UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 7.
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Capítulo 7.

Mirella.

—Joder, qué dolor de cabeza… —Se sienta a mi lado y deja caer una pastilla en su vaso de agua. Suspira, frotándose las sienes. — Lo siento, hija.

—Siempre es lo mismo.

Suelta el aire despacio, como si de verdad estuviera agotado de sí mismo. Como si esto no le doliera solo a mí.

—Lo sé… No sé qué me pasa. —Su voz suena rasposa, quebrada—. Prometo que voy a intentar no hacerlo más.

—¿Intentar?

Él cierra los ojos un segundo, como si mi respuesta lo destrozara. Como si fuera él el que tuviera que soportarme a mí.

—Sabes que no es fácil para mí, hija. —Levanta la mirada y ahí está. La tristeza. Esa que siempre me rompe el pecho—. Lo sabes perfectamente y...

Se calla de golpe. Su expresión cambia, se tensa. Sigo su mirada y veo a Rhett, pasando de largo.

—¿Me perdonas? —Su tono es más bajo ahora, más suave. Casi vulnerable—. Por favor. Tú eres lo único que tengo.

Mi pecho se oprime.

No tienes a nadie más que a mí.

Miro sus ojos. Son los de siempre, los de mi padre. No es el hombre de anoche. Él me necesita. Él me quiere.

—Sí.

Sus hombros se relajan, como si lo hubiera salvado.

—Gracias, hija. Te quiero.

—Yo también, papá.

Me rodea con los brazos y yo le correspondo. ¿Qué otra cosa podría hacer? Es mi padre. Claro que lo perdono.

Llaman a la puerta.

—Voy yo —murmuro, apartándome mientras él se toma el agua.

Abro y veo a un hombre.

—¿Hola?

—Hola. —Se quita las gafas de sol Gucci y me recorre con la mirada, lento. No en plan "me ha llamado la atención", sino con esa clase de interés que me incomoda.

Mi columna se tensa. No sé qué es. No es solo la manera en la que me mira, como si ya me conociera. Es… algo más.

Me resulta familiar.

Frunzo el ceño. ¿De qué lo conozco?

No logro recordarlo, pero esa sensación de déjà vu se clava en mi pecho como una advertencia.

—Ithan —mi padre lo llama y su tono es extraño—, por favor, pasa.

Lo dejo entrar.

—Hija, te presento a Ithan Vanderblit. Con tan solo veintiséis años, ya tiene empresas en más de ocho países y es billonario.

¿Y? ¿Se supone que eso debería impresionarme?

—Encantado, ¿señorita…? —Alarga su mano.

—Mirella Morgan.

No se la doy y él la cierra en un puño.

Sus labios siguen sonriendo, pero sus ojos se oscurecen por un instante. Un instante nada más.

—Bueno, hija, nosotros tenemos una reunión.

Se van hacia la piscina, pero yo me quedo en el salón, observándolos. Desde aquí puedo ver a mi padre. Está tenso. No nervioso en plan "tengo una negociación importante", sino… realmente tenso.

En un momento, me mira, pero no con enojo, ni con molestia. Me mira con… ¿Preocupación?

Frunzo el ceño.

Ithan le dice algo y mi padre cambia por completo. Parpadea, sorprendido. Intercambian dos palabras más y, de repente, Ithan se va.

Mi padre se queda ahí, sin moverse. Mira la piscina, pero no la está viendo. Y luego, sin decir nada más, se mete en su despacho y cierra la puerta.

Me siento en el sofá y no pasan ni diez minutos que mi teléfono suena.

Es mi padre.

Me levanto y voy hacia su despacho. Llamo a la puerta, pero no espero respuesta antes de abrir.

—¿Qué pasa?

Está sentado detrás del escritorio, con el ceño fruncido y el móvil en la mano. Me mira y deja el teléfono a un lado.

—Siéntate.

El corazón empieza a latirme con rapidez, ese tenemos que hablar no es bueno, nunca lo es.

—Mañana me voy de viaje.

—¿Otra vez? Pero si acabas de llegar.

Asiente con una mueca pequeña en los labios.

—Sí, pero esta vez será por más tiempo.

—¿Cuánto?

Traga saliva y sé que respuesta no me va a gustar.

—Seis meses.

Parpadeo, sorprendida. ¿Seis meses? Nuca se ha ido tanto tiempo.

—¿Seis meses?

—Lo siento, hija. —Su voz es suave, genuina—. Créeme que lo último que quiero es dejarte sola tanto tiempo, pero es necesario.

Es trabajo, lo sé.

—¿No puedo ir contigo?

—Sabes que no, princesa. Tienes que quedarte aquí, con Rhett.

No, por favor. Seis meses, aquí sola, con ese imbécil. No.

—No necesito a un guardaespaldas, papá.

Él suelta un suspiro cansado, como si fuera yo la que estuviera siendo difícil.

—Mirella… —Me mira con esa mezcla de paciencia y tristeza que siempre me desarma—. Sabes que no es seguro para ti.

—Papá, no soy una niña.

—No, eres mi hija y yo no voy a dejarte sola.

Frunzo el ceño.

—No estaría sola si me llevaras contigo.

Él niega con la cabeza, su expresión suave, pero firme.

—Sabes que es imposible. El trabajo, las reuniones… No tendría tiempo para estar contigo, y no quiero que pases meses encerrada en una habitación de hotel.

Pero aquí sí me dejas encerrada…

—Por eso tienes a Rhett —continúa, sin notar, o sin querer notar, mi expresión—. Para que estés protegida. Para que nada te pase.

Nada me pasa porque no me dejas ir a ningún lado.

—No me va a pasar nada.

—No podemos saber eso, ¿verdad? —Sus ojos me buscan, llenos de preocupación—. Ya perdí a tu madre, no quiero perderte a ti también.

Mi estómago se revuelve. Él nunca habla de mamá. Nunca.

Empiezo a notar un ardor en los ojos.

—Papá…

—Prométeme que te portarás bien. Que no harás tonterías.

¿Tonterías?

—No quiero pasar seis meses con Rhett.

Él suelta una risa suave, como si le divirtiera mi reacción.

—Sé que no se llevan bien, pero es por tu bien, Mirella. Confía en mí.

Confía en mí.

Siempre lo dice. Siempre lo mismo. Y siempre termino haciéndolo.

—Cuando vuelva, todo será mejor —asegura, con una sonrisa—. Te lo prometo.

Me muerdo el interior de la mejilla y asiento, aunque no le creo. Porque siempre promete lo mismo. Y siempre se va.

Y cuando vuelve, nunca es mejor que la anterior.

Nunca.

Y yo cada vez me siento más sola.