Capítulo 8.
Rhett.
Son las tres de la mañana y me encanta nadar en la madrugada, no podía dormir por el calor de la noche, estamos en pleno verano y no puedo quitarme la camiseta para dormir, ya que sigo durmiendo en el dormitorio de Mirella.
Hace dos semanas que su padre se fue, y la nota un poco triste. Y me preocupa porque intento provocarle algún enojo para que salga de ese ciclo de tristeza en el que se encuentra, pero no lo consigo. No pelea conmigo, y eso es malo.
Muy malo.
Nuestra relación no ha cambiado nada, seguimos sin soportarnos, pero por muy insoportable que me parezca, no me gusta verla triste.
Y aquí estoy, partiéndome la cabeza en dos pensando en que hacer que sacarla de ese ciclo de tristeza, me conformo con que me grite o me lance una mirada con la que quisiera asesinarme.
Prefiero verla enfadada conmigo todo el día a verla así de triste.
Salgo de la piscina para coger una toalla y secarme un poco el cuerpo, no quiero entrar mojado en la casa y mancharlo todo.
Pero entonces, escucho un grito, y en este momento me da igual manchar el suelo de la casa, me da igual todo.
Corro hacia dentro y la veo, tiene la cara desencajada por el miedo, la respiración acelerada, probablemente al borde de otro ataque de ansiedad.
Por su rostro no paran de caer lágrimas mientras un tipo la tiene agarrada y con una navaja al cuello.
No puedo verle el rostro al tipo, la tiene tapada, solo puedo ver sus ojos. Unos ojos llenos de vida, unos ojos que como le haga daño, perderán ese brillo que tiene.
—Suéltala.
—Ni lo sueñes, esta preciosidad se va a venir conmigo.
—Sobre mi cadáver.
—Bien. —Dice para luego empujarla haciendo que caiga al suelo.
Suelta un gruñido de dolor al caer al suelo y no me doy de que la estoy mirando hasta que noto como el tipo me hace una raja en el hombro con su navaja.
Me miro el hombro, viendo como la sangre me brota cayendo por mi brazo para girar el rostro despacio hacia el tipo.
No tiene ni puta idea de lo que acaba de hacer.
En un movimiento ágil, le doy una patada en la mano y la navaja se le cae al suelo. El tipo intenta ir por su navaja, pero se lo impido, me abalanzo contra él y caemos al suelo, yo encima suya y empiezo a golpearlo. Y mi mente se llena de recuerdos.
Dame dinero.
Un puñetazo.
Me lo debes.
Otro puñetazo.
No vales para nada.
Otro puñetazo.
Eres un estorbo.
Otro puñetazo.
Vete de mi casa, no quiero saber nada de ti.
Otro puñetazo.
Hazme un favor, y matate de una buena vez.
—¡Rhett para! —Grita Mirella, tengo el puño preparado para darle otro golpe cuando la veo, está sentada en el suelo, asustada y entonces lo veo, me tiene miedo.
El tipo aprovecha para empujarme hacia atrás haciendo que me caiga al suelo y se arrastra hasta la salida, dejando su navaja por el suelo.
Me levanto para ir hacia ella, pero me detengo al ver que se desliza hacia atrás mientras se abraza las rodillas con sus brazos. Tiene la cabeza enterrada y está temblando mientras llora desconsoladamente.
—No te tapes la cabeza, vas a hiperventilar y vas a tener un ataque de ansiedad —le digo sin moverme del sitio.
Hace lo que le pido y no sé si me cabrea o me duele, porque es la primera vez que hace lo que le pido, pero no porque este cooperando conmigo, lo hace porque ahora mismo me tiene miedo.
Respiro hondo y me siento en el suelo, con mis brazos apoyados en mis rodillas mientas me agarro una muñeca con la otro mano.
—No tienes por qué tenerme miedo, lo que he hecho ha sido salvarte.
—¿Salvarme? Casi lo matas a golpes.
Me encojo de hombros.
—No he sido yo quien ha entrado en una casa ajena para intentar secuestrar a una niña y mucho menos hacerle daño a otra persona. —Señalo mi hombro, está sangrando, tengo una herida abierta y probablemente necesito varios puntos.
Ella se levanta y se va para luego volver con un botiquín. Frunzo el ceño al ver que me señala una silla dando a entender para que me siente, pero lo hago sin rechistar.
Me siento y me cruzo de brazos mientras ella empieza a desinfectar la herida.
—¿Qué vas a hacer? —Pregunto frunciendo el ceño en cuanto veo que saca una aguja, tijeras y un hilo.
—Cerrarte la herida.
¿Cerrarme la herida? ¿Acaso sabe cómo se hace?
Intento protestar, pero ya está en ello y me doy cuenta de que no es la primera vez que lo hace.
—¿Eres enfermera o algo?
No contesta. Sigue cosiéndome la herida hasta que termina y me pone una gasa.
—Tendrás que desinfectarlo todos los días. —Dice limpiando los utensilios para luego guardarlos en el botiquín.
—Mirella —la llamo antes de que desaparezca de mi campo de visión, se queda quieta. —¿Qué has hecho para quieran hacerte daño?
Gira la cabeza para mirarme.
—Yo no he hecho nada.
Y se va, dejándome solo sentado en aquella silla mientras no paro de hacerme preguntas.
¿Cómo sabe cerrar una herida tan bien? ¿Qué es lo que ha hecho para que quiera hacerle daño? Y lo más importante, ¿Qué es lo que esconde Mirella Morgan?
Cojo mi teléfono, entro en el chat de Zayden, todavía no he abierto el documento que me envío porque su mensaje me puso en alerta.
No lo pienso más y lo abro. Y lo único que puedo decir cuando lo leo todo es:
—Ostia puta.