Capítulo 13 #2
—No me voy de Browning City. Me voy de casa de la señora Prescott a la de la señora Willoughby para que puedas quedarte con tu familia, que es donde debes estar.
—Oh, Audrey…
La garganta de Sam se movió al tragar. Extendió una mano enrojecida y cubierta de ampollas y apoyó la palma contra su mejilla.
—Gracias.
—De nada.
Audrey lo miró a los ojos, vio cómo la ternura sustituía a la angustia y supo que jamás podría alejarse de su lado.
Aquella noche no pegó ojo. Después de recoger sus pertenencias de la habitación de casa de la señora Prescott y llevar hasta casa de la señora Willoughby todo lo que pudo, se esforzó por darse un baño y lavarse el pelo para librarse del hedor a humo.
Cuando terminó de secárselo frente a la estufa de la cocina y de preparar el desayuno, ya era hora de ir a trabajar.
Y quería ir.
Tenía que enviar el telegrama más importante de su carrera.
Gracias por la oferta STOP He decidido quedarme en Browning City STOP
El camino parecía claro para Sam. Con todas sus pertenencias, salvo el arado, destruidas en el incendio, sin una caballeriza que gestionar y con la certeza de que Audrey lo amaba, se marcharía de Browning City y buscaría trabajo en Chicago.
—Pero no quiero que te quedes aquí solo para gestionar una nueva caballeriza —protestó MacKenzie cuando Sam le comunicó su decisión—.
Me gustaría que también te hicieras cargo de mi tienda.
Creo que Joe y Natalie están a punto de casarse, y no quiero competir demasiado con mi futuro yerno. —Soltó una carcajada.
Sam asintió.
—Eso sería un poco incómodo, aunque ahora que los dos estáis empezando a vender productos diferentes, ya no tanto.
—No, pero, a decir verdad, Sam, me gustaría dedicarme a mi granja, conseguir que sea rentable antes de hacerme demasiado viejo.
La oferta tentó a Sam. Por un momento, sintió que el corazón tiraba de él en dos direcciones opuestas: quedarse en el pueblo al que había llegado a querer, cerca de la única familia que le quedaba, o irse a Chicago para estar cerca de Audrey hasta que pudiera pedirle que se casara con él.
Pensó en cuánto había rezado por su futuro y en todos los acontecimientos que lo habían llevado hasta aquel momento y negó con la cabeza.
—No puedo quedarme, pero me honra mucho que siga confiando en mí después de todo lo ocurrido.
—Tú no provocaste ese incendio. —MacKenzie apoyó las manos en el mostrador de la tienda—. ¿Has hablado hoy con el sheriff?
—Voy para allá.
A Sam no le hacía ninguna gracia aquella conversación.
—Pensé en hablar primero con usted, por si quería acompañarme.
—No hace falta. Eres un joven honrado. Le dirás la verdad igual que me la has dicho a mí.
—Gracias, señor. —Sam se volvió hacia la puerta—. Será mejor que vaya ya.
—Si te da problemas, manda a buscarme… Ah, ahí viene.
El sheriff Dodd subió al entarimado de madera y abrió la puerta de un tirón. Traía consigo el hedor a quemado y tenía los zapatos y la parte inferior de los pantalones cubiertos de ceniza.
—Te he visto por la ventana, Nolan —dijo Dodd, frunciendo sus finas cejas—. Pensaba que vendrías a mi oficina a primera hora de esta mañana.
—Primero tenía que conseguir ropa decente, señor. —Sam se dio cuenta de que había apoyado los puños en las caderas y bajó los brazos—. Precisamente iba para allá.
—Hum.
—Parece que has estado en el lugar del incendio —dijo MacKenzie.
—Claro que sí. —Dodd miró a Sam con el ceño fruncido—. ¿No fumas?
—No, señor.
—¿Dejaste alguna lámpara encendida? —insistió Dodd.
—No, señor. Y la estufa estaba apagada.
—Entonces, ¿cómo empezó? —preguntó Dodd en tono desafiante.
Sam respiró hondo para calmarse.
—Señor, el fuego empezó en el pajar. Yo estaba durmiendo en mi habitación, en la parte trasera.
—Todo el mundo vio arder primero el tejado. —MacKenzie sonaba tan beligerante como el sheriff—. Si Sam lo hubiera provocado por descuido, el fuego habría empezado abajo.
—Cierto, cierto. —Dodd suspiró y se secó la frente—. Es solo que no me gusta que ocurran todas estas cosas en mi pueblo. Todo estaba tranquilo hasta que él… —señaló a Sam con un dedo— llegó.
—O hasta que llegaron otros forasteros —dijo Sam.
Dodd y MacKenzie lo miraron fijamente.
—Explica qué quieres decir —ordenó Dodd.
Sam les contó lo que Audrey y él habían deducido: alguien quería echarlo de la caballeriza para poder registrarla a fondo en busca del oro.
—Eso es ridículo. —Dodd se pellizcó el puente de la nariz como si acabara de percibir un olor desagradable.
—No tanto como podrías pensar. —MacKenzie rodeó el mostrador y se colocó junto a Sam—. Hace casi diez años, una joven intentó remover un campo entero con una pala buscando ese oro. Otros han hecho auténticas locuras para hacerse con él.
—Y habría que desmontar el lugar para encontrar cualquier cosa que estuviera escondida allí —añadió Sam—. Suponiendo que esté allí.
—Hum. —Dodd enganchó los pulgares en el cinturón y alzó la mirada hacia el techo, como si los manojos de ajos y cebollas que colgaban de allí pudieran proporcionarle la respuesta—. ¿Estás insinuando que alguien incendió el lugar para buscar el oro?
—Un hombre lo bastante desesperado por encontrar un tesoro podría ser capaz de cualquier cosa para conseguirlo —respondió Sam en voz baja, procurando no interrumpir las reflexiones del sheriff.
—Hum. —Dodd se rascó la barbilla—. ¿Quién más es nuevo en el pueblo y ha empezado a oír las historias sobre el oro de la caballeriza? No hay mucha gente que se mude aquí en pleno invierno.
—No lo sé —admitió Sam—. Audrey Coleman dice que a veces es difícil saber quién es nuevo porque recibimos visitantes.
Recibimos , había dicho.
Como si fuera a seguir formando parte de aquel pueblo.
—Solo tres, que yo sepa, desde octubre. —MacKenzie apretó los labios—. Joe Norton, una solterona que vino a vivir con su hermana a una granja a unas diez millas de aquí y Zach Brennan.
—Ahora que lo pienso, yo tampoco conozco a nadie más. —Dodd llevó una mano al cinturón, donde la mayoría de los agentes de la ley llevaban un arma.
Él llevaba un cuchillo enfundado y una porra corta y gruesa.
Dodd se volvió hacia la puerta.
—Déjame pensar en ello. Volveré.
Salió de la tienda a grandes zancadas.
Sam se volvió hacia MacKenzie.
—Al menos no me ha acusado de incendiar la caballeriza para hacerme con el oro que pudiera haber allí.
—No se atrevería. Yo conseguí que lo contrataran y puedo conseguir que lo despidan.
—Gracias.
Sam no sabía qué más decir.
—Queremos que te quedes aquí, muchacho. Y a la señora Prescott le vendría muy bien tener cerca a su familia durante sus últimos años.
—Lo sé, pero… —Sam vaciló y decidió que aquel hombre tan amable merecía conocer la verdad—. A Audrey le han ofrecido un trabajo en Chicago. Quiero encontrar trabajo allí y estar cerca de ella hasta que pueda mantener a una esposa.
—Aquí tienes trabajo y puedes mantener perfectamente a una esposa. —La voz de MacKenzie se convirtió en un gruñido—. Y si ella no te quiere lo suficiente para quedarse aquí, no es lo bastante buena para ti.
—Pero ella cree que Dios quiere que se marche.
—¿Y tú? ¿Es eso lo que el Señor quiere para ti? —MacKenzie le lanzó una mirada penetrante—. ¿O estás pensando más en el amor por una mujer que en el amor por el Señor?
Sam hizo una mueca.
—Ojalá lo supiera, señor. Estaba tan seguro de haber encontrado aquí mi lugar, pero todo parece indicar que debo marcharme. Audrey y yo ni siquiera tendríamos dónde vivir ahora si nos casáramos.
—¿Te refieres a que algún necio cegado por la codicia intentó ahuyentarte o matarte? A mí eso no me suena a un mensaje de Dios, pero, claro, no conozco la Biblia tan bien como Natalie dice que debería.
Un escalofrío recorrió la espalda de Sam: emoción, temor, expectación.
—Dios se sirve de cualquiera —dijo—. Gracias por su consejo. Pensaré en ello y rezaré al respecto.
Salió de la tienda y deambuló por las embarradas calles del pueblo. Aunque llovía a ratos, dejó que el agua lo empapara. Necesitaba aire fresco y espacio para pensar.
Descubrió que en aquel momento ni siquiera sabía cómo rezar. No se le ocurría nada que no le hubiera dicho ya a Dios mil veces.
O más.
Quería un lugar al que pertenecer, un lugar donde echar raíces. Y parte de esas raíces debían ser una esposa, hijos, una familia. Sin embargo, Dios no parecía querer que tuviera ambas cosas.
Por mucho que se esforzara en la ciudad, nunca ganaría lo suficiente para tener la clase de hogar y de tierras que podría conseguir allí, en Browning City, sobre todo si aceptaba la oferta de MacKenzie. Si además ganaba el concurso de arado, podría comprar la tierra antes de que se adelantara otro.
Pero no podía tener todo aquello y a Audrey al mismo tiempo.
De hecho, nada le garantizaba que pudiera tener a Audrey.
—Me quitan a todas las personas y todas las cosas que amo —dijo cuando llegó a las afueras del pueblo—. Igual que a Audrey.
El desgarro que había sentido antes en el corazón parecía ahora completo.
En su interior solo quedaba un vacío. Había intentado llenarlo trabajando duro junto a su padre, después construyéndose un hogar en Browning City, más tarde con la posibilidad de encontrar el oro y, por último, con la esperanza de ganar el premio en metálico, comprar tierras y conquistar el corazón de Audrey.
Audrey intentaba llenar su propio vacío con ruido y actividad.
Él le había dicho que debía llenarlo con el Señor, pero en realidad tampoco él lo había hecho.
Anhelaba cosas sólidas y permanentes tanto como ella anhelaba las multitudes.
Afirmaba buscar la guía del Señor, pero seguía empeñado en recorrer su propio camino.
—Señor, necesito Tu perdón por mi obstinación. Hágase Tu voluntad, no la mía.