Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

No sabía qué más decir, así que dio media vuelta hacia el pueblo.

El sheriff Dodd querría volver a hablar con él pronto.

Tenía que ocuparse de reemplazar algunas de sus pertenencias y atender a los caballos de la caballeriza, alojados provisionalmente en la herrería.

También hablaría con la tía abuela Eleanor.

Era de su familia y poseía una fe firme y un corazón bondadoso.

Seguro que tendría algún consejo para él.

Al ver a Dodd más adelante, Sam aceleró el paso hasta alcanzar al agente de la ley.

—¿Se te ha ocurrido algún plan?

Dodd dio un respingo.

—No te acerques a alguien a hurtadillas de esa manera. —Se volvió hacia Sam—. Te estaba buscando. Sí, tengo un plan. Algunos montaremos guardia en la caballeriza para ver si alguien viene a registrar las cenizas.

—Esta noche no.

Sam quería hablar con la tía abuela Eleanor, y montar guardia se lo impediría si tenía que estar allí al anochecer.

—Sí, esta noche.

—Pero las cenizas aún estarán calientes por dentro.

—Razón de más para montar guardia. Para asegurarnos de que no vuelva a declararse ningún incendio.

Con la fuerte lluvia que había empezado a caer aquella tarde, no parecía haber posibilidad alguna de que el fuego se reavivara. Aun así, Sam, Nick y el sheriff se escondieron en lugares estratégicos alrededor de los restos de la caballeriza.

No consiguieron nada con la vigilancia salvo acabar ateridos y empapados. Sam se despertó tarde al día siguiente, estornudando y con escalofríos. Dejó que la tía abuela Eleanor lo mimara durante toda la mañana, pero como la inactividad lo ponía nervioso, se preparó para otra noche de vigilancia.

—No deberías volver a salir ahí fuera —le aconsejó la tía abuela Eleanor durante la cena—. No has visto a Audrey desde el incendio.

Sam empezó a recoger los platos de la mesa.

—Esto hay que hacerlo y no puede esperar.

—Hablar con Audrey tampoco debería esperar.

Sam sintió un nudo en el estómago.

—¿Así que al final ha decidido marcharse?

—Eso no me corresponde decírtelo. —La tía abuela Eleanor apretó los labios, aunque sus ojos brillaron.

Desconcertado por su reacción, Sam se despidió y salió de casa.

Durante las tres primeras horas de aquella noche, afortunadamente cálida y seca, nada se movió entre las cenizas salvo el viento. Entonces, el crujido de unos pasos sobre la grava del patio alertó a Sam de que alguien se acercaba.

Permaneció inmóvil bajo el alero de la herrería.

Inmóvil y preparado para actuar.

Las estrellas y un cuarto de luna proporcionaban luz suficiente para distinguir una sombra que se deslizaba hacia los restos de las vigas y las paredes quemadas.

Con cuidado de no hacer ruido, Sam se acercó sigilosamente al hombre. Por el rabillo del ojo percibió un movimiento que le indicó que Dodd también se aproximaba al intruso.

—¡Ahora! —gritó Dodd.

Él y Sam agarraron al hombre por los brazos.

—¡Yieeee! —chilló como un gato enfurecido mientras daba patadas al aire.

—No te muevas —ordenó Dodd—. Quedas detenido por allanamiento y, probablemente, por provocar el incendio de la caballeriza.

—¡No, no! —chilló Zach Brennan—. Estoy recabando información para un reportaje.

—¿En plena noche?

Por una vez, Sam agradeció el sarcasmo del agente de la ley.

—Podrías haber recabado toda la información que quisieras cuando ayudaste a combatir el incendio que tú mismo provocaste.

—Yo no lo provoqué. —Zach forcejeó para soltarse de Sam—. No tengo ningún motivo para hacer una estupidez semejante.

—Excepto buscar oro —le susurró Sam al oído.

—¿Oro? ¿Qué oro? —preguntó Zach, con la voz cada vez más aguda—. No quiero saber nada de ningún oro.

—Te has pasado el tiempo leyendo todos los números atrasados del periódico que hablaban de ese oro.

Zach le propinó una patada a Sam en la espinilla.

—No digas nada de eso.

—Da igual —dijo Dodd con tono cansino—. Todos sabemos que tienes a tu disposición todos esos periódicos antiguos. Probablemente sepas más que nadie sobre el oro.

—No, no. Yo… yo estoy…

De repente, se desplomó entre sus brazos.

—Es mi oro. Brennan no es mi apellido. Es Mitchell. Jim Mitchell era mi padre, pero lo mataron sin decirme dónde había escondido el oro. Pero voy a encontrarlo. Es mío. Es mío.

La voz se le quebró en un sollozo.

—Pertenece al Gobierno —lo corrigió Dodd—. Y esta caballeriza pertenecía al señor MacKenzie. La has destruido para encontrar algo que no es tuyo.

—O que quizá ni siquiera esté aquí —añadió Sam.

—Está aquí. Está aquí…

Zach siguió protestando durante todo el camino hasta la única celda que el pueblo llamaba cárcel.

—¿Crees que de verdad está entre esas cenizas? —preguntó Nick.

—No lo sé. —Dodd se frotó la barbilla con un nudillo—. Pero vamos a buscarlo.

Al día siguiente, lo hicieron.

La mitad del pueblo acudió a echar una mano.

Sam no vio a Audrey, pero supuso que estaría en la oficina de telégrafos.

Le habría encantado aquel ambiente festivo.

La gente reía y bromeaba mientras se ensuciaba alegremente las manos y la ropa apartando tablones cubiertos de ceniza.

La expectación se palpaba en el aire, y el corazón de Sam latía con más fuerza con cada nueva capa del edificio que dejaban al descubierto.

Todas vacías.

Encontraron restos de cuero de los arneses y de lona, hierros retorcidos de las ruedas de los carruajes y de la maquinaria agrícola.

Nada.

Ni siquiera al llegar a la tierra bajo los cimientos encontraron algo que se pareciera remotamente a restos de oro fundido.