UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 9.
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Capítulo 9.

Mirella.

He soñado toda la maldita noche. Con Rhett O'Connor.

Y no un sueño normal y corriente no, un sueño.... húmedo. Bastante húmedo. ¿Porque he tenido que verle en bañador?

¿Porque he tenido que ver sus fuertes brazos, su pecho y abdomen totalmente definido y lleno de tatuajes?

Cuando estaba cosiéndole la herida, vi que tenía los brazos tatuados pero sus antebrazos no.

Vi cómo se cruzó de brazos, vi lo fuerte que era sin camiseta, vi su anchura, vi sus músculos, Dios, ¡que músculos! Y sus pectorales, y su abdomen perfectamente definido y también vi su...

—¡Mierda! —Gruño mientras me apresuro a coger una bayeta para limpiar el café que he derramado por la barra de la cocina.

—¿Estás bien? Hoy estas muy distraída. —Dice Ava, sacando las tostadas del tostador.

La he invitado a que pase el día conmigo en la piscina para ver si me distraigo un poco de todo.

Ese todo llamado Rhett O´Connor.

—No he pasado buena noche.

—¿Otra pesadilla? —Pregunta con preocupación.

Ojalá, hubiera preferido tener una pesadilla a tener ese sueño con ahg, Rhett O´Connor.

Me entran arcadas de solo recordar ese sueño.

— No, no ha sido una pesadilla. Solo… he dormido fatal. Mi cabeza no paraba, no dejaba de pensar en todo. Mi padre, su viaje, los seis meses que me esperan aquí… ya sabes.

Ava frunce el ceño y deja las tostadas en un plato antes de mirarme con esa expresión de preocupación que tanto detesto.

—Lo siento, Mire, sé que todo esto es una mierda para ti. Pero si necesitas hablar… ya sabes que estoy aquí, ¿verdad?

Le dedico una pequeña sonrisa, intentando que no note lo tensa que estoy.

—Lo sé, Ava. Gracias.

Ella asiente y, como si sintiera que necesito cambiar de tema, se apoya en la barra y me observa con una sonrisa curiosa.

—Por cierto… la semana que viene es tu cumpleaños. ¿Vas a hacer algo?

Ruedo los ojos y niego con la cabeza.

—No.

—¿Cómo qué no? ¡Es tu cumpleaños, Mire!

—¿Y qué?

Ava resopla.

—"¿Y qué?" dice… —Mueve las manos con dramatismo—. Mira, no me vengas con eso de "es solo un día más", porque no lo es. Hay que celebrarlo.

—¿Para qué? ¿Para estar yo, tú y Rhett sentados en el jardín en el momento más incómodo de la historia? No, gracias.

Ava suelta una carcajada, pero luego me mira con un puchero.

—Aun así, deberíamos hacer algo. Aunque sea una cena, solo nosotras.

Suspira con exageración cuando no respondo.

—Venga, piénsalo. No puedes dejar que pase desapercibido.

Me encojo de hombros, sin ganas de discutir. Para mí, el día de mi cumpleaños es solo eso: un día más. Y, sinceramente, con mi padre fuera y atrapada aquí, no veo qué hay que celebrar.

Ava y yo pasamos la tarde en la piscina, hablando de tonterías y tratando de ignorar todo lo que me pesa en la cabeza. Cuando el sol empieza a bajar, ella se despide con un abrazo y una promesa de que insistirá en lo del cumpleaños.

Ahora la casa está en silencio. Casi puedo escuchar el eco de mis propios pasos mientras voy a la cocina a por un vaso de agua. Pero cuando entro, no estoy sola.

Rhett está allí.

Apoyado contra la encimera, con los brazos cruzados y la mirada fija en su teléfono. Lleva una camiseta negra ajustada y pantalones deportivos, y aunque intento no fijarme, mi mente traicionera me recuerda el sueño de anoche.

Sacudo la cabeza y voy directa a por el vaso, ignorándolo.

—¿Qué? ¿No piensas saludarme? —Su voz es grave, con ese deje de burla que me saca de quicio.

—No tenía pensado hacerlo, no. —Abro el frigorífico y saco la jarra de agua.

—Vaya, qué modales los tuyos.

Ruedo los ojos y bebo un sorbo, sin dignarme a responder. Pero él no se queda callado.

—¿Cómo estuvo tu día con tu amiguita? ¿Mucho cotilleo?

—¿Te importa?

—Para nada. Solo intento hacer conversación, pero está claro que eres incapaz de ser agradable.

Eso me hace girarme hacia él con el ceño fruncido.

—¿Perdón?

—Lo que oíste. Vives en una jaula de oro y te comportas como si el mundo estuviera en tu contra.

Su comentario me enciende por dentro.

—¿Una jaula de oro? ¿En serio? —me río sin humor—. Claro, porque estar atrapada aquí mientras mi padre se larga por meses y me deja contigo es mi sueño hecho realidad.

Rhett levanta una ceja, y su expresión cambia.

—Tu padre no te ha "dejado conmigo", te ha dejado protegida.

—Sí, claro. Porque soy una pobre niña indefensa, ¿no?

—No he dicho eso.

—Pero lo piensas.

Su mandíbula se tensa. Se aparta de la encimera y da un paso hacia mí, su mirada arde con algo oscuro y afilado.

—No pongas palabras en mi boca que no he dicho, pajarito.

¡¿Pajarito?!

—¡No me llames así! —Exploto, sintiendo como la rabia me sube por la garganta.

—¿Y qué? ¿Vas hacer algo al respecto? —Arquea una ceja, desafiándome.

Aprieto los puños, maldito Rhett. Siempre con esa maldita arrogancia, con esa forma de hablarme, como si yo fuera una niña malcriada.

—¡Eres un imbécil! —Suelto, sin contenerme.

—Y tu una cría insoportable —suelta con frialdad.

—¿Perdón?

—Lo que oíste. Siempre con esa actitud de niña caprichosa que se cree el centro del universo.

Eso me enciende. Doy un paso adelante sin pensar, con el pecho subiendo y bajando por la rabia.

—No tienes ni puta idea de nada.

Rhett suelta una carcajada seca, ladeando la cabeza con burla.

—Claro que sí. Te veo todos los días y sé exactamente lo que eres.

—¡No sabes nada de mí!

—Sé que te molesta que alguien te ponga límites. Sé que odias no tener siempre la última palabra. Sé que… —Se acerca un poco más, inclinándose apenas hacia mí— te revienta no poder controlarlo todo.

—Tú eres el único que cree que puede controlar todo —le espeto, sintiendo el calor subirme a la cara—. Caminas por ahí como si fueras el puto dueño del mundo, como si todos tuvieran que hacer lo que dices.

Rhett frunce el ceño y da un paso más hacia mí.

Yo retrocedo.

—¿Te molesta?

—Me da asco. —Escupo, con el corazón latiéndome fuerte contra el pecho.

Sus ojos se oscurecen de golpe y el aire se vuelve denso.

—¿Asco? —Repite con la voz grave, baja.

No me doy de que he estado retrocediendo hasta que mi espalda choca con el frigorífico. Rhett avanza un poco más, apoyando sus manos en el frigorífico a ambos lados de mi cuerpo. Está cerca, muy cerca.

No tengo por donde escapar.

Mi respiración se agita, y no es por la ansiedad. Es otra cosa, la piel de mis brazos se erizan, mis pezones se endurecen bajo la fina tela de mi pijama. Mi cuerpo reacciona sin mi permiso, traicionándome de la peor manera.

Rhett me mira con intensidad, su mirada oscura está fija en la mía. Y entonces, baja a mi boca y se queda ahí, un largo segundo. Lo suficiente para que mi estómago se encoja, para que mis labios se humedezcan solos, para que yo, sin darme cuenta, haga lo mismo.

Miro sus labios, mierda. Tiene una boca perfecta, apetecible.

Quiero escapar, pero no puedo, sigue cortándome el paso, atrapándome con sus brazos. Su pecho sube y baja despacio, pero su mandíbula está tensa.

Estamos cerca, pegados. Demasiado pegados.

Y entonces, como si algo lo hubiera golpeado, frunce el ceño y se aparta de golpe.

—Vete a tu habitación. —Su voz es ronca, casi un gruñido.

No me muevo. Mi pecho sigue subiendo y bajando con fuerza.

—No eres nadie para darme órdenes. —Suelto, pero mi voz no es tan firme como me gustaría.

—¿No? —Su tono es bajo, peligroso. Una advertencia que me recorre la piel como un escalofrío. —Entonces quédate aquí, a ver qué pasa.

Mi estomago se revuelve. No sé si es un desafío o una advertencia, pero no me quedo a averiguarlo.

Me giro y salgo de la cocina lo más rápido que puedo hasta llegar a mi habitación, me meto en la cama para luego taparme con las sábanas.

Y es ahí que me doy cuenta de que estoy temblando.