Capítulo 6.
Rhett.
Estoy tumbado en el sofá cuando mi teléfono empieza a vibrar y cuando veo quien es, sonrío.
Es Martha.
Me levanto con cuidado y salgo al jardín para poder hablar con ella.
—Hey —digo al contestar su llamada.
—Felicidades guapo. —Dice con voz coqueta. —¿Crees que sea muy tarde para darte mi regalo?
Un calor empieza recorrerme el cuerpo. Mirella no está sola, está su padre y yo necesito distraerme un rato.
—Nunca es tarde para lo que vas a darme, Martha. —digo con la voz controlada—. Pero esta vez, no voy a dejar que juegues como quieras. Vas hacer lo que yo te diga, y no va a ser suave, ya lo sabes.
Hay un breve silencio al otro lado del teléfono. Puedo imaginar la expresión de sorpresa o excitación en su rostro, y eso me calienta aún más.
—Ah, ¿sí? —Su voz se vuelve más baja, más desafiante—. Y ¿qué me vas a hacer, Rhett? ¿Qué me vas a obligar a hacer?
—Lo sabrás en cuanto llegue—respondo, sin rodeos. — Y cuando llegue, no te vas a mover de donde te deje. Vas a seguir mis reglas, vas a hacer lo que yo te diga, y te va a gustar.
Ella responde con un pequeño jadeo, pero intento que no me distraiga.
—Cuando llegue, vas a suplicarme.
—¿Ah, sí? —dice con un tono retador. —A ver si eres capaz.
—Siempre lo hago. O es que acaso no te acuerdas de lo que pasó la última vez.
Su respiración, se entrecorta y por un momento, no dice nada. Sé que está recordando, porque las ultimas veces no fueron como ella esperaba. Fui yo quien tomó el control, como siempre.
—No lo olvidé —responde finalmente, con un tono más bajo, casi como un susurro. —Pero eso no significa que no quiera intentarlo de nuevo.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro mientras imagino lo que le espera.
—Esta vez será diferente —le digo con voz firme. —Te aseguro que no va a ser como la última. Vas a rogarme por más.
Cuelgo sin decir nada más, giro para prepararme e irme, pero veo a Mirella en el jardín, de rodillas, con la cabeza agachada.
Dudo, podría hacerlo, podría irme a disfrutar con Martha y dejarla ahí, sola.
Pero antes de decidir que hacer ya estoy a su lado.
No sé cómo he llegado y tampoco sé porque lo he hecho.
Ni siquiera lo he pensado. Simplemente, estoy aquí, de pie frente a ella.
◆◆◆
Al ver los cristales esparcidos por el suelo, algo se enciende dentro de mí, y sin pensarlo, la levanto entre mis brazos.
No me detengo a pensar, no tengo tiempo.
Un impulso me lleve a protegerla, a evitar que se haga daño.
La sostengo contra mi pecho sin esfuerzo, como si no pesara nada y la llevo a la cama, sin pensar lo que estoy haciendo.
La dejo con cuidado en la cama, asegurándome de que no le pase nada, no hay ternura en el gesto, pero si la necesidad de asegurarme de que esté a salvo, aunque ni siquiera sé porque me importa tanto en este momento.
Me alejo de ella bajando a la cocina para coger una escoba y el recogedor, y cuando subo ella está dormida. Recojo los cristales rotos del suelo y vuelvo a bajar a la cocina para tirarlo. Mi teléfono suena.
Es Martha.
Suspiro mientras me apoyo en la barra de la cocina para contestarle.
Bloqueo el teléfono sin darle más vueltas, aunque Martha sigue enviándome mensajes.
No los leo. Mi mente sigue atrapada en la imagen de Mirella, arrodillada en el jardín y luego, entre mis brazos.
Algo dentro de mí se detiene, me frena. No sé qué es, pero no quiero irme.
No quiero dejarla sola, aunque no entiendo por qué.
Desbloqueo mi teléfono con un presentimiento que no me gusta nada y le envío un mensaje a Zayden.
Espero estar equivocado, ojalá sea así. Pero no le doy otra explicación. Desde que llegué aquí, nunca he visto que Mirella tuviera ataque de ansiedad y menos de ese calibre. Y hoy, cuando vuelve su padre, le da uno.
¿Casualidad? No lo creo.
Mi teléfono vuelve a sonar, dos mensajes, uno de Zayden y otro de Martha, ella de nuevo.
Y entonces lo sé, Mirella Morgan está empezando a darme dolores de cabeza y presiento que esto solo acaba de empezar.