Capítulo 13
A udrey se despertó con el repique de una campana, el estruendo de los cascos de los caballos por la calle, gritos y olor a humo. Demasiado humo para proceder únicamente de una estufa o una chimenea. Más bien parecía…
Saltó de la cama y se dirigió a trompicones hacia la ventana.
Desde allí solo veía el patio lateral y la casa de la señora Willoughby, así que no distinguió nada.
Abrió la ventana de par en par y se asomó, estremeciéndose ante el frío aire nocturno y tosiendo cuando una ráfaga de viento le lanzó una nube de humo a la cara.
El incendio estaba cerca, pero aún no podía determinar dónde. Tenía que localizarlo, llevar cubos, ayudar. En el pueblo, todo el que podía ayudar durante un incendio lo hacía. No tenían carro de bomberos.
Cerró la ventana de golpe y se puso un vestido por la cabeza. Sin molestarse con las medias, se calzó los zapatos y se los ató. ¿Un chal? No, podía prenderse con demasiada facilidad si le alcanzaban las chispas.
Aunque también podía servir para apagarlas.
Se echó uno sobre los hombros y entró corriendo en la habitación de la señora Prescott. La anciana se incorporó en la cama mientras encendía una vela.
—Hay un incendio en alguna parte —dijo Audrey sin aliento—. Voy a salir.
—Por supuesto. —La señora Prescott tosió—. Ten cuidado.
—Lo tendré.
—¿Sabes dónde está el fuego? —Los ojos de la señora Prescott se llenaron de preocupación—. Si podemos oler tanto humo, debe de estar cerca.
—Lo sé.
A Audrey le preocupaba que la casa pudiera estar en peligro.
—Pero hace bastante viento. Puede que el humo venga de más lejos.
Y también podía hacer que el fuego se propagara de un edificio a otro después de varios días sin lluvia.
—Volveré si… si tenemos que salir de aquí.
No podía ni plantearse perder sus pertenencias. Todos los encajes que había hecho para el bazar, la ropa, tan cara de reemplazar, sus ganchillos y agujas, que costaban todavía más…
Pero quizá otras personas estuvieran perdiendo sus cosas en aquel mismo instante. Tenía que darse prisa y ayudar a salvar todo lo que pudiera.
Audrey atravesó corriendo la cocina y cogió dos cubos de la despensa.
El viento se resistió a dejarla abrir la puerta trasera.
Un viento que apestaba a humo. El humo le irritaba la nariz y los pulmones.
Demasiado intenso para que el incendio estuviera lejos.
Empujó la puerta con el hombro y otra ráfaga la hizo chocar contra el marco.
Audrey salió corriendo a la noche, bajo un cielo negro y con un resplandor anaranjado hacia el norte.
Corrió hacia aquel resplandor, dejando atrás las conocidas casas y negocios de aquella parte del pueblo.
El doctor Smythe.
No lo bastante lejos.
La tienda de MacKenzie.
Todavía demasiado cerca.
El Banco Scott.
La caballeriza.
Audrey echó a correr más deprisa, tropezando y tambaleándose sobre el terreno irregular.
Que no sea la caballeriza. Dios mío, por favor, que no sea la caballeriza. Que no sea Sam.
Más súplica que oración, las palabras brotaban entre sus jadeos.
La caballeriza estaba ya a solo una manzana. A Audrey le parecieron seis.
Se estrelló contra la primera fila de una cadena humana de cubos e intentó abrirse paso entre la gente.
—Audrey, para. —Nick Parker la agarró del brazo—. No es seguro.
—Pero Sam. —Le entregó los cubos a Nick—. Cógelos. Tengo que ayudar a Sam.
—Ahora mismo no necesita tu ayuda.
Nick cogió sus cubos y alguien puso otro, lleno de agua, en las manos de Audrey.
—Pásalo, Audrey.
Y así lo hizo.
—Mary. —Audrey se volvió hacia la esposa del pastor—. ¿Dónde está Sam?
—Con los caballos.
Mary le dio una palmadita en el hombro y cogió otro cubo.
—¿Estás segura?
Audrey trató de distinguir algo entre el caos que la rodeaba.
La fila en la que se encontraba transportaba agua desde el pozo de la herrería, situada junto a la caballeriza.
No podía ver gran cosa más allá del voluminoso cobertizo de la herrería, apenas las llamas que se elevaban por detrás.
Los gritos, que por el tono parecían órdenes, resultaban ininteligibles por encima del estrépito de los cubos, el rugido de las llamas y los relinchos de los caballos aterrados.
Esperaba que solo estuvieran asustados, no heridos.
—No veo nada. —Su voz adquirió un tono histérico y respiró hondo para calmarse—. ¿Sabes qué está pasando?
—He oído que empezó en el tejado —dijo Nick—. Estamos demasiado ocupados intentando impedir que se propague con este viento como para prestar mucha atención.
—Pero Sam está ileso.
Mary puso otro cubo en las manos de Audrey.
Audrey lo cogió y se aferró a aquella certeza con todas sus fuerzas. Tenía que hacerlo. El pueblo necesitaba a todas las personas capaces de ayudar para mojar los edificios cercanos y sofocar el incendio principal antes de que prendiera nada más.
Recordó lo que había leído sobre lo ocurrido en Chicago cinco años atrás.
La ciudad había ardido casi por completo, y eso que contaba con equipos de extinción, un lago y un río.
El Misisipi estaba demasiado lejos para resultar de mucha ayuda.
Los fundadores de Browning City no habían querido asentarse junto al agua por el riesgo de inundaciones y para protegerse de los piratas fluviales.
Deberían haber pensado en los incendios.
Los cubos parecían ridículamente insuficientes frente a aquellas llamas. Cada carga de agua era poco más que una gota de lluvia tratando de apagar el fuego de una estufa.
Lluvia. Señor, necesitamos lluvia.
No se dio cuenta de que había rezado en voz alta hasta que Mary dijo:
—Amén.
—Hay nubes —intervino Nick—. Pero no…
Unos gritos de protesta resonaron desde el patio de la caballeriza, más fuertes que los demás. Esta vez se distinguieron algunas palabras.
—¡Parad!
—¡No podéis!
—¡Dejadlo!
La noticia recorrió la cadena de cubos. Cuando llegó hasta Audrey, quiso abandonar su puesto e ir tras él, arrastrarlo lejos de las llamas, lejos del peligro.
—Es por el dinero. —Las lágrimas le corrían por el rostro como el agua que goteaba de su falda—. Necesita el arado para el concurso.
—¿Lo necesita tanto como para arriesgar la vida? —preguntó Mary, horrorizada—. Creía que tenía más sentido común.
—Lo tiene. Quiero decir, lo tendría… —Audrey sollozaba—. Cree que si tiene más dinero, me quedaré aquí y me casaré con él. No es por el dinero. ¿Es que no…?
Unos gritos de alivio resonaron desde el patio de la caballeriza.
—Ha salido sano y salvo —gritó alguien desde la entrada del cobertizo de la herrería—. Pero arriesgar el cuello por un…
Un estruendo, seguido de un rugido de llamas y voces humanas, sacudió la noche. Una columna de chispas se elevó por encima de los tejados como una lluvia de estrellas fugaces.
—Se ha venido abajo —repitieron varias voces casi al unísono—. La caballeriza se ha venido abajo.
Sam acababa de perder su medio de vida, su vivienda y, probablemente, todo cuanto poseía.
Audrey quería hacerse un ovillo y llorar.
Sin embargo, estaba demasiado ocupada pasando cubos de agua para sucumbir a la pena o siquiera pensar.
Su grupo tenía que apagar las chispas que caían sobre la herrería.
Y aquellas chispas se convirtieron en lenguas de fuego.
—¡Más rápido con el agua! —gritó un hombre desde una escalera—. ¡Necesito más agua!
—Necesitamos lluvia —dijo Mary.
Y llegó.
Al principio era tan ligera que Audrey ni siquiera reparó en la humedad añadida.
Después, las gotas se hicieron más gruesas y frecuentes hasta que pareció que alguien le vaciaba cubos de agua encima.
Pronto, el olor a humo dio paso al hedor de la madera carbonizada y mojada.
Las últimas llamas se extinguieron entre siseos de vapor.
—Hay café y comida en el salón parroquial —anunció el pastor Jackson Reeves desde algún punto cercano.
Audrey abandonó la cadena de cubos, sabiendo que podría recuperar los de la señora Prescott por la mañana, y empezó a buscar a Sam. Con el fuego apagado y la lluvia cayendo con fuerza, resultaba casi imposible distinguir los rostros. Intentó llamarlo, pero tenía la garganta irritada por el humo.
Lo encontraría en el salón. No tenía ningún otro sitio adonde ir.
A menos que ella lo encontrara y le contara lo que había decidido.
Junto con docenas de vecinos, Audrey caminó trabajosamente hasta el salón parroquial.
Allí, con la estufa calentando el lugar y ayudando a secar la ropa de todos, varias de las mujeres mayores habían preparado café y bocadillos.
Audrey no se dio cuenta de cuánto frío tenía hasta que empezó a entrar en calor.
Aceptó una taza de café y localizó a la señora Willoughby.
—Tendré que quedarme con usted otra vez —le dijo a la anciana—. Le pagaré, por supuesto.
—Eres una chica encantadora. —La señora Willoughby le dedicó una amplia sonrisa—. Ya sabes que lo mejor para ese joven ahora mismo es vivir con su tía.
—Sí. Creo que uno debe estar con su familia cuando todo lo demás desaparece. —Audrey dio un sorbo al café y sintió que recuperaba las fuerzas—. ¿Lo ha visto?
La señora Willoughby miró por encima del hombro de Audrey.
—Acaba de entrar.
—Gracias.
Audrey se volvió.
De no ser Sam tan alto, jamás lo habría distinguido entre la multitud. Incluso así, apenas alcanzaba a verle el rostro, pálido bajo una capa de hollín. Un moratón le marcaba el pómulo derecho. Tenía los párpados caídos y la mandíbula tensa.
Demasiado tensa para un hombre más dado a sonreír que a fruncir el ceño.
En aquel momento parecía un hombre que nunca volvería a sonreír.
Audrey se abrió paso entre la multitud de vecinos cubiertos de hollín hasta llegar a su lado.
—Toma.
Le ofreció su café.
—Gracias.
Sam tomó la taza de sus manos.
Sus dedos rozaron los de ella. Tenía la mano fría y no sonrió.
—¿No lo quieres? —preguntó, levantando ligeramente la taza.
—No lo necesito. Voy a volver ahora mismo a casa de la señora Prescott para recoger mis cosas.
—¿Recogerlas? —La alarma se reflejó en su rostro—. Pero aún no puedes irte.
A Audrey se le encogió el corazón.