UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 3.
5%

Capítulo 3.

Mirella.

Cuando llego a casa, lo primero que hago es encerrarme en mi cuarto, no quiero salir, no quiero tener que verle la cara a Rhett. No lo soporto. Este hombre me saca de quicio con solo existir.

Así que pongo cualquier cosa en el ordenador, ni siquiera miro el qué. Solo quiero que suene algo, lo que sea, con tal de no escuchar el puto silencio. Solo quiero que el ruido me haga compañía.

Después de un rato, mi teléfono vibra. Es Ava.

Es una foto, y joder, tiene un brazo inmovilizado por un cabestrillo.

La llamo sin pensarlo.

—¿Qué te ha pasado? —Digo nada más saber que me ha contestado la llamada.

—Un capullo me ha atropellado.

—Pero ¿estás bien?

—Sí, solo tengo un brazo roto.

—¿Quieres que vaya a verte?

—No te preocupes, estoy bien, además acabo de tomarme el medicamento y me está entrando un poco de sueño.

—Está bien, pero si necesitas algo solo tienes que llamarme, ¿vale?

—Lo sé, nena. Mañana hablamos.

—Hasta mañana.

El sueño empieza apoderarse de mí y me meto bajo las sábanas para rezar por una noche sin pesadillas.

—¿Estás bien? —Pregunta mi padre al otro lado del teléfono.

—Sí, papá. No te preocupes, no es la primera noche que me quedo sola en casa ¿sabes? Ya te has ido más veces por trabajo. —Es increíble que mi relación con mi padre mejore cuando se vaya lejos por trabajo, lo prefiero. Porque no me gusta cómo me trata cuando está en casa.

Es triste, pero cierto: lo prefiero lejos, trabajando, que, en casa, bebiendo y soltando frases que duele más que cualquier golpe.

Ojalá pase más tiempo fuera por trabajo que aquí en casa bebiendo.

—Sí, pero esta vez es diferente. Debo ponerte a alguien quien te cuide mientras yo no esté.

—Claro que no. Todo está bien, lo prometo.

—Está bien, hija. Bueno tengo que colgar, te quiero.

—Te quiero.

Me meto en el cuarto y cierro con llave, sinceramente me da un poco de miedo quedarme sola en estos momentos, pero no quiero preocupar a mi padre y mucho menos que ponga a alguien para que me cuide.

Tengo veinte años, ya estoy mayorcita como para que alguien cuide de mí, siempre me he cuidado sola, no necesito a nadie, aunque no puedo evitar sentir algo de miedo. Aunque no se lo diré a nadie, claro.

No quiero parecer débil.

No tardo en quedarme dormida sin antes revisar que la ventana de mi cuarto está bien cerrada.

Cuando me desvelo, veo el reloj y son las 3.00, me dejo caer con brusquedad sobre el colchón y miro el techo. Siento un poco de frío y miro hacia la ventana instintivamente.

El corazón empieza a latirme con bastante fuerza.

Boom. Boom. Boom.

Está abierta, ¿porque cojones está abierta? Cuando yo la había cerrado. Me levanto de la cama de un salto y voy hacia la puerta, también está abierta.

Joder, ¿qué hago?

No quiero llamar a mi padre, no quiero preocuparlo. Así que intento cerrar la puerta cuando escucho que la puerta de mi cuarto de baño se abre con cuidado, me giro y veo a una persona completamente vestido de negro y solo puedo verle los ojos, porque tiene la cara tapada.

Salgo corriendo y cuando llego a las escaleras, él me agarra por el brazo y empieza a zarandearme, yo intento liberarme de su agarre por unos largos segundos, pero es fuerte. No dice nada, solo me mira e intenta hacerme daño.

Un impulso de valentía me consume y le doy un rodillazo en sus partes, lo que hace que me suelte con brusquedad y pierdo el equilibrio, caigo hacia atrás y salgo rodando escaleras abajo.

Quiero frenar la caída, pero al plantar mi mano en el borde de un escalón me doblo la mano y mi cuerpo cae sobre él provocando un crujido detrás de un grito de dolor.

Ah, joder.

Me he roto la mano.

Cuando llego al suelo, intento ponerme de pie, pero siento un fuerte golpe en el costado, me ha dado una patada haciéndome rodar y caigo boca arriba, veo como coje un jarrón y lo estampa contra mi cabeza.

Y antes de desmayarme, vuelvo a ver sus ojos.

Son de color...

—¡No! Tranquila Mirella, respira. Uno, dos.

Me concentro en mi respiración por varios minutos hasta que consigo calmarme. Esta vez he podido controlarla.

Menos mal.

Por esta noche, la ansiedad no ha podido conmigo.

Por ahora.