Capítulo 15
En relación con su carta STOP Nolan recibirá una recompensa STOP La entregaré en persona STOP
A penas capaz de respirar, Audrey leyó el telegrama dirigido al sheriff Dodd y firmado por un general de Washington City. Quería salir corriendo de la oficina de telégrafos y precipitarse al pueblo, gritando la noticia por el camino… y mucho más.
—Ahora podemos construir nuestra casa.
Pero no podía decírselo a nadie salvo al sheriff. Él tendría el privilegio de darle la noticia a Sam.
Y cuanto antes la recibiera, mejor.
Audrey se bajó del taburete y abrió la puerta de un tirón.
—¿Charlie? —Le mostró el telegrama—. Por favor, entrega esto de inmediato. Y no se te ocurra leerlo.
—No, señorita Audrey, ya sabes que ahora mismo no puedo entregar telegramas. El tren de la tarde llegará en cualquier momento.
—Pero esto es importante.
—¿Ah, sí? —Charlie esbozó una sonrisa—. Quizá deberías llevarlo tú misma.
—Sabes que no puedo salir de la oficina hasta que llegue Danny.
—Y va más lento que el tren en una tormenta de hielo. —Charlie miró hacia el final de la calle—. Ni rastro de él.
—Todavía no llega tarde.
No tenía que presentarse hasta dentro de un cuarto de hora. Para cuando llegara y ella pudiera ir al pueblo, Dodd ya habría salido de su oficina. Tendría que ir a buscarlo.
Audrey se impacientó por la demora y luego se rio de sí misma. Habían esperado dos meses para saber si Sam recibiría realmente la recompensa por el oro. Podían esperar una hora más.
Por supuesto, quién sabía cuándo llegaría el general con el dinero. La cantidad que había mencionado el sheriff la había dejado atónita. Con ella podrían construirse una bonita casa.
También podrían comprar una granja, y esa idea todavía hacía vacilar a Audrey.
Sabía que Sam seguía queriendo tierras, muchas tierras, y que aquella parcela junto al río continuaba en venta.
No dejaba de repetirse que no estaba demasiado lejos del pueblo ni demasiado aislada de los demás, pero no servía de mucho.
Ya se sentía cómoda estando sola, aunque prefería no estarlo, y seguía dudando de que pudiera sentirse satisfecha siendo la esposa de un granjero.
Muchas veces durante los dos últimos meses había pensado que quizá debería decirle a Sam que buscara una mujer que quisiera ser la esposa de un granjero, alimentar gallinas y ordeñar vacas, dar de comer a los cerdos y hacer conservas de verduras.
Bueno, hacer conservas sí le gustaba.
Ahora que todo parecía indicar que las cosas saldrían bien, Audrey se quedó contemplando el telégrafo mientras esperaba a Danny y se preguntó si quizá no quería a Sam lo suficiente para casarse con él sin importar dónde vivieran.
Le había dicho que lo querría toda la vida, pero, si no era capaz de ser feliz independientemente de sus circunstancias, tal vez estuviera equivocándose.
Con un nudo en el estómago, saludó a Danny, cogió el telegrama y se dirigió a la oficina de Dodd tan deprisa como pudo sin dejar de comportarse como una dama. A través de la ventana lo vio sentado ante su escritorio, examinando unos carteles de «Se busca».
—Por si alguno de estos hombres pasa por mi pueblo —le explicó mientras apilaba los carteles—. ¿En qué puedo ayudarte, señorita Audrey?
—Un telegrama. —Se lo entregó.
Dodd lo leyó y soltó un silbido.
—El propio general. Vaya, ¿quién lo habría imaginado? Supongo que debería ir corriendo a decírselo a Sam.
—Por favor, hazlo. —Audrey se abrazó a sí misma—. Estará en la tienda.
—Sí, señora. —Dodd esbozó una sonrisa—. Y déjame ser el primero en felicitarte.
—¿Por qué?
Dodd soltó una carcajada.
—¿Por qué? Eso digo yo. Vete a casa y ponte guapa. Supongo que más tarde recibirás una visita.
Audrey se echó a reír e hizo lo que él le había sugerido. Se peinó y se recogió el cabello. Se colocó un cuello nuevo alrededor del escote. Después se sentó en el porche delantero para disfrutar del cálido aire del atardecer y esperó.
Pasaron treinta minutos.
Le parecieron treinta horas.
Repasó las palabras de Dodd y pensó en lo avergonzados que se sentirían Sam y ella si finalmente no se casaban.
Todo el mundo esperaba que acabaran dando el «sí, quiero».
Ella también esperaba que se casaran pronto.
Incluso se había confeccionado el vestido de novia sin decírselo a nadie salvo a Jess y Natalie, a quienes había hecho prometer que guardarían el secreto.
No creía haber sido presuntuosa, pero ahora que había llegado el momento, quizá Sam tuviera otros planes.
Primero quiero que mi granja prospere —se imaginó que diría—. Tú dijiste que me esperarías.
Ella había dicho algo parecido.
Qué tonta había sido al hacer una promesa así. Quién sabía qué excusa se le ocurriría para aplazar su boda.
¿O quizá estaba tan asustado como ella?
Audrey se puso en pie de un salto, dispuesta a refugiarse en su habitación. Entonces vio a Sam acercándose a grandes zancadas y volvió a sentarse.
Sam subió de un salto los escalones del porche de la señora Willoughby y se dejó caer en el asiento junto a ella.
Estaba sin aliento, como si hubiera recorrido corriendo todo el camino, y traía consigo los aromas de la tienda: canela, clavo y café recién hecho.
Audrey aspiró aquellas intensas fragancias y esperó a que hablara.
—Acabo de recibir buenas noticias —dijo él entre risas—. Aunque tú ya lo sabes, ¿verdad?
—Sí. —Audrey le sonrió radiante—. Enhorabuena. Y viene un general a entregarte la recompensa en persona.
—No es que venga. —Sam negó con la cabeza—. Ya está aquí. Ha llegado en tren. Parece que ha comprado una granja en la zona para vivir con su familia cuando se retire del ejército, así que se ofreció a entregar la recompensa personalmente.
—¿Ha comprado una granja aquí para cuando se retire? —Audrey no pudo ocultar el asombro—. ¿Dónde está?
Sam contempló el arce del jardín delantero de la señora Willoughby.
—En el terreno que visitamos en abril.
—¿El que tú querías?
—Sí. —Su voz se mantuvo neutra.
—Vaya, Sam, eso es… eh…
Le costaba decir que era una noticia terrible.
Para ella, desde luego, no lo era.
—No pasa nada. —Sam estiró sus largas piernas hacia delante, como si se dispusiera a mantener una larga conversación—. He encontrado otra propiedad a unas quince millas de aquí.
—¿Quince? —La voz de Audrey salió más aguda de lo que pretendía.
Se aferró al borde de la silla, recordándose que todo iría bien cuando se casara con el hombre al que amaba, el hombre que el Señor había elegido para ella.
—Por supuesto, primero habría que desbrozarla y labrarla. Hay muchas piedras. —Sam se encogió de hombros—. Calculo que dentro de uno o dos años podríamos construir algo allí.
—¿Uno o dos años? —Audrey frunció el ceño—. Es mucho tiempo, ¿no?
—No si lo comparas con la etern… —La voz se le quebró y se echó a reír—. Audrey, no pongas esa cara de horror. Te estoy tomando el pelo.
—¿No vas a comprar un terreno tan lejos del pueblo? —preguntó ella, volviéndose hacia él.
Los ojos de Sam rebosaban amor y alegría.
—No, querida. Voy a comprarle al señor MacKenzie la tienda y la caballeriza.
—Pero tu granja… La deseabas más que nada en el mundo.
—Tanto que comprendí que tenía que renunciar a ella. Y cuando surgió la oportunidad de comprar el negocio y tener una esposa a la que le gusta más vivir en el pueblo, supe lo que debía hacer. —Se inclinó hacia ella y le tomó la mano—. Eso, claro, si quieres ser mi esposa.
—Sabes que sí.
Audrey se inclinó hacia él y lo besó sin importarle quién pudiera estar mirando.
—¿Cuánto tiempo necesitas para organizar una boda?
—Puedo tenerla preparada en una semana. ¿Cuánto tiempo necesitas tú para construirnos una casa?