UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 11.
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Capítulo 11.

Mirella.

—Buenos días, pajarito.

Ruedo los ojos antes de siquiera verlo. Odio que me llame así.

Pero cuando levanto la mirada y lo veo entrar en la cocina, por un segundo, solo un segundo, me olvido de la molestia.

Lleva una camiseta de manga larga fina, vaqueros y una gorra con la visera hacia atrás. Es raro verlo así, tan informal, tan… ¿normal? No es que su ropa habitual no le quede bien, pero esto es diferente. Más relajado. Más… jodidamente atractivo.

Mis ojos se deslizan por su cuerpo sin querer. Los vaqueros se ajustan a sus piernas musculosas y la camiseta, aunque holgada, deja claro lo que hay debajo. Lo que he visto antes, lo que no puedo dejar de recordar.

Pero hay algo extraño.

Es julio, el calor es insoportable, y él lleva manga larga. Frunzo el ceño. ¿No se está muriendo de calor?

—¿Te has quedado embobada o piensas decirme algo? —Su voz burlona me saca del trance.

Me recompongo de inmediato, disimulando mi incomodidad con una mirada afilada.

—¿Café? —Pregunto, ignorando su tono.

—Mmm. —Se apoya contra la encimera, mirándome con media sonrisa—. Vale. Con azúcar.

Le doy la espalda para prepararlo y, sin que lo vea, una sonrisa maliciosa se dibuja en mis labios.

Azúcar, ¿eh?

Perfecto.

Cojo el salero en lugar del azucarero y vierto una cantidad generosa en su café. Revolviendo con calma, me giro y le ofrezco la taza con la mejor expresión de inocencia que puedo fingir.

—Aquí tienes.

Rhett la coge sin sospechar nada y da un sorbo grande, sin apartar la vista de mí.

La reacción es inmediata.

Nada más absorber el líquido, su rostro se tensa, sus cejas se fruncen y escupe el café de vuelta a la taza con un gruñido.

—¡Pero qué coño…!

No puedo evitarlo y suelto una carcajada.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta el café?

Él me mira con el ceño fruncido, luego mira la taza, luego me vuelve a mirar.

—¿Qué demonios le has echado?

—Azúcar. —Sonrío, inclinando la cabeza—. ¿No era eso lo que querías?

Rhett me observa con los ojos entrecerrados, su mandíbula apretada.

—Te voy a matar.

—Uy, qué miedo —me burlo, dándole la espalda para servirme otro café.

Pero antes de que pueda moverme, lo siento.

Se acerca.

No sé cómo, pero de repente está justo detrás de mí, tan cerca que siento el calor de su cuerpo a través de mi camiseta.

Mi respiración se acelera un poco, pero me niego a girarme.

—Te lo advierto, pajarito —su voz es baja, ronca, demasiado cerca de mi oído—. Vas a arrepentirte de esto.

Trago saliva, pero no me giro. No voy a darle el gusto de verme reaccionar.

—Eso te ha pasado por llamarme pajarito.

Rhett suelta un sonido bajo, algo entre una risa y un resoplido.

—Vaya, qué vengativa eres.

—Solo me defiendo.

—¿Defenderte? —Ahora sí, su tono se vuelve burlón—. ¿De qué, exactamente? ¿De un apodo?

Me giro, con la cabeza en alto, y lo encuentro mirándome con esa media sonrisa que me pone de los nervios.

—Sí, de un apodo que detesto.

Él inclina un poco la cabeza, evaluándome, disfrutando de esto.

—Entonces voy a seguir diciéndotelo.

Aprieto los dientes.

—Eres insoportable.

—Y tú adorablemente fácil de molestar, pajarito.

Ruedo los ojos con tanta fuerza que casi me duelen.

—Eres un crío.

—Y tú una tramposa. —Levanta la taza con el café salado—. No olvides que esto no quedará así.

—Haz lo que quieras. —Cruzo los brazos, desafiante—. No te tengo miedo.

Rhett sigue mirándome con esa sonrisa de satisfacción, como si ya tuviera planeada su venganza. Me niego a darle la satisfacción de mostrarme preocupada, así que simplemente me giro y sigo con mi desayuno como si nada.

Él se apoya en la encimera, cruzando los brazos sobre su pecho.

—Entonces… ¿qué planes tienes para hoy, pajarito?

Respiro hondo. Paciencia, Mirella. Paciencia.

—Nada que te interese.

—Eso es gracioso, porque mi trabajo es interesarme por lo que haces.

Lo miro de reojo.

—¿Incluso los domingos?

—Incluso los domingos. —Da un paso hacia mí y su voz se vuelve más baja—. Aunque hoy…

Espero, pero no termina la frase.

—¿Hoy qué?

—Hoy me lo estoy tomando con calma.

No sé por qué esa respuesta me provoca un escalofrío que no tiene nada que ver con el miedo.

Aparto la mirada y recojo mi taza, dispuesta a ignorarlo.

—Bien por ti.

Rhett no dice nada más, pero puedo sentir su mirada en mí mientras me muevo por la cocina. Es molesto, irritante. Y de alguna manera, hace que mi piel se erice.

Después de un rato, me giro para encontrarlo todavía ahí, apoyado en la encimera con esa expresión relajada.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—No.

Aprieto los labios y suspiro.

—¿No puedes ir a molestar a otra persona?

—No.

—Eres un fastidio.

—Y tú eres entretenida cuando te enfadas.

—No estoy enfadada.

—¿No? —Se endereza y camina hacia mí lentamente—. Pues lo pareces.

No me muevo, pero cuando se acerca demasiado, me veo obligada a inclinar la cabeza para mirarlo.

—¿Sabes qué? Olvídalo. Me voy a mi habitación.

Intento apartarme, pero él da otro paso, cortándome el camino.

Suelto un suspiro molesta.

—¿Huyendo?

Lo fulmino con la mirada.

—No todo es una maldita pelea, Rhett.

—Contigo siempre lo es.

Abro la boca para responder, pero en ese momento, él se inclina un poco más, lo justo para que su rostro quede peligrosamente cerca del mío.

Mi corazón se acelera.

No es miedo.

No sé qué es, pero no me gusta.

Bueno, sí me gusta. Y odio que me guste.

—Dime, pajarito… —Susurra con tono burlón—. ¿Sigues sin tenerme miedo?

Mi mandíbula se aprieta.

—Ni un poco.

Su sonrisa se ensancha, pero hay algo oscuro en su mirada. Algo que me advierte que está disfrutando demasiado de esto.

—Ya veremos.

Se aparta de golpe, como si nada hubiera pasado, y yo me quedo ahí, sintiendo que mi pulso está fuera de control.

Sin mirarlo, me giro y me dirijo a mi habitación sin decir una palabra más.

Pero sé que esta guerra no ha hecho más que empezar.

———————————————————

Es de noche y el aire es cálido, casi sofocante. Me asomo a la terraza y la piscina brilla bajo la luz de la luna. Necesito despejarme, sentir el agua fría en mi piel, olvidar por un rato el desastre en el que se ha convertido mi vida.

Bajo en silencio las escaleras y me deslizo hasta la puerta del patio. Pero entonces lo veo.

Rhett está en la piscina.

Flotando de espaldas, con los ojos cerrados, su cuerpo medio sumergido en el agua. Lleva el torso desnudo y el reflejo del agua resbala sobre su piel bronceada, marcando cada músculo de su abdomen.

Algo en mi estómago se revuelve y la idea de darme la vuelta y subir a mi habitación se vuelve tentadora. No quiero tratar con él.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome toda la noche o vas a meterte? —Su voz ronca rompe el silencio, y abre un ojo con una sonrisa ladeada—. El agua está buenísima.

—Paso. —Cruzo los brazos y tuerzo la boca.

—No me digas que te asusta mojarte. —Su sonrisa se ensancha, provocadora—. Pensaba que tenías más agallas, pajarito.

Aprieto la mandíbula. Lo ha hecho a propósito. Sabe que odio ese apodo.

—Deja de llamarme así.

—¿Y si no quiero?

Ruedo los ojos y me giro para marcharme, pero su voz me detiene.

—Venga, no seas aburrida. Métete conmigo. —Su tono es bajo, desafiante.

Lo miro, tanteándolo. La idea de meterme con él en la piscina no me entusiasma. Pero me niego a dejar que piense que puede provocarme y salirse con la suya.

Sin decir nada, me quito el vestido, quedándome en bikini, y bajo los escalones hasta que el agua me cubre el cuerpo.

—¿Ves? No ha sido tan difícil. —Rhett se acerca nadando con calma, pero su expresión se vuelve traviesa—. Aunque… podrías haberte mojado antes. Seguro que te hace falta.

—Eres un imbécil. —Le salpico agua en la cara.

Él se ríe y en un movimiento rápido me acorrala contra el borde de la piscina. Su cuerpo está cerca, demasiado cerca. Mi espalda choca con la pared de azulejos y su mirada oscura atrapa la mía.

—Para ser un ser insoportable —murmura, su voz grave y llena de algo que me pone la piel de gallina—, hago que se te empapen las bragas.

—¿Perdona?

Él ladea la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa lenta, sucia. Sabe lo que está haciendo, sabe exactamente cómo juega conmigo.

—Te escuché la otra noche.

Mi estómago se contrae con fuerza.

—¿Qué…?

—Estabas dormida y gemiste mi nombre. Varias veces. —Sonríe con picardía.

Mi aliento se atora en la garganta. Siento mi cara arder, siento el calor extenderse hasta mi pecho.

Su mano se mueve bajo el agua, lenta, pecaminosa, deslizándose por mi brazo, provocando con la yema de los dedos, hasta que sus dedos rozan mi cintura. Solo un toque, apenas una caricia, pero mi piel reacciona como si me hubiera quemado.

—Mientes —mascullo, pero su sonrisa se amplía, burlona, como si acabara de atraparme en su juego.

—¿Seguro?

Su voz es un susurro grueso, su boca está peligrosamente cerca de la mía. Su mano sigue bajando, deslizándose con calma exasperante hasta el borde del tanga de mi bikini. Su dedo juega con la tela, estirándola apenas, deslizando la yema por la línea húmeda de mi cadera.

Mis muslos se tensan. Y entonces, sin previo aviso, desliza la mano dentro.

Un jadeo ahogado escapa de mis labios cuando su dedo roza mis pliegues mojados, recorriéndolos con una lentitud devastadora. El agua se siente fría en comparación con la calidez ardiente entre mis piernas.

—¿Lo ves? —Su voz es un susurro cargado de poder mientras sus dedos exploran sin prisa—. ¿Qué se siente que este imbécil al que tanto desprecias te haga chorrear así, eh?

Su dedo se mueve con maestría, recogiendo mi humedad, acariciando, jugando. Mis rodillas amenazan con ceder, mi pecho sube y baja descontrolado.

—Dímelo. —Su boca roza mi oído, su tono lleno de puro veneno sensual—. Quiero escucharte decirlo.

Su aliento choca contra mi oído, haciéndome estremecer. La presión de su cuerpo contra el mío me impide moverme, su mano sigue entre mis muslos, dibujando círculos lentos que me arrancan un jadeo ahogado.

Abro la boca, pero no encuentro palabras. Solo el sonido entrecortado de mi respiración y el agua chapoteando suavemente entre nosotros. Su mirada está fija en la mía, desafiándome, burlándose de mi lucha interna.

—No… —Intento negar, pero mi voz apenas es un susurro. Ni yo misma lo creo.

Rhett sonríe con arrogancia, ladeando la cabeza.

—Eso pensé.

Y justo cuando creo que va a seguir, que va a llevar esto hasta el final, retira la mano con una lentitud cruel, como si quisiera que sintiera la pérdida. Sin apartar su mirada de la mía, sale de la piscina en un movimiento fluido, dejando gotas de agua resbalando por su piel bronceada.

Me quedo ahí, jadeando, con las piernas temblorosas y la mente hecha un desastre.

Echo la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el borde, intentando recuperar el aliento.

—Maldito Rhett… —Murmuro entre dientes antes de hundirme bajo el agua, ahogando un grito de frustración.

Ese trato que hicimos… Yo solo quería que los próximos cinco meses fueran más llevaderos. Por eso dejé de pelear con él, por eso intenté ignorarlo. Pero él no piensa ponérmelo fácil.

Y lo odio.

Odio lo que me hace sentir.