Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Un escalofrío de temor le recorrió la espalda. El negocio iba mal. Alguien quería hacerle daño o, como mínimo, ahuyentarlo.

—¿Me equivoco, Señor? ¿Acaso no debo quedarme aquí después de todo?

El viento llevó hasta el pueblo el lúgubre lamento del silbido del tren de la tarde.

Sam se puso en pie y miró en dirección a la estación.

Debería ir a ver a Audrey. No la había visto desde el sábado.

El doctor Smythe les había ordenado a ambos que se quedaran en casa y descansaran el domingo, especialmente a Sam, que había visto doble durante varias horas después del accidente.

Cuando había pasado por casa de la tía abuela Eleanor a primera hora de aquel día para preguntar por Audrey, se había enterado de que ella había ido a trabajar.

—Tenía buen aspecto —le había dicho la tía abuela Eleanor con una sonrisa—. La verdad, Sam, nunca la había visto tan bien. Parecía tranquila.

Sam sabía a qué se refería. Nada era tan hermoso como ver el rostro de Audrey iluminado por la paz y la alegría. Nada sonaba tan dulce como oírla decir que no estaban solos porque el Señor estaba con ellos.

Mientras avanzaba a grandes zancadas hacia la estación, Sam alabó a Dios por el bien que había surgido del accidente. Esperaba que la recién descubierta relación de Audrey con el Señor significara que se quedaría en Browning City.

Si él se quedaba allí.

No. Apartó de su mente aquella duda persistente. Los ataques contra él y la mala marcha del negocio de la caballeriza no eran señales de Dios de que debiera marcharse. Por supuesto que no. El negocio volvería a repuntar en cuanto se estabilizara el buen tiempo y terminara la siembra.

En cuanto a los ataques contra él… Tenía que averiguar quién estaba detrás de ellos, sobre todo ahora que habían puesto en peligro a Audrey.

Pensar en ella volvió a alegrarle el corazón y aceleró el paso. La estación apareció ante sus ojos. Unas cuantas personas se dirigían hacia él: algunos desconocidos, Joe Norton y Zach Brennan. Ni rastro de Audrey.

Sam saludó a Joe y a Zach y después cruzó la estación hasta la oficina de telégrafos. Audrey estaba sentada ante su máquina, transmitiendo un mensaje. Cuando terminó, levantó la vista hacia él, sonrió y lo saludó con la mano.

—Esperando a Danny —articuló con los labios.

Sam asintió y se apoyó contra la pared de la oficina para esperarla. Lo que le pareció una eternidad después, oyó unos pasos que se acercaban corriendo y se volvió para ver a Danny entrar a toda prisa en la estación.

—¡Lo siento mucho! ¡Lo siento mucho! —gritó a modo de disculpa antes incluso de llegar a la oficina.

Audrey negó con la cabeza, pero no parecía en absoluto molesta mientras se bajaba del taburete y recogía sus cosas.

—¿A qué debo el privilegio de que me acompañes? —preguntó al saludar a Sam. Luego habló por encima del hombro—. Danny, se me había olvidado decírtelo: según el último informe, el tren en dirección este lleva dieciséis minutos de retraso.

Tomó a Sam del brazo sin vacilar y lo miró a los ojos.

—No tenías por qué haber esperado.

—Claro que sí.

Empezó a caminar hacia el pueblo, encantado de tener a Audrey a su lado.

Justo donde siempre había querido tenerla.

—Eres muy paciente con Danny y sus retrasos. Si no te parece descortés que te lo pregunte, ¿te pagan un extra por esperar?

—Sí, pero han amenazado con despedirlo varias veces.

—Audrey suspiró—. Yo sigo convenciendo al supervisor de Davenport para que lo mantenga en el puesto.

Quizá no debería permitir que se salga con la suya, pero es el único que gana dinero para mantener a su madre y a sus cinco hermanos menores.

Su padre murió en un accidente el año pasado. Por eso trabaja en doble turno.

Sam cubrió con la suya la mano de Audrey que descansaba sobre su brazo.

—No sé cómo puedes considerarte egoísta, Audrey. —Y, por sus propios motivos egoístas, añadió—: Otra operadora no sería tan comprensiva. Lo más probable es que acabara marchándose.

—Te refieres a si me voy yo.

—Sí.

—De verdad quieres que me quede. —Ella lo miró desde debajo del ala de su sombrero.

—Para siempre. —Respiró hondo—. Me gustaría cortejarte.

—¿No lo has estado haciendo ya? —Su tono era desenfadado—. El picnic. Acompañarme a la búsqueda de huevos de Pascua. Todo el mundo parece pensar que me estás cortejando.

—Sí, y quiero que sea oficial.

No estaba siendo muy claro, pero sospechaba que ella comprendía lo que quería decir: quería un cortejo encaminado al compromiso.

Quería, cuando se conocieran un poco mejor —aunque no mucho más—, casarse con ella.

No podía ofrecerle todo lo que deseaba, pero si Audrey estaba dispuesta a conformarse durante uno o dos años con las habitaciones que había detrás de la caballeriza —y si él ganaba el concurso de arado aquel año o el siguiente—, podrían tener una vida decente juntos.

No, una buena vida juntos.

Con la boca seca, dio el siguiente paso.

—Te quiero, Audrey.

—Ay, Dios mío. —Ella le apretó el brazo con más fuerza—. Sam, yo…

—Entenderé si no sientes lo mismo. Solo tenía que decírtelo y pedirte una oportunidad. Pero si ya no quieres volver a verme…

—Shh.

Retiró la mano de debajo de la suya y le rozó los labios con un dedo enguantado.

—Quiero pasar tiempo contigo más que con nadie. Pero, al mismo tiempo, yo… bueno, tengo miedo. Quiero decir, podría enamorarme de ti con mucha facilidad. Pero si al final me marcho, solo conseguiremos hacernos daño.

—Entonces no te vayas.

Él le tomó la mano y continuaron hacia el pueblo con los dedos entrelazados.

—Pensaba que ya no querrías marcharte. El sábado dijiste que ya no tenías miedo de estar sola.

—No lo tenía. No lo tengo. Pero ahora sé que tampoco estaré sola en la ciudad. Eso no significa que haya cambiado de opinión sobre vivir aislada, si entiendes lo que quiero decir.

—Me temo que sí. —Sam suspiró, intentando aliviar el dolor que le oprimía el corazón—. Pero si te quedaras, ¿tendría alguna oportunidad?

—Más que una oportunidad.

—Entonces, ¿por qué te planteas siquiera marcharte? —Se detuvo, se volvió hacia ella y le tomó también la otra mano—. Audrey, si te importo tanto, ¿por qué te irías?

Ella sostuvo su mirada.

—Podrías venir conmigo.