Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 14
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Capítulo 14

- S igo sin poder creer que alguien pueda arruinar su vida por la posibilidad de encontrar oro. —Audrey estaba sentada frente a Sam, al otro lado de la mesa de la cocina de la señora Prescott. Era la primera vez que lo veía desde el incendio—. O, peor aún, arriesgar la vida.

—La perspectiva de ganar dinero fácil hace que la gente cometa locuras y se exponga a peligros. —Sam apoyó las manos sobre la mesa—. Pero yo estoy a salvo.

—Doy gracias por ello. —Audrey sonrió y guardó silencio.

Sam le devolvió la sonrisa, pero ninguno de los dos miró directamente al otro. Mientras el café humeaba y el aroma de una tarta de manzana seca inundaba la cocina, el silencio entre ellos se hacía cada vez más denso. Audrey tenía tanto que decirle que no sabía por dónde empezar.

Sabía que Sam también quería hablar con ella.

La había acompañado a casa desde la oficina de telégrafos con esa intención, pero todavía no había mencionado nada de lo que le rondaba por la cabeza.

Mientras ella preparaba la cena y la tarta, él había estado hablando con su tía abuela.

Durante la comida, los tres habían hablado del incendio y de los intentos de Zach Brennan por encontrar el oro.

Ahora, a solas por primera vez desde el sábado, habían vuelto a hablar de Zach, repitiendo prácticamente lo mismo.

Audrey se preguntó si debería ser ella quien rompiera el silencio. Siempre había dado por sentado que era el hombre quien debía sacar a relucir el tema de una posible relación con una dama, pero quizá la peculiar educación de Sam no le hubiera enseñado esas cosas.

Tal vez debería empezar ella, darle un pequeño empujón —o uno bastante grande— con su anuncio.

Se aferró al borde de la mesa.

—Sam, quiero hablarte de mi trabajo…

—Audrey, quiero hablarte de mi decisión —dijo él al mismo tiempo.

Se miraron y se echaron a reír.

—Tú primero —dijeron de nuevo al unísono.

—Las damas primero —sentenció Sam.

—De acuerdo. —Audrey respiró hondo. El corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas, marcando un código Morse de aprensión—. He rechazado la oferta de trabajo.

—Audrey. —Él tragó saliva—. ¿Te quedas?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque…

Las palabras te quiero se le atascaron en la garganta. No creía que debiera pronunciarlas antes de que él dejara claras sus intenciones hacia ella.

—Aquí es donde quiero quedarme. —Le dio una parte de la respuesta—. Y donde creo que el Señor quiere que me quede. Nunca sentí paz ante la idea de aceptar el trabajo en la ciudad. En cambio, esta decisión sí me da paz. No necesito todo ese ruido ni tanta gente para ser feliz.

—Me alegra oírlo. —Él le dedicó una media sonrisa que no reflejaba demasiada alegría ante la noticia—. Aunque me he quedado con tu habitación.

—Puedo seguir con la señora Willoughby o mudarme a la pensión.

—Al darse cuenta de que la corteza empezaba a dorarse demasiado, Audrey se levantó para sacar la tarta del horno.

Le dio la espalda para que él no percibiera su decepción ante la falta de entusiasmo con que había recibido la noticia de que se quedaba en Browning City—. Deberías quedarte con tu familia.

—Yo no pensaba seguir viviendo aquí, en el pueblo.

—Su voz sonaba tensa—. Con todo lo que ha pasado, quedarme sin trabajo al incendiarse la caballeriza y no tener dónde vivir me hicieron pensar que quizá el Señor quería que siguiera adelante.

Pensé que había confundido lo que yo deseaba con lo que Él quería para mí.

Pero tú pareces haber encontrado la respuesta.

—Así es. —Dejó la tarta sobre la mesa sin mirarlo todavía—.

A veces creo que deseamos algo con tanta fuerza que acabamos convenciéndonos de que es lo que Dios quiere para nosotros.

—Cogió la cafetera y, por fin, se volvió hacia él—.

¿Qué vas a hacer ahora que la caballeriza ya no existe? ¿El señor MacKenzie va a reconstruirla?

¿Formo yo parte de esa vida?

—Sí. Sigue queriendo que la dirija y, además, quiere que me haga cargo de la tienda.

—¡Sam, eso es maravilloso!

Ojalá tuviera derecho a abrazarlo.

Dejó la cafetera sobre la mesa y cogió un cuchillo para cortar la tarta.

Él cubrió su mano con la suya.

—Espera, por favor. —La miró a los ojos.

Lo que Audrey vio en ellos hizo que se dejara caer en la silla más cercana, con el corazón latiéndole tan deprisa que apenas podía respirar.

Ternura. Amor. Anhelo.

Todo lo que ella sentía por él.

—Audrey, ¿puedo atreverme a preguntarte si otra de las razones por las que te quedas es que te importo?

—Sí. Quiero decir, sí, puedes preguntármelo, y sí, es verdad. —Alargó la mano hacia su taza de café, se dio cuenta de que seguía vacía y cogió la de Sam para aliviar la sequedad de su garganta—. La noche del incendio supe que quería quedarme cerca de ti.

—Yo estaba dispuesto a marcharme de aquí para estar cerca de ti.

Entonces pídeme que me case contigo.

Audrey le apretó la mano, intentando transmitirle el mensaje sin pronunciar las palabras.

—Me gustaría… me encantaría tener un futuro contigo, Audrey. —Un temblor le recorrió los dedos—. Es posible. Quiero decir, si tú también lo deseas, pero… —Hizo una pausa.

Audrey contuvo un grito de frustración.

—Pronto ganaré un buen sueldo y tengo mis ahorros —continuó él, evitando de nuevo su mirada—. Pero sigo sin sentir que pueda pedirte que te cases conmigo hasta tener un hogar para los dos.

No debería haberse quedado en Browning City. Chicago les habría ofrecido docenas de lugares donde vivir una vez que él encontrara trabajo. Pero Browning City no tenía nada salvo habitaciones de alquiler, y esa no era una buena forma de comenzar la vida matrimonial.

Excepto…

—¿La caballeriza? —preguntó Audrey esperanzada.

—Cuando acepté la oferta de trabajo del señor MacKenzie esta mañana, le dije que no deberíamos construir una vivienda detrás de la caballeriza. Sería demasiado peligroso, teniendo que instalar una estufa y todo eso.

—¿Le dijiste que no…? —Audrey se levantó y retrocedió, alejándose de la mesa—. ¿Iba a construirla? ¿Y tú le dijiste que no?

—Sí, pero…

—¿Podríamos haber tenido un lugar donde vivir juntos y tú lo impediste?

Sam suspiró.

—Audrey, cuando lo pensé detenidamente, comprendí que no podía llevar a mi esposa a vivir en una habitación que oliera siempre a caballos. A ti no te gustaría.

—No me preguntaste si me gustaría o no. —Las lágrimas le picaron en los ojos—. Discúlpame.

Se dirigió hacia la puerta.

—No, espera. —En un instante, Sam se interpuso entre ella y la puerta—. Me estoy explicando fatal. Lo que intento preguntarte es si me esperarás.

—¿Cuánto tiempo? —La pregunta coqueta se le escapó antes de que pudiera contenerla.

Él frunció el ceño, aunque una chispa brilló en sus ojos.

—Quizá tanto como tengas pensado quererme.

—¿Eso es todo? —Audrey le rozó la mejilla con las yemas de los dedos—. Entonces solo será el tiempo que tú tengas pensado quererme.

—Eso es mucho tiempo. —Sam cubrió la mano de Audrey con la suya y se la acarició—. Algo así como para siempre.

—Audrey. —Jess se lanzó a sus brazos antes de la misa del domingo—. Nick me ha pedido que me case con él. Sé que no llevamos mucho tiempo cortejándonos, pero nos conocemos desde hace una eternidad, y él es tan bueno y amable, y sus padres van a dejarnos su casa y… ¿no es maravilloso?

—Claro que sí.

Audrey abrazó a su amiga. Se alegraba por Jess, aunque ver a Sam al otro lado del santuario, hablando con Jackson Reeves, sumió su corazón en una confusa mezcla de alegría y tristeza.

Dijera lo que dijera, él se negaba a pedirle matrimonio hasta que pudiera ofrecerle un verdadero hogar.

—Así que necesito comprarte yardas y yardas de encaje. —Jess se cogió del brazo de Audrey—. Mamá dice que puedo tener un vestido completamente nuevo si no gasto demasiado en tela, así que he pensado que quizá podría ponerle mucho encaje en lugar de hacer una falda muy ancha.

—Haz la falda tan ancha como quieras. Tengo yardas de encaje hechas. Te las daré.

—Pero ¿y el mercadillo?

Audrey se encogió de hombros.

—Allí vendo sobre todo cuellos y puños de ganchillo.

Jess le guiñó un ojo.

—¿Y qué hay de tu propio vestido de novia?

—No tenemos ningún sitio donde vivir.

Aunque admitirlo le dolía, solo sintió una punzada de envidia ante la suerte de su amiga, que tenía un prometido capaz de proporcionarle un hogar digno. El Señor sabía lo que quería para ella y para Sam. Él se encargaría de todo.

Y si no lo hacía…

Audrey no pensaba mirar tan lejos. Su fe crecía cada día, pero aún tenía sus límites. La perspectiva de un futuro en el que Sam no fuera su marido le dolía demasiado para contemplarla.

—Alguien en Browning City debería construir casas para alquilárselas a parejas como vosotros y a los recién llegados. —Jess empezó a tirar de Audrey hacia Nick, que se había reunido con Sam y el pastor Jackson—. ¿En las grandes ciudades no hay casas de alquiler?

—Sí, creo que las hay. Pero vivimos aquí y pensamos quedarnos aquí.

—No te imaginas lo feliz que me hace oír eso. —Jess hizo una pausa—. No podría imaginarme Browning City sin ti aquí, organizándolo todo.

Audrey frunció el ceño.

—Espero haber aportado algo más que eso al pueblo.

—Browning City sin ti, Audrey, sería como un verano sin sol. —Jess sonrió—. ¿Eso te parece suficiente?

—Más que suficiente.

Audrey se rio, convencida una vez más de que quedarse había sido la decisión correcta.

Incluso su frustración porque no hubiera en el pueblo ningún lugar donde Sam y ella pudieran vivir solo la hizo dudar de su decisión una o dos veces durante la semana siguiente.

La mayor parte del tiempo estaba demasiado ocupada ultimando los preparativos del bazar de primavera y esperando con ilusión el concurso de arado.

Si Sam ganaba, podrían comprar un terreno y construir una casa.