Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—No tengo futuro en la ciudad. —Sam se estremeció al ver la tristeza en sus ojos—. Mi futuro está aquí.

—Y el mío puede estar en la ciudad. —Ella se dio la vuelta y siguió caminando. Sam se puso a su lado—. Sigo esperando saber qué quiere el Señor para mí.

—¿No se nos está acabando el tiempo para avisarlos?

—Sí. Pero tengo la tranquilidad de saber que, cuando llegue el momento, sabré qué hacer.

Sam pensó en el accidente, en que Audrey podría haber resultado gravemente herida o incluso algo peor, y tuvo que ceder.

—Esperaré y rezaré por ti.

—Gracias. —Ella sonrió—. Y yo rezaré para que quizá, después de todo, tengas un futuro en la ciudad.

—No es lo que quiero. —Echó un vistazo a las casas y los comercios que empezaban a alinearse a ambos lados del camino—. Nací aquí. Mi única familia está aquí. Pero hoy… Audrey, tienes que saber una cosa. Lo del sábado no fue un accidente.

—¿Perdón? Tengo un dolor de cabeza que me dice que sí lo fue.

—Yo también. —Sam hizo una mueca—. Lo que quiero decir es que alguien manipuló el carruaje para provocar el accidente.

Audrey ahogó un grito y palideció.

—¿Cómo…? Quiero decir, ¿por qué? Es decir… ¿Quién querría hacernos daño?

—No a nosotros, querida. A mí.

—Pero ¿por qué…? Oh. —Un músculo tembló en la mandíbula de Audrey—. Están intentando asustarte para que te vayas de la caballeriza.

—No puedo evitar pensarlo. —Cerró en un puño la mano que tenía libre, furioso ante cualquier cosa que pudiera poner en peligro a Audrey—. Es difícil buscar oro si yo vivo allí.

—Pero los rumores sobre el oro llevan años circulando —señaló Audrey—. Y hace todavía más tiempo que nadie vive allí.

—¿Alguien nuevo en el pueblo que acaba de enterarse de los rumores? ¿O alguien de fuera?

Doblaron la esquina que conducía a la calle de la tía abuela Eleanor.

—Admito que yo mismo eché un vistazo por la caballeriza.

—Sam soltó una risa avergonzada—. ¿Quién no querría la recompensa por encontrar un tesoro así?

Me permitiría comprar mi granja ahora mismo en lugar de tener que esperar varios años.

Y podría ofrecerle a mi esposa una vida más cómoda de la que puedo darle ahora con lo que gano.

Pero ese lugar está muy bien construido.

No veo cómo podría haber escondido alguien algo allí.

—Tú has tenido tiempo de buscar. —Audrey se detuvo al final del camino de entrada de la casa de la tía abuela Eleanor—.

Nadie más puede hacerlo. —Extendió las manos hacia él—.

Ten cuidado, Sam. Ojalá… ¿Podrías plantearte que quizá esta sea la forma que tiene el Señor de decirte que no deberías quedarte aquí?

Cuando ella lo miró con aquellos grandes ojos azules, Sam no pudo negarle nada.

—Rezaré por ello, pero no puedo creer que Él me trajera aquí para después mandarme marchar.

¿Excepto quizá para encontrarla?

Eso sí que era algo en lo que pensar.

—¿Puedo verte mañana?

—Creo que sería mejor que no nos viéramos durante unos días. Ven a cenar el domingo.

—¿El domingo? —protestó Sam con tanta fuerza que la cortina de la entrada se movió.

Saludó con la mano a la tía abuela Eleanor y luego suspiró.

—Probablemente tengas razón. Hasta el domingo.

Le acarició la mejilla y se alejó a grandes zancadas, casi al trote, antes de sentirse tentado a ir más lejos.

No entendía lo que el Señor estaba haciendo con él. Llevaba años rezando por una familia. Rezaba por un hogar estable y una esposa piadosa. Ahora tenía lo primero y una maravillosa posibilidad de conseguir lo segundo, y ella seguía hablando de marcharse.

No lo quería lo suficiente para quedarse. Eso era todo. Si lo quisiera lo suficiente, renunciaría a sus sueños de multitudes y luces brillantes.

Si tú la quisieras lo suficiente, quizá renunciarías a los campos abiertos y a vivir rodeado de apenas un puñado de personas.

La idea le atravesó el estómago como una puñalada. Antes de enamorarse de Audrey, había estado convencido de que establecerse en Browning City era la decisión correcta, la decisión que Dios quería que tomara.

Ahora ya no estaba seguro.

Durante el resto de la velada, no dejó de darle vueltas a la posibilidad de que debiera marcharse del pueblo con Audrey.

Luchó contra aquella idea e intentó encontrar formas de hacer que quedarse resultara atractivo para ella.

Sabía que, con sus ingresos actuales, no podía permitirse mantener a una esposa con lujos.

No les faltaría de nada, pero tampoco tendrían mucho dinero para gastos adicionales.

Gastos como viajar.

Audrey sería infeliz.

Sin embargo, si se mudaban a la ciudad, ella sería la única de los dos que llegaría con un trabajo. Él podría encontrar uno, por supuesto, pero Audrey no podría seguir trabajando cuando formaran una familia.

—Parece imposible, Señor.

Esas fueron sus últimas palabras antes de quedarse dormido. El dolor de cabeza provocado por el accidente se había extendido por la frente y le bajaba por el cuello. Dio vueltas en la cama hasta que, en mitad de la noche, se despertó con un intenso escozor en los ojos y la nariz.

Humo.