Capítulo 5.
Mirella.
Me arrepiento de haberme escapado para irme a ese festival hace un mes. Y no solo un poco, no, mucho. Muchísimo.
Me ha sellado la ventana para que no pueda abrirla y me ha quitado la puerta de mi cuarto, ha puesto un sofá y se queda a dormir ahí.
Bueno, dormir. Se queda como un búho mirándome, sin quitarme los ojos de encima durante toda la noche hasta que se queda dormido.
Está loco, ha cumplido cada una de sus ''advertencias''.
Desde lo ocurrido ni siquiera me habla. Me ordena y yo obedezco sin rechistar. No quiero discutir, teniendo en cuenta que ni me habla.
Ahora estoy con Ava, tumbadas en las hamacas mientras tomamos el sol en bikini. Su brazo ya está bien, lo cual me tranquiliza.
—¿En serio sigue preguntándote cómo estás?—Sí, se siente culpable por haberme atropellado. Aunque ya haya pasado un mes y esté recuperada del todo.
—¿Bueno, eso dice mucho de él no crees?
—Si claro, solo lo hace para que le quite la demanda. Es un capullo y para colmo, he descubierto que vive al lado mía.
—¿Enserio?
—Si, ahg lo odio. Bueno ¿y tú qué? ¿Sigue Rhett cabreado?
—Diría que sí, aún lo está. Me saca de mis casillas, es un ser inaguantable. No lo soporto.
—El sentimiento es mutuo, señorita. —Dice mientras está a unos metros, con sus gafas de sol, quieto, serio y con su traje de trabajo. No sé cómo no tiene calor, estamos a 37 grados.
Suelto un gruñido de molestia mientras Ava intenta reprimir una pequeña sonrisa.
Cierro los ojos disfrutando del sol cuando una sombra vuelve a ponerse entre el sol y yo.Es mi padre.
Ha estado un mes fuera por trabajo y ya está en casa, empiezo a ponerme un poco nerviosa, se lo que significa que haya vuelto.
Ava busca mi mano temblorosa y yo se la doy, apretándola con toda la fuerza que la ansiedad me deja.
Cuando ella está, la ansiedad retrocede. Su mano espanta el miedo mejor que cualquier palabra de mi padre.
— Hola hija. Te he echado de menos.
— Yo también, papa. — Me levanto para abrazarlo, mentira no es, lo he echado de menos, pero no a su actitud conmigo cuando vuelve.
Se va y vuelvo a sentarme, Ava busca mi mano de nuevo y yo aprieto la suya.
—¿Quieres que me quede?
—No te preocupes, todo estará bien.
Ella está al corriente de lo que ocurre con mi padre y siempre que la necesito está a mi lado.
Después de varias horas le digo a Rhett de acercar a Ava a su casa.
Una vez que la dejamos en su casa, a la vuelta, el teléfono de Rhett suena y puedo ver quien lo llama ya que tiene el teléfono conectado al coche, lo llama un tal Zayden Stone, ese es el mismo nombre que Ava me dijo cuando aquel tipo la atropelló.
Estoy a punto de decir algo cuando contesta y empieza a cantar cumpleaños feliz y Rhett se ríe, es la primera vez que lo escucho reírse.
Tiene una risa bonita.
— Felices 30, amigo.
— Gracias, amigo.
— ¿Quién lo diría eh? Tú cumpliendo 30 años, si no llega a ser por mí, hubieras muerto a los 23 cuando...
— Oye Zay, ¿después te llamo vale? Estoy conduciendo y estás en manos libres.
— Oh, joder. Lo siento mucho, Sisi llámame luego y felicidades de nuevo.
— Gracias bocazas.
—¿Qué te pasó a los 23? —Pregunto cuando cuelga.
—Me salvó la vida.
—¿Cómo?
—Eso no es asunto suyo, señorita.
—Ósea, que el mismo que te salvo la vida hace años, es el mismo que atropelló a mi amiga Ava.
—Fue un accidente.
—Sí, claro. —Digo por lo bajo y pega un frenazo haciendo que mi cuerpo se vaya hacia delante. Lo miro de mala gana mientras me pongo el cinturón y reanuda la marcha.
Para estar cabreado conmigo, le gusta bastante cabrearme.No lo soporto.
◆◆◆
Me despierto sobresaltada al escuchar como una botella se estampa contra el suelo. Trago saliva porque se lo que se viene, miro hacia el sofá de mi cuarto y Rhett no está.
¿Dónde está este imbécil cuando de verdad lo necesito?
Aprieto las sábanas con manos sudorosas y contengo la respiración. Sé cómo es él cuando está sobrio. Sé quién es mi padre. Pero ahora mismo, ese hombre no está aquí. Ahora mismo, solo está él.
—¡Mirella! — Pronuncia mi nombre con la voz oscura, con ese tono que me hiela la sangre. Lo escucho tambalearse, empujar algo con el pie.Cierro los ojos por un segundo. Solo uno. Quizás sin finjo que no estoy aquí...
—¡Mierda!
Otro golpe. Algo ha caído. El corazón me martillea en el pecho y lo veo aparecer en la puerta.
Maldito Rhett, ¿por qué ha tenido que quitar la maldita puerta?
Si la tuviera puesta, no lo estaría viendo ahora mismo. Si la tuviera puesta, estaría cerrada. Si la tuviera puesta, quizá este hombre no entraría.Lo veo, tiene la camisa desabrochada, barba de varios días y con la mirada perdida. Mi padre no es un mal hombre, pero este que tengo enfrente no es él.
—Todo es tu culpa.
Mi respiración se acelera.
—Papá...—No me llames así. —su voz se corta. Me mira y juro que por un segundo veo algo en sus ojos. Algo que duele, pero entonces parpadea y vuelve a ser él—. Si no fuera por ti, ella estaría aquí.
Mis piernas tiemblan.
—Dilo, joder. —Da un paso al frente, tropieza un poco, pero se recompone al instante—. Dilo, porque lo sabes tan bien como yo.
—Papá, por favor.
—¡Cállate! —Gruñe, con la mandíbula tensa. Se pasa la mano por la cara, como si estuviera harto, como si yo fuera lo último que quiere ver. —Siempre la misma mierda contigo. Siempre mirándome como si fuera un monstruo.
Me encojo un poco. No quiero verlo. No quiero escucharlo.
—¡Vamos, mírame! —Estampa el vaso que tenía contra el suelo, haciendo que se rompa el mil pedazos y me sobresalto dando un pequeño grito—. ¿Tienes miedo de mí, princesa? ¿Tienes miedo de tu padre?
La manera en la que dice princesa me revuelve el estómago. Suena como un escupitajo, suena cruel.
—No me hagas esto, papá. Por favor...
Él se ríe. Pero no es una risa real, es amarga.
—¿Yo? ¿Yo te hago esto? Eres tú la que me jodió la vida. Eres tú la que me deja solo, la que me ve como un problema. Pero dime una cosa, a dónde vas a ir, ¿eh? ¿A dónde?
Su pregunta me atraviesa como un cuchillo.
—Tienes todo, pero no tienes nada. ¿Te das cuenta? — Sonríe con la boca, pero sus ojos están vacíos—. Mírate, rica. Con todo pagado, con ropa que vale más que la gente gana en un mes. Pero no puedes irte.
Trago saliva con dificultad.
—No puedes escaparte, porque no tienes a nadie más que a mí.
No aguanto más, me levanto y salgo corriendo mientras las lágrimas caen por mis mejillas.
—¡No huyas de mí, Mirella!
Pero lo hago. Bajo las escaleras torpemente, apenas veo donde piso. Me duele el pecho y el aire no entra bien.
Abro el ventanal del salón y el aire de la madrugada me golpea, pero no me hace nada. Sigo corriendo hasta que mis piernas fallan haciendo que caiga de rodilla en la hierba.
No puedo respirar. No, por favor, ahora no.Todo es tu culpa. Eres tú quien me jodió la vida. No puedes escaparte, porque no tienes a nadie más que a mí.
Ojalá pudiera hacerlo. Ojalá pudiera irme de aquí.
—¿Qué te pasa? —Levanto la cabeza y lo veo allí, relajado, ojalá pudiera respirar ahora mismo como lo hace él, como si nada le importara. Lo odio.
—Déjame sola —contesto como puedo.
—Déjame ayudarte. —Se arrodilla frente a mí.
A buenas horas.
—No necesito tu maldita ayuda. —Aparto mi brazo bruscamente al notar que roza mi brazo para intentar calmarme.
—Mirella, por favor, déjame ayudarte. Aunque no me creas, no soy tu enemigo, al revés, estoy aquí para cuidarte.
—Y una mierda, estás aquí para controlarme.
—¿Eso crees?
—Es lo que llevas haciendo desde el primer día.
—Porque no cooperas conmigo. Ya te lo dije, trabaja conmigo y todo será más fácil.
—Entonces ponme la puerta, abre mi ventana y vete a dormir a tu cuarto.
—No. Ese es tu castigo por desobedecerme.
—¡¿Entonces que demonios quieres que haga?!
—Ya te lo he dicho, trabaja conmigo. Haz lo que yo te diga, cuando yo lo diga y tu cuarto volverá a ser el de antes.
—Y dejarás de controlarme.
—Eso no es negociable, Mirella.
Me callo y entonces me doy cuenta, puedo respirar mejor, la ansiedad está desapareciendo.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Cómo lo has hecho?
Suelta una sonrisa corta, casi no la veo. Casi.
—¿Ves lo que pasa cuando dejas de discutir conmigo? Podemos trabajar juntos.
—Sigues sin gustarme ni un poquito.
—No estoy aquí para ser tu amigo, no quiero serlo. Solo te propongo que dejemos de causarnos problemas y todo será más fácil, para los dos.
Nos levantamos casi a la misma vez, y vamos hacia mi dormitorio. El vaso roto sigue ahí, esparcido por todo mi cuarto y no escucho a mi padre, seguro estará dormido. Intento entrar en mi dormitorio, pero Rhett alarga su brazo delante de mi cuerpo, prohibiéndome el paso.
—Espera. —Dice, para luego cogerme en brazos, levantándome sin ningún esfuerzo, es fuerte, muy fuerte, mucho más de lo que había imaginado.
Sus brazos me sostienen con tal seguridad, como si yo no pesara nada, pero la realidad es que nunca había sentido tanta fuerza en alguien.
Lleva una camiseta fina de mangas largas, mucho menos ajustada que las camisas que usa para trabajar.
A través de la tela, puedo ver por el rabillo del ojo un tatuaje en su cuello, aunque no es posible verlo completo, porque se extiende más abajo.
Sus ojos grises me miran con una intensidad que me incomoda, y su pelo revuelto da la sensación de que no ha pasado mucho tiempo desde que se levantó.
Su mandíbula está marcada, dándole un aire de dureza, y sus pestañas largas parecen una burla, como si todo en él estuviera diseñado para hacerme sentir incómoda.
La barba, perfectamente cuidada, acentúa sus facciones, y por un momento, me olvido de lo mal que nos llevamos.Me olvido hasta que me deja caer en la cama y sus brazos ya no me sostienen.
Parpadeo y vuelvo a la normalidad, él sale de mi habitación y abro el cajón, me tomo una pastilla para poder dormir.
Pero mi cabeza sigue dando vueltas y la última pregunta que me hago antes de que poder quedarme dormida es, ¿Cómo ha conseguido calmar mi ansiedad tan rápido, cuando ni yo misma sé cómo hacerlo?