo desde que la tuve atrapada contra el borde de la piscina.

Mi mandíbula se tensa.

Su puto carácter, su boca afilada, la manera en la que me mira como si me odiara... todo en ella me saca de quicio.

Pero también me pone.

Me paso una mano por la cara con frustración, pero es inútil. Estoy demasiado duro, demasiado jodido.

Mi mano baja hasta mi erección, buscando aliviar este maldito deseo que no debería estar sintiendo. Aprieto los dientes mientras empiezo a masturbarme con fuerza, con rabia, intentando sacármela de la cabeza.

Pero en el momento en que estoy a punto de correrme, la veo.

Mierda.

Veo su cuerpo pegado al mío, su piel caliente contra la mía.Veo sus labios entreabiertos, su respiración entrecortada.Veo el desafío en su mirada cuando la acorralé.Siento cómo se estremeció cuando deslicé mis dedos dentro de su bikini.Siento su humedad.

—Mierda… —gruño, tensándome cuando el orgasmo me sacude con fuerza.

Apoyo la cabeza contra el borde de la bañera, con el cuerpo todavía temblando, mientras la maldigo en silencio.

Porque de alguna jodida forma, se ha metido bajo mi piel.

Porque no debería haber disfrutado de sentirla así.

Porque ahora sé que la quiero otra vez atrapada entre mi cuerpo y cualquier superficie.

Me odio por esto, me odio por romper una promesa que juré no romper.

Hace años me juré no volver a sentir nada por ninguna mujer. Nunca más. Me prometí que no me dejaría llevar, que no iba a ser débil. Y ahora, aquí estoy, perdiendo el control por una mujer que solo sabe sacarme de quicio.

Termino la ducha y salgo del baño con el cuerpo aún tenso. Ni siquiera el orgasmo ha servido para aliviar la maldita presión que tengo dentro.

Me seco el pelo con la toalla y me tiro en la cama, con los brazos detrás de la cabeza, mirando el techo.

El ventilador de techo gira con un zumbido monótono, pero mi mente no se apaga.

No debería haber hecho eso en la piscina. No debería haberla tocado. No debería haber disfrutado de lo que sentí al hacerlo.

Porque estoy deseando de volver a tener la oportunidad de tenerla entre mis brazos de nuevo.

Dios, ¿Qué coño me pasa?

Me paso la mano por la cara, frustrado.

Mirella es un puto problema. Y lo peor es que no puedo alejarme de ella.

Cierro los ojos, intentando obligarme a dormir.

—Mamá, ¿has vuelto a cogerme dinero?

Estoy de pie en el umbral de la puerta, observándola con el corazón palpitando de rabia. Ella ni siquiera se molesta en mirarme mientras coloca una línea de cocaína sobre la mesa sucia del salón.

—Sí, lo necesitaba para comprar algunas cosas —dice con indiferencia, antes de aspirar la droga con un billete enrollado.

El asco me revuelve el estómago.

—Ese dinero era para otra cosa.

—¿Ah, sí? ¿Para qué?

Aprieto los puños con fuerza, sintiendo la bilis subir por mi garganta.

—¡Para largarme de esta puta casa! ¡Ya lo sabes!

Ella se ríe. Me señala con el billete como si fuera un niño pequeño diciendo una estupidez.

—Tú no vas para ningún lado. ¿A dónde piensas ir, eh? No tienes a nadie.

Sus palabras son como una bofetada. Pero no me afectan. Estoy acostumbrado.

—No me hace falta nadie.

—Pero sí dinero.

Y vuelve a reírse. Una carcajada hueca, llena de burla. Desliza la mano por la mesa, mostrando el montón de mierda que ha comprado con mis ahorros. Mis meses de trabajo, mis sacrificios… Todo convertido en polvo blanco.

El nudo en mi pecho se aprieta hasta doler. Me doy la vuelta, entro en mi cuarto y cierro la puerta con un golpe. Mis uñas se clavan en mis palmas mientras intento contener la rabia, pero es inútil.

Mi mirada se dirige al cajón de la mesilla. Lo abro con manos temblorosas y mis dedos encuentran lo que busco.

La cuchilla brilla bajo la tenue luz del cuarto.

Siempre me prometo no hacerlo.

Siempre juro que será la última vez.

Pero en esta mierda de vida, la única forma de controlar el dolor… es haciéndolo yo mismo.

—No… —murmuro, agitado.

Abro los ojos de golpe, con el corazón martilleando en mi pecho. La habitación está oscura, pero siento el sudor pegajoso en mi piel, el eco de su risa aún resonando en mi cabeza.

Paso una mano por mi cara, tratando de calmarme. No es real. No estoy allí. Pero la sensación persiste.

Cojo mi teléfono para mirar la hora, son las 5.30 y sé que no voy a conseguir quedarme dormido.

Me levanto de la cama con un gruñido y me pongo ropa deportiva. Necesito cansar mi cuerpo, despejar mi mente. Salgo al jardín y empiezo a entrenar sin descanso: flexiones, abdominales, burpees. El aire fresco de la mañana no hace nada para apagar el ardor en mi pecho.

No sé cuánto tiempo llevo, pero de repente escucho pasos detrás de mí.

—Buenos días.

Me detengo y me giro. Mirella está ahí, con el pelo revuelto por el sueño y una sudadera enorme cubriéndole el cuerpo.

Respiro hondo y recojo la toalla sin responder. No quiero hablar. No quiero verla ahora mismo.

Simplemente me doy la vuelta y camino hacia la casa.

—¿En serio? —Oigo que murmura detrás de mí.

No me detengo. Subo a mi habitación y me meto en la ducha, dejando que el agua se lleve el sudor y, con suerte, la tensión de mi cuerpo.

Mantén la distancia, Rhett.

Es la única manera de hacer que esto funcione.

Cuando bajo, ya estoy vestido con mi traje de trabajo. Me encuentro con Mirella en la cocina, sentada con una taza de café entre las manos. Levanta la vista hacia mí y sé que va a decir algo antes incluso de que abra la boca, pero me adelanto.

—Lo de anoche no puede volver a pasar.

Mi voz suena firme, más de lo que esperaba, como si intentara convencerme a mí mismo más que a ella.

Se inclina ligeramente hacia atrás en la silla, entrecerrando los ojos.

—Estoy de acuerdo.

Bien. Eso es lo correcto. Eso es lo que debía decir.

—No es profesional.

—Ni ético. —Su tono es seco, cortante. Luego, con un deje de desafío, añade—: Y yo… no te soporto.

Dejo escapar una risa sarcástica y me apoyo en el marco de la puerta.

—Yo tampoco.

Nos miramos en silencio y algo invisible, pero a la vez, jodidamente fuerte, se extiende entre nosotros.

Mirella rompe el contacto visual primero y sacude la cabeza.

—Nos quedan cinco meses conviviendo los dos solos aquí. Así que será mejor que dejemos este juego de una vez y nos comportemos como adultos. Especialmente tú.

Alzo una ceja.

—¿Yo?

—Sí, tú. Eres el mayor.

—¿Me estás llamando viejo?

Sus ojos se abren con sorpresa.

—¿Qué? No… yo…

Sonrío con burla.

—No te pongas nerviosa, pajarito. Solo era una broma.

Ella me fulmina con la mirada.

—¿Lo ves? A esto me refiero.

Me encojo de hombros.

—No estoy haciendo nada.

—Siempre estás haciendo algo.

Nos observamos de nuevo, esta vez con algo más que desafío en el aire.

Ella suelta un suspiro.

—Mira, si de verdad vamos a intentar no matarnos, necesitamos un nuevo trato.

—¿Otro?

—Sí. Vamos a intentar llevarnos bien.

Suelto una risa seca.

—Eso no va a pasar.

—Podemos intentarlo.

—¿Y cómo piensas hacer eso?

—Conociéndonos.

Frunzo el ceño.

—¿Perdón?

Mirella endereza la espalda y me mira fijamente.

—Vamos a hacer preguntas. Una por ronda. No puedes cambiarla. Y nada de mentiras.

La observo con interés.

—¿Nada de mentiras?

—Exacto.

Me cruzo de brazos.

—¿Y cómo vas a saber si te miento?

Se encoge de hombros.

—Lo sabré.

Sonrío de lado.

—¿Tienes un detector de mentiras incorporado, pajarito?

—No, pero tengo intuición.

Me apoyo en la encimera, mirándola con diversión.

—Está bien. Una pregunta por ronda, no se puede cambiar y nada de mentiras. Pero lo mismo va para ti.

Ella asiente con determinación.

—Lo mismo para mí.

Nos estudiamos por unos segundos. Ninguno de los dos se echa atrás.

—Bien. —Me recargo en la silla, con una expresión relajada—. Entonces empieza.

Toma aire.

—¿Cuál es tu película favorita?

Alzo una ceja.

—¿Eso es lo mejor que tienes?

—Reglas son reglas. No puedes cambiar la pregunta.

Sonrío. Maldita sea, esta mujer es terca.

—El Padrino.

—¿En serio?

—Sí. Ahora me toca a mí.

Cruza los brazos, esperando.

—¿Y la tuya?

Suspira.

—Moulin Rouge.

Entrecierro los ojos, fingiendo burla.

—¿La de los cantos y el amor trágico?

—Sí, esa.

—Vaya sorpresa.

—Cállate.

Suelto una risa y niego con la cabeza.

—Bien, pajarito. Una ronda completa sin matarnos. Quizás este trato no sea tan mala idea después de todo.

No sé si estoy jodido por aceptar esto, pero sé que esto no va a terminar nada bien.