Capítulo 4.
Rhett.
—No. —Le repito por quinta vez con la misma firmeza.
—¿Pero porque no? —Repite por sexta vez, con la misma insistencia.
—Pues porque no y punto.
—Pero van a ir todas mis amigas.
—Por mí como si va el mismísimo unicornio de los arcoíris, tú no vas a esa fiesta y punto.
—No es una fiesta, es un festival.
—Ah. Bueno, sí solo es un festival —hago una pausa, viendo como intenta reprimir una sonrisa — no vas a ir con más razón.
La sonrisa desaparece en décimas de segundos. Cuando se enfada frunce el ceño y me mira como si quisiera asesinarme, es muy expresiva.
—¿Pero porque no?
Respiro con frustración.
—Bueno ¿y a ti porque te cuesta tanto seguir mis órdenes sin quejarte? Te he dicho que no y punto. Yo ordeno y tu obedeces, esto es así de simple.
Suelta un gruñido, se cruza de brazos y se va hacía su cuarto golpeando el suelo con zancadas como si fuera una niña pequeña en pleno berrinche.
Me hace gracia cuando se enfada, lo que ocurre las veinticuatro horas del día, lo que empieza a cansarme un poco, aunque para ser sinceros esto es lo más cerca de una conversación normal que hemos tenido.
Me da pena que no vaya a ese festival, de verdad que sí, tampoco soy un monstruo y si fuera una discoteca, la llevaría sin problema, me da igual, pero a un festival no.
Ni de coña.
Ese tipo de fiestas se hace al aire libre y podía irse con facilidad con dios sabe quién, podían secuestrarla o hacerle daño con bastante facilidad y más aquí, en Australia.
Generalmente, Australia no es peligroso, pero en todos los países hay zonas peligrosas y Blacktownn es uno de ellos, ¿es que acaso aquí en Sídney no hay sitios donde ir? Y lo más importante, no hay peligro.
No es que me de miedo ir a Blacktown pero no está en mis planes llevar a Mirella allí para que salga herida, no me da la gana.
Después de varias horas decido subir a ver como está, ya es de noche y no ha bajado desde entonces. Tanta tranquilidad me inquieta. Llamo a su puerta y entro, está tumbada en la cama, tapada hasta arriba.
—Mirella...
No responde.
—Escúchame, lo hago por tu bien. Puede pasarte cualquier cosa con gran facilidad. Sé que pensaras que soy un controlador, pero lo que hago es protegerte, es mi trabajo y —hago una pausa, me cabrea que cuando hablo no me miren a los ojos. —Mirella, ¿me estás escuchando?
Retiro la sabana y lo único que veo es una almohada grande con una peluca morena.
Será cabrona.
—No tienes ni puta idea de lo que acabas de hacer —digo cogiendo la melena apretándola con fuerza.
Para suerte para mí se dónde está ese puto festival.
Así que salgo hacia el coche echo una furia y conduzco hasta llegar.
Es de noche y lo único que puedo ver es a un centenar de adolescentes borrachos que les cuenta andar con normalidad. Parecen putos patos mareados.
Espero que Mirella no esté así.
Camino entre la multitud, ignorando algún que otro comentario sobre alguna adolescente sobre mi físico y miro hacia todos lados buscándola.
Camino y camino hasta que por fin la veo, está apartada de todos con un grupo de chicas, examino al grupo en milésima de segundos y joder, veo a una chica con el brazo escayolado.
Espero que no sea a la que Zayden atropelló, y si es así, espero que Mirella no sepa nada porque si no, siento que mi relación con Mirella será más insoportable de lo que ya es. Estoy caminando hacia ella con pasos largos y firmes hasta que me detengo en seco, ella no me ve, pero yo a ella sí.
La veo bien, no está borracha y también la veo...
¿feliz? Está sonriendo y puedo decir que tiene una sonrisa muy bonita, está relajada.
Nunca la había visto así, y por un segundo me pienso si arruinarle la fiesta o quedarme aquí, observándola de lejos mientras veo como ilumina todo a su alrededor con una simple sonrisa.
Pero ¿qué...? es una niña caprichosa que se merece un buen castigo por desobedecerme.
Así que reanudo mis pasos hasta quedar en frente de ella.
—No me jodas —suelta por lo bajo antes de levantar la cabeza para mirarme.
—¿Te lo estás pasando bien?
—Hasta hace un momento sí.
—Me alegro, porque se te ha acabado la fiesta. Nos vamos.
—No me voy a ir a ningún lado.
—Vamos para el coche.
—No.
—Vamos. Para. El. Coche. —Pronuncio cada palabra con un tono de peligro, está acabando con mi paciencia.
Ella no dice nada, solo se queda mirándome mientras se lleva el vaso a la boca y se termina lo que hay en él.
Respira, Rhett.
—Tienes dos opciones. O vas para el coche por tu propio pie o te llevo yo. Tú eliges.
Ella sigue en silencio. Fantástico. Como si el concurso de quién saca más de quicio al otro siguiera en marcha. Aprieto la mandíbula mientras sus amigas miran el espectáculo como si fuera una escena postcréditos de una serie de Netflix.
Se da la vuelta, se agacha para coger una botella y echarse algo en su vaso, pero se lo quito tirándolo al suelo y pisándolo haciendo que se parte por todos lados.
El vaso estalla como mis ganas de razonar con ella.
Una amiga se acerca para quitarle la botella y da un paso atrás para volver al lado de las demás mientras siguen observando la escena entrelazadas de brazos unas con otras.
Chica lista.
—¡¿Qué demonios haces?! Ese vaso me ha costado un dinero ¿sabes?
—Ya me he cansado, nos vamos.
Y sin más, la cojo y me la echo al hombro como si fuera un saco. Un saco caro, chillón y con uñas. Ella empieza a darme golpes en la espalda con sus puños, que más que doler, hacen que me pregunte si lleva anillos o si está intentando darme un masaje.
Doy dos pasos y entonces, suena un disparo. Ella grita. Yo freno.
—¿Qué ha sido eso?
Joder, lo sabía. Como odio tener la maldita razón.
—Un disparo.
Me vuelvo para mirar a sus amigas y le hago una señal para que me sigan, lo hacen y bajo a Mirella pero sin soltarla, la tengo agarrada del brazo.
Ella es mi prioridad.
Con mucho cuidado, las guío hasta el coche y por suerte nadie sale herida. Al menos, no por ahora. El trayecto hacia la casa de sus amigas es un silencio pesado e incómodo.
—Muchas gracias por traerme, Rhett. —Dice Ava, antes de desabrocharse el cinturón y abrir la puerta del coche.
—De nada. — Digo cortante mientras aprieto el volante con una mano y con la otra aprieto el cambio de marcha.
Cuando cierra la puerta, piso el acelerador y Mirella se pone el cinturón por la velocidad a la que voy.
—¡¿Quieres matarnos o qué?! —Grita agarrándose a la puerta.
—No sé, dímelo tu. — meto otra marcha y conduzco más rápido—.
Te dije que no ibas a ir a ese maldito festival y lo que haces es escaparte por la ventana como una niña traviesa, ¿Qué hubiera pasado si no hubiera ido a tu cuarto para disculparme y darme cuenta de que no estabas?
¿Qué hubiera pasado si te hubieran disparado en ese puto festival? ¡Eh! — Grito furioso.
—Lo siento. —Dice bajo, mientras veo por el retrovisor como agacha la cabeza, me está empezando a dar pena, pero no puedo dejarlo pasar, si le hubiera pasado algo por su insolencia no podría perdonármelo.
Suficiente culpa cargo ya como para tener otra más por el resto de mi vida.
—Si lo que querías era que estuviera pegado a ti como a una puta lapa. Felicidades, lo has conseguido.
—¡¿Qué?!
—Vas arrepentirte por haberte escapado para irte a ese maldito festival.
Ella no vuelve a decir nada y yo tengo más claro que nunca que Mirella Morgan va a causarme bastantes dolores de cabeza.