Capítulo 14 #2
Sin embargo, no sabía cómo iba a conseguirlo.
Aunque había logrado rescatar el arado del incendio, había quedado chamuscado.
Además, era viejo y pesado, nada que ver con los arados mejorados de John Deere que tenían algunos granjeros.
Sam era joven y fuerte, pero Audrey no estaba segura de que tuviera tanta experiencia como los demás.
Dios sabe lo que quiere para nosotros , se repetía cada vez que la asaltaban las dudas.
Una parte de ella esperaba que ese futuro no incluyera una granja a millas del pueblo.
Dudaba que alguna vez pudiera sentirse satisfecha con pocos vecinos, o ninguno, lo bastante cerca como para organizar desde una cena improvisada hasta pedir prestada una taza de azúcar.
Sentía que su facilidad para organizar a la gente y conseguir que las cosas salieran adelante sería más útil en el pueblo que en el campo, y no dejaba de recordarse que debía permitir que Dios utilizara aquel talento para Su gloria, no para la suya.
Fuera cual fuese su futuro, empleó hasta la última pizca de su habilidad hasta el momento en que se inauguró el mercadillo.
Celebrado a las afueras del pueblo para disponer de espacio suficiente y contar con un campo cercano para el concurso, el mercadillo ofrecía toda clase de productos elaborados durante los meses de invierno, cuando tanto los granjeros como los habitantes del pueblo tenían menos trabajo.
Se hacían más trueques que ventas, pero, como todo el mundo pagaba por instalar un puesto, la comunidad obtenía ingresos.
Aquel año todos habían trabajado duro para recaudar fondos destinados a una biblioteca.
El anterior habían reunido dinero para construir el salón parroquial.
Audrey solo había aceptado dinero en efectivo el año anterior, la primera vez que participaba. Aquel año no pensaba hacer lo mismo. Antes no había sentido ninguna necesidad de tener antimacáseres, colchas ni delantales con volantes.
Todo eso había cambiado.
Por fin comprendía el significado de las palabras «baúl de la dote».
Al terminar el primer día, no le quedaba ni un solo cuello ni puño de ganchillo. Su caja contenía algunas monedas y numerosas prendas de lino exquisitamente confeccionadas por mujeres que se enorgullecían de su trabajo. Incluso había cambiado un trozo de encaje por una colorida alfombra de trapos.
Algún día tendría su propio suelo sobre el que extenderla.
Como ya no le quedaba nada que vender al día siguiente, ayudó a Jess, a Natalie y a las demás con sus caramelos de toffee. Después cerró el puesto y caminó del brazo de las otras mujeres hasta el borde del campo.
—¿Se unirán Nick y Joe a nosotras? —preguntó.
—Son jueces —respondió Natalie, echando un vistazo a la hilera de arados que tenían delante—. Este campo está más pedregoso de lo que recordaba de cuando vine hace dos años.
—Creo que en Iowa crecen tantas piedras como cultivos —dijo Jess entre risas—. Un año, cuando vino el propio señor Deere, un hombre chocó con una piedra tan grande que se le dobló la hoja del arado.
Natalie hizo una mueca.
—Espero que no fuera la hoja de un John Deere.
—No lo era, y él mismo se encargó de señalarlo, de… Oh, ahí está Nick.
Jess lo saludó con la mano. Incluso desde el otro extremo del campo, Audrey vio cómo se iluminaba el rostro de Nick. Se preguntó cómo había podido pensar alguna vez que él se interesaría por ella, o que ella pudiera interesarse por él.
Ahora apenas pensaba en Nick.
Apenas había pensado en él desde que conoció a Sam.
Sam estaba a unos cien pies de Nick. Se encontraba agachado delante de su arado, ajustando algo que Audrey no alcanzaba a ver desde aquella distancia.
Se protegió los ojos con una mano.
—¿Va todo bien?
—Te preocupas demasiado. —Jess rodeó la cintura de Audrey con un brazo—. Lo hará bien. Incluso quedar tercero estaría bien.
Natalie levantó una mano.
—Calla, están a punto de empezar.
El sheriff Dodd dio un paso al frente y leyó un papel. Audrey no podía distinguir las palabras, solo el sonido de su voz, pero supuso que estaba leyendo las reglas. Cuando terminó, se colocó detrás de la fila de hombres y arados, recogió un rifle del suelo y disparó al aire.
Las tres mujeres dieron un respingo, se echaron a reír y empezaron a animar a Sam. A su alrededor, otras mujeres vitoreaban a sus hombres, y los niños corrían de un lado a otro gritando a sus padres.
Solo en el campo de Iowa —no pudo evitar pensar Audrey— se reuniría un pueblo entero para ver a hombres adultos arar un campo. La gente de la ciudad nunca haría algo tan tonto.
Ni se divertiría tanto haciéndolo.
Aunque Sam no ganara, el mercadillo y el concurso habían merecido la pena por cada minuto que había pasado con sus amigas.
Su familia.
Llena de cariño hacia las mujeres que tenía a ambos lados, Audrey las abrazó.
—Lo sé. —Jess le devolvió el abrazo—. Yo también estoy preocupada.
—¿Por qué?
Audrey parpadeó, volvió a mirar hacia el campo y entonces lo comprendió.
Sam se estaba quedando atrás.
No era él. Era su arado.
—Ha dado con una piedra. —Natalie entrecerró los ojos bajo el resplandor del sol del mediodía—. Ahora la hoja está torcida.
—Oh, no. Eso le restará puntos si los surcos no quedan rectos —se lamentó Jess—. No es justo.
—No, no lo es.
A Audrey se le encogió el corazón.
Empezó a rezar.
Sam continuó, pero se quedó muy rezagado respecto a la mayoría de los demás hombres. No tenía ninguna posibilidad de ganar.
Audrey apretó los puños e intentó concentrarse en su oración. Estaba tan segura de que el Señor los quería juntos. No entendía cómo podía haberle dado paz al decidir quedarse en Browning City, incluso hacerla feliz con aquella decisión, para después mantenerla separada de Sam.
No puedo soportar verlo día tras día y que sigamos siendo solo amigos.
Pero, por supuesto, lo soportaría si el Señor quería que así fuera.
Lo acepto, Señor.
—Me pregunto si el arado quedó dañado en el incendio —reflexionó Natalie—. Es que no tiene buen aspecto. ¿Veis esa grieta?
Audrey y Jess negaron con la cabeza.
—Tienes una vista extraordinaria. —Audrey se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos—. No veo ninguna… Ah, sí. Ahora la veo.
Una hendidura recorría el costado del arado. También distinguió el ceño fruncido de Sam y la tensión de su mandíbula.
—Otra piedra podría romperlo.
Apenas había terminado Jess de hablar cuando la reja golpeó otra piedra. El arado se estremeció. La hendidura se abrió hasta convertirse en una fisura.
Mientras los demás concursantes continuaban, Sam se detuvo y se volvió hacia su equipo.
—Qué extraño. —Natalie echó a andar hacia el campo—. Vamos, chicas. Aquí pasa algo raro.
—¿Qué?
Audrey no veía nada fuera de lo normal.
—Hay algo dentro de la grieta —respondió Natalie por encima del hombro.
—¿Qué?
Audrey siguió a Natalie y a Jess por el surco de Sam. Nick y Joe les hicieron gestos para que regresaran. Las mujeres los ignoraron y siguieron adelante.
—Sam —llamó Jess—, ¿qué ha pasado?
Él estaba junto al arado, tirando de algo que sobresalía de la grieta. Tenía el rostro concentrado y, cuando levantó la vista hacia ellas, la emoción brillaba en sus ojos.
—Este arado nunca estuvo destinado a volver a utilizarse para arar. —Tiró con fuerza de lo que parecía un trozo de tela—. Lo modificaron…
—¿Qué estáis haciendo todos? —preguntó Nick, con Joe justo detrás.
—Se supone que tenéis que estar juzgando el concurso —dijo Natalie.
—Ya ha terminado. —Joe la miró con el ceño fruncido—. Ha ganado el chico de los Hastings. Y ahora vienen todos hacia aquí.
Y así era. Audrey miró a su alrededor y vio a lo que parecía todo el pueblo acercándose en masa.
—Necesito un cincel —dijo Sam.
Alguien corrió a buscar unas estacas de tienda y un martillo. Sam y Joe utilizaron las estacas a modo de cuñas para separar las piezas del arado lo suficiente como para que Sam pudiera extraer una bolsa de lona.
Una bolsa de lona que colgaba flácida de su mano.
—Dámela. —El sheriff Dodd se acercó a Sam—. Escondida de esa manera, probablemente contenga algún tipo de contrabando.
—Creo que sí —dijo Sam—. Este arado perteneció a Jim Mitchell.
Un murmullo de sorpresa recorrió la multitud como una ola.
Audrey abrió la boca, pero no consiguió emitir ningún sonido. Su mirada se cruzó con la de Sam y ambos sonrieron.
—Señoras y señores —anunció Dodd sin apartar los ojos de la bolsa—, el señor Nolan tiene razón. Efectivamente, ha encontrado el oro.