Capítulo 1.
Mirella.
Estoy sentada en el jardín con los ojos cerrados sintiendo como el sol golpea mi cara, me concentro en mis respiraciones como me dijo Ava, mi mejor amiga.
Inhalo, exhalo. Una y otra vez, hasta que noto como alguien se interpone entre el sol y mi cara, y lo único que puedo sentir ahora mismo es frío y oscuridad.
Abro los ojos y es mi padre.
—Ven, quiero presentarte a alguien —dice extendiendo su mano hacia mí.
Extiendo la mano hacia la suya. Me ayuda a incorporarme y, con suavidad, ajusta el cabestrillo de mi brazo izquierdo, el que me rompí hace un mes en circunstancias que preferiría olvidar.
—¿A quién vas a presentarme? — Le pregunto curiosa, mientras caminamos hacia la puerta de casa.
—Ya lo verás.
En ese momento, lo veo. Un hombre altísimo, imponente, con un cuerpo que parece forjado para romper cualquier cosa que se le cruce.
Mide al menos un metro ochenta y cinco, sus ojos grises reflejan algo misterioso y su ropa no es más que una extensión de su ser: perfecta, ajustada, como si se tratara de un modelo o alguien de gran poder.
—Este es Rhett O´Connor—dice mi padre, guiándome hacia él—. Y va a ser tu guardaespaldas.
¿Mi qué?
—¿Un niñero? —Mi tono sale tan alto que hasta me sorprendo.
Mi padre me lanza una mirada severa, como si supiera exactamente lo que estoy pensando, pero no responde de inmediato.
—No es un niñero, si no un guardaespaldas y cuidará de ti. —Replica, con firmeza.
Pues eso, un niñero.
—¿Qué? En serio… —Esto tiene que ser una broma. No puedo evitar sentirme como una niña enjaulada por alguien que ni siquiera conozco.
—¿Quieres que te recuerde lo que pasó la última vez, Mirella? —Mi padre dice esas palabras con una gravedad que me hace tragarme las palabras que estaba a punto de decir. La última vez... lo recuerdo. No quiero recordarlo, pero lo sé. La última vez que estuve sola, las cosas no salieron bien.
—No —mi voz se suaviza al instante, como si la simple mención de ese episodio fuera suficiente para hacer que el miedo regrese.
En ese momento, Rhett se acerca un paso más y me observa, sus ojos fijos en mi brazo roto, como si hubiera notado el cabestrillo desde el principio.
—¿Qué te ha pasado? —Su voz es baja, casi indiferente, pero con algo de curiosidad.
Me tenso de inmediato. No quiero hablar de eso, no quiero que se entrometa en algo tan personal.
—¿Y a ti qué te importa? —Respondo con un tono más cortante de lo que hubiese querido.
Pero en vez de verlo molesto, lo único que veo es como intenta reprimir una sonrisa arrogante, en modo de burla.
Mi padre interrumpe nuevamente, evitando que el ambiente se vuelva aún más incómodo.
—Vas a estar con él todo el tiempo, Mirella —dice mi padre, dirigiéndose a mí—. Es por tu propio bien.
—No me gusta — respondo, bajando el tono, pero firme.
—Te acostumbrarás, cariño —responde mi padre, con una sonrisa que intenta calmarme, pero que no lo logra en lo más mínimo.
Te acostumbrarás. Tss, si claro.
Rhett no dice nada, pero puedo ver que algo en él ha cambiado. Su postura se vuelve más rígida, como si estuviera esperando que dijera algo más. Pero no lo hago. ¿Para qué? Ya está aquí, y no tengo más opción que aceptarlo.
Con una última mirada hacia mi padre, me doy la vuelta y me alejo de ellos, hacia mi dormitorio. Mis pensamientos son un torbellino. No quiero a Rhett cerca, no quiero a un niñero arrogante detrás de mi todo el tiempo.
Me siento en el borde de la cama y, con una mirada cansada, saco el móvil. La llamada a Ava es casi automática, como un escape de todo lo que acaba de suceder.
—¡Ava! —Mi voz está cargada de incomodidad—. Mi padre me ha puesto a un puto niñero.
A través de la línea, escucho la carcajada de mi amiga.
—¿En serio? ¡No me digas! ¿Y cómo está ese "niñero"?
—Imponente, seguro. Pero no me gusta. —digo, cruzando los brazos, sintiendo la rabia fluir—. Es arrogante y...
La puerta se abre sin previo aviso, y Rhett entra en la habitación. No le he dicho que pueda entrar, pero parece que no le importa.
—No soy un niñero —responde con desdén—. Y tampoco soy un "puto", por muy bueno que esté.
Mis ojos se abren como platos y mi mandíbula se desencaja, sorprendida por el descaro del tipo. Me levanto de inmediato y me acerco a la puerta, molesta.
—Vaya, y aparte de no tener humildad, tampoco tienes educación —digo cortante y desafiante—. ¿Es que tu madre no te enseñó que hay que llamar a la puerta antes de entrar?
Puedo sentir cómo la atmósfera cambia. Él me observa fijamente, y hay algo peligroso en sus ojos, su mirada se oscurece y su mandíbula se tensa.
—Vaya, parece ser que no te gustan que te nombren a mami, ¿eh?
—No vaya por ahí, señorita —responde de nuevo, dando un paso hacia mí, intimidante—. Está pisando terreno altamente peligroso.
—¿Me estás amenazando? —Pregunto, alzando una ceja, mirando sus ojos con una mezcla de curiosidad y desafío. Lo que me dice me molesta, pero al mismo tiempo, hay algo en su tono que me hace querer seguir provocándolo.
Él no se inmuta, sus ojos grises siguen fijos en los míos, y su rostro sigue implacable, pero hay algo en la forma en que se acerca que me hace darme cuenta de que no está jugando.
—No te estoy amenazando —responde en un susurro, ahora más cerca de mí, su aliento rozando mi piel. Siento un escalofrío, pero lo mantengo en silencio—. Te estoy advirtiendo, Mirella. Y es mejor que me escuches.
Su tono es bajo, pero firme. No es una petición. Es una orden disfrazada de consejo.
—¿Escucharte? —Me cruzo de brazos, intentando no dejarme intimidar—. No me digas qué hacer.
Sus labios se curvan apenas en una media sonrisa.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer.
Doy un paso atrás, pero él avanza al mismo ritmo, manteniendo la distancia mínima entre nosotros.
—Vas a seguir mis órdenes, quieras o no. Porque a partir de ahora, Mirella, no tienes opción.
Sus palabras me irritan. Su seguridad, su tono autoritario…
—No tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer.
—Claro que lo tengo —su voz es más baja, más intensa—. Tu padre me contrató para protegerte, y lo haré a mi manera.
—No. Necesito. Protección.
—Tú no decides eso. —Se inclina apenas hacia mí, sus ojos fríos como el acero—. Así que más te vale empezar a acostumbrarte.
—No me gustas.
Rhett alza una ceja y esboza una sonrisa ladeada, pero no hay calidez en ella.
—Yo le gusto a todo el mundo.
Ruedo los ojos.
—Mira, no sé qué te ha dicho mi padre, pero no te necesito.
Rhett ni siquiera parpadea.
—Vas a hacer todo lo que yo te diga.
Su tono es firme, autoritario. Frunzo el ceño.
—¿Me estás escuchando?
—Porque si no lo haces, lo haré todo más difícil para ti.
No, no me está escuchando.
Da un paso hacia mí, imponente.
—No estoy aquí para ser tu amigo ni para que nos llevemos bien. Estoy aquí para asegurarme de que nada te pase, y créeme, haré lo que sea necesario para que estés a salvo.
Su tono frío hace que me cruce de brazos con más fuerza.
—Si te digo que te subas al coche, lo haces. Si te digo que te quedes en casa, obedeces. Si te digo que no hables con alguien, no lo haces. No estoy aquí para discutir contigo, así que será mejor que cooperes.
Lo miro fijamente, odiando cada palabra que sale de su boca.
—Eres un controlador de mierda. No me gustas ni un poquito.
Él esboza una sonrisa ladeada, pero no hay diversión en ella, solo determinación.
—No tengo que gustarte —dice con total serenidad—. Solo tienes que seguir mis indicaciones.
Resoplo.
—¿Y qué pasa si no lo hago?
Su expresión no cambia, pero hay algo en su mirada que me dice que no me conviene desafiarlo.
—Entonces lo haré más complicado para ti —responde con naturalidad—. No te quitaré los ojos de encima, me aseguraré de que no hagas nada imprudente y, si es necesario, estaré pegado a ti las veinticuatro horas del día.
Lo miro con recelo.
—No puedes estar hablando en serio.
—Pruébame —contesta sin pestañear.
La tensión entre los dos es tensa. Su actitud me saca de mis casillas, pero algo me dice que discutir con él no me llevará a ninguna parte.
—Haz lo que quieras, pero no esperes que te haga las cosas fáciles.
—No lo espero —afirma con una leve sonrisa, como si ya supiera que, al final, acabaré haciendo lo que él dice.
Aprieto los dientes y me giro, dándole la espalda antes de que pueda ver cuánto me irrita. Esto solo acaba de empezar, pero sé que Rhett O’Connor y yo no nos llevaremos nada bien.