Capítulo 2.
Rhett.
Llevo dos semanas aquí y puedo decir que dicha persona de un metro cincuenta, ojos marrones y con un septum plateado que le da ese aire de chica rebelde que no soporta órdenes—cuyo nombre es Mirella Morgan— no hace otra cosa que ponerme de los nervios.
Pero no en plan bien, no. Si no en plan de que me entran ganas de amarrarla a la silla y taparle la boca con un esparadrapo para no tener que escuchar su voz de repipi, mientras yo me permito un poco de descanso.
Cosa que no estaría bien visto al ser su guardaespaldas —y considerando que todavía tiene un brazo roto—, no quedaría precisamente bien.
¿Qué es lo que le habrá pasado? A saber lo que ha hecho para que su padre necesite un guardaespaldas para su hija malcriada con tanta urgencia.
—Necesito que me lleves a un sitio —dice al entrar en la cocina.
—Buenos días a ti también —digo mientras me agacho con rapidez las mangas de mi camisa para que no vea mis brazos. —¿A dónde quieres ir?
—Tengo revisión con mi médico para el brazo.
Asiento mientras me levanto tomando el último sorbo de café y le hago una seña para que se dirija hacia el coche, le abro la puerta y se monta sin decir ni un "gracias".
Conduzco mientras veo por el retrovisor que está pegada a su teléfono y no sé porque, pero me han entrado muchas ganas de hacer lo que estoy a punto de hacer.
Piso el freno y el coche se para en seco con brusquedad haciendo que el teléfono se le caiga debajo de mi asiento.
Sonrío para mis adentros mientras ella suelta un grito ahogado.
—¡¿Pero qué demonios te pasa?! —Su voz cargada de rabia.
No respondo enseguida. Vuelvo a conducir con calma, como si nada hubiera pasado. A través del retrovisor, la veo forcejeando torpemente para intentar recuperar su teléfono... con un solo brazo.
—¿Sabes qué es gracioso? —Pregunto, mirándola fingiendo curiosidad—. No sé cómo te rompiste el brazo, pero no me sorprendería si fue por estar pegada a este aparato todo el día.
Lo recojo con calma y lo hago girar entre los dedos. Lento. Desesperante.
—Devuélveme el teléfono.
—Deberías intentar vivir sin él un rato. A lo mejor hasta descubres que hay un mundo fuera de la pantalla.
—Dame. Mi. Teléfono.
Ella lanza un bufido de pura rabia, y por un segundo creo que va a intentar arrancármelo de las manos, pero con un solo brazo lo tiene difícil.
Sonrío.
—Eres un imbécil.
—Y tú una adicta —le respondo con una ceja levantada.
Con un gesto despreocupado, le lanzo el teléfono sobre su regazo.
—Abróchate el cinturón. No quiero explicarle a tu padre por qué su hija se rompió el otro brazo.
Se lo abrocha con tanta rabia que suena como si fuera un disparo.
Piso el acelerador y sonrío.
Esto va a ser divertido.
Cuando llegamos al hospital, entra en la sala nada más entrar. Se nota que es un hospital privado.
Igualito que un hospital público, es increíble —y hasta frustrante— lo bien que funciona todo cuando hay dinero de por medio.
Puto dinero.
Estoy de pie junto a la puerta de la sala donde se encuentra Mirella cuando veo a la persona que me salvó la vida hace años, Zayden Stone; mi mejor amigo, viniendo hacia mí con su metro noventa y dos y una sonrisa amplia.
—¿Qué haces aquí? —Pregunta mientras nos estrechamos las manos.
—Trabajar, la clienta a la que has asignado es una joyita.
—Vamos, no es para tanto. Solo es una niña que necesita ayuda.
—Sí, y tremendamente insoportable.
—Rhett, pórtate bien, eres uno de mis mejores empleados.
—Soy tu mejor empleado.
—Touché.
—¿Y tú que haces aquí?
Se rasca la nuca nervioso.
—He atropellado a una muchacha.
—¡¿Qué?! Pero ¿está bien?
Él suelta un suspiro y asiente lentamente.
—Sí... más o menos.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que más o menos?
—Está consciente, se mueve, habla... pero está furiosa.
—Pues claro que está furiosa, ¡la atropellaste!
Se rasca la nuca de nuevo, incómodo.
—Fue un accidente. Salió de la nada y ahora no deja de gritarme.
Suelto un bufido y cruzo los brazos.
—¿Dónde está?
Él apunta con el pulgar por encima del hombro hacia una sala al final del pasillo.
—La están atendiendo.
Frunzo el ceño mirando en la dirección que señala. Al final del pasillo, la puerta de la sala está entreabierta, dentro se escuchan voces apagadas y el sonido metálico de instrumental médico.
—¿Qué pasó exactamente?
Él suspira, pasándose una mano por el rostro.
—Salió de la nada, te lo juro. Apenas tuve tiempo de frenar. Cayó mal y... bueno, su brazo no se veía bien.
—Genial —mascullo, sintiendo un peso en el pecho—. ¿Y qué te dijo?
—Que soy un capullo, un peligro al volante y que, si no fuera porque le duele todo, me golpearía en la cara.
No puedo evitar una pequeña sonrisa.
—Suena como que está bien.
—O como que va a demandarme en cuanto salga de ahí.
Le doy una palmada en el hombro.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Hago el ademán de caminar hacia la sala, pero él niega con la cabeza.
—Voy a ver cómo está —dice, girándose hacia la otra sala y dejándome solo en el pasillo.
La puerta se abre y sale Mirella.
Y ahí está, con esa expresión de fastidio absoluto que me dedica cada vez que me ve. Pero lo que realmente me hace fruncir el ceño es su brazo.
Ya no está inmovilizado.
—Nos vamos —dice, tajante, sin mirarme demasiado.
Parpadeo, confundido.
—¿Y tú brazo?
Ella suspira con desgana, como si hablarme le diera dolor de cabeza.
—No es asunto tuyo.
Aprieto la mandíbula.
Por supuesto que es asunto mío. Soy su guardaespaldas, se supone que debo estar al tanto de su estado. Pero discutir con Mirella es como discutir con una pared de acero; terca e insoportable.
Así que no pierdo el tiempo. Solo asiento y la sigo.
El camino de regreso es un infierno de silencio tenso. Ella va con los brazos cruzados, la mirada fija al frente, ignorándome.
En cuanto llegamos, desaparece en su habitación y no vuelve a salir en todo el día.
Mejor así.
Yo tampoco tengo ganas de verla.
Cuando cae la noche, el aire en la casa se siente pesado. Asfixiante. Me obligo a salir al jardín para despejarme, pero ni siquiera el viento fresco logra calmarme.
Me paso una mano por la cara, exhalando con frustración.
¿Por qué demonios no deja de darme vueltas en la cabeza? No la soporto.
Y, sin embargo, aquí estoy. Preguntándome, otra vez, qué demonios le habrá pasado para necesitar un guardaespaldas como yo.
Otra vez.