Capítulo 12
A udrey recuperó la conciencia con un gemido.
De no haberse oído a sí misma, habría pensado que se había quedado sorda.
El silencio lo cubría todo como la niebla.
Intentó abrir los ojos, pero tenía los párpados demasiado pesados, lastrados, sospechaba, por versiones más pequeñas de la roca que se había convertido en su almohada.
¿Por qué tenía una roca como almohada?
Intentó levantar el brazo izquierdo. Un dolor agudo le atravesó el hombro. Probó con la mano derecha. Apenas sintió molestias. Mucho mejor. Se tocó la cara. No tenía piedras sobre los párpados. Solo estaba cansada. Necesitaba dormir un poco más.
Otro gemido la sacó bruscamente de su letargo.
Aquella no era su voz.
Obligándose a abrir los ojos, se dio cuenta de que no estaba en casa de la señora Prescott.
Estaba tendida en la carretera. Los restos del carruaje destrozado yacían esparcidos a unas yardas de distancia, sin rastro del caballo ni de las riendas.
Más allá, vio a Sam encogido sobre sí mismo como un montón de ropa abandonada.
—Sam. —Intentó ponerse en pie.
Las piernas le fallaron y a duras penas evitó caer de bruces.
—Por favor, Señor.
Ni siquiera sabía qué pedir. Un único pensamiento llenaba su mente: llegar hasta Sam.
Se arrastró. Con las piedras clavándosele en las manos y las rodillas, avanzó por la carretera hasta donde yacía Sam.
Demasiado inmóvil y silencioso para haber sido él quien había gemido.
Con el corazón desbocado, Audrey le tocó el cuello. No encontró el pulso. Su piel estaba húmeda y fría.
El recuerdo de una habitación maloliente, de la piel fría y del silencio la asaltó.
Estaba sola otra vez.
Sam la había dejado completamente sola, sin nadie que pudiera ayudarla.
Todo, todas las personas que le importaban, habían desaparecido una vez más.
Abrió la boca para gritar.
No estabas sola.
Las palabras de Mary detuvieron el grito de Audrey.
Dios estaba contigo.
—¿Estás ahí, Dios? —preguntó—. Sam te necesita de verdad ahora mismo.
A menos que ya nada pudiera ayudarlo.
Tensa, volvió a pasarle los dedos por el cuello y esta vez encontró el pulso. Era débil e irregular, pero estaba ahí. Lo examinó y le palpó con cuidado el cuero cabelludo. No vio sangre, pero encontró un chichón en la nuca.
—Sam, ¿me oyes? —Le acarició la frente con las yemas de los dedos—. Abre los ojos, por favor.
Él no se movió.
—Sam, tú me trajiste hasta aquí. No me dejes sola. —Empezó a llorar—. No sé qué hacer aquí fuera. No puedo pedir ayuda.
Dios estaba contigo.
Dios está contigo.
—¿Cómo puedo saberlo? —Se cubrió el rostro con las manos—. Rezo pidiendo respuestas y Tú has permitido que esto ocurra. Me dejas sola aquí fuera con alguien que está demasiado quieto. Me has abandonado.
Su voz se volvió ronca y los sollozos le entrecortaron las palabras. Estaba lloriqueando, acusando a Dios de…
Hacer algo que había prometido no hacer jamás: abandonarla.
Audrey trató de recuperar el aliento y se quedó mirando una nube que se deslizaba por el cielo.
La cabeza le daba vueltas, así que la apoyó sobre las rodillas levantadas.
Buscaba algo: una certeza, una comprensión, una respuesta que sabía que podría encontrar si tan solo su cabeza dejara de sentirse como un melón demasiado maduro.
Dios había prometido no abandonar nunca a su pueblo. Sin embargo, ella se sentía abandonada. ¿Cómo podía ser, si la Palabra del Señor era verdad?
Lógica… Lógica…
Si Dios nunca se alejaba y, sin embargo, ella jamás sentía su presencia, ni siquiera cuando rezaba, entonces tenía que ser… tenía que ser…
Ella quien se había alejado de Dios.
—Te he abandonado —dijo, abrazándose las rodillas con fuerza contra el pecho—. He rezado, pero nunca he creído de verdad. Nunca te he entregado de verdad mi corazón.
Al igual que había hecho al arreglar la habitación de Sam y al organizar fiestas para recaudar fondos para buenas causas, había hecho todo lo que se suponía que debía hacer con Dios mientras su corazón seguía siendo egoísta.
Había llenado su vida de trabajo y diversión en lugar de entregársela al Señor.
—Necesito mucho perdón, Señor —susurró en medio del silencio—. Yo…
—¿Audrey? —la interrumpió la voz de Sam.
—Shh. Estoy escuchando a mi corazón.
Sam soltó una risita y después guardó silencio.
El mundo permanecía inmóvil. Incluso el viento parecía contener el aliento mientras Audrey balbuceaba una oración de entrega al Señor. El silencio se filtró en su mente, en su corazón, en su alma.
El temblor desapareció.
Levantó la cabeza y miró a Sam a los ojos.
—Buenas tardes.
Su voz sonaba áspera y su mirada no terminaba de enfocar. Tenía el rostro manchado de tierra.
—¿Te duele algo? —preguntó ella.
—No cuando miro vuestros dos rostros tan hermosos.
Audrey soltó una risita.
—Eso no es buena señal.
—¿Puedes ir andando al pueblo a buscar ayuda?
—Puedo, pero no voy a dejarte solo. —Le apartó el pelo de la frente—. Es sábado. Alguien pasará por aquí pronto.
—¿No te da miedo que estemos solos hasta que llegue alguien?
—No estamos solos. —Ella le sonrió—. El Señor está con nosotros.
Dos días después, Sam se incorporó tras examinar los restos del carruaje. Una oleada del mareo que lo atormentaba desde el accidente se apoderó de él y se pasó la manga por la frente.
—No fue un accidente. —Sam frunció el ceño mientras miraba a Graham MacKenzie—. Alguien manipuló el eje.
—¿Cómo puedes estar seguro? —preguntó el señor MacKenzie, que parecía envejecido y cansado—. ¿No podría haberse roto por el paso del tiempo o por una mala reparación?
Una punzada de ira atravesó a Sam.
—Lo mantengo todo en buen estado, señor. —Golpeó los restos del eje con la punta de la bota—. Lo cortaron.
—¿No podría ser simplemente un defecto de la madera?
—Y falta un trozo.
MacKenzie frunció el ceño.
—¿Por qué iba alguien a llevarse un trozo del eje?
—Es una pieza corta, la que va de la rueda al eje principal. Esta es larga, pero no lo suficiente.
—Podría haberse desprendido en otro sitio. —El señor MacKenzie echó un vistazo al campo desierto donde había ocurrido el accidente—. La rueda rodó bastante lejos.
—Sí, señor, y cuando todos volvimos aquí, la pieza ya había desaparecido. Han pasado dos días. Tiempo más que suficiente para que alguien se la llevara.
—Pero ¿por qué iba alguien a querer haceros eso a ti y a la señorita Audrey? —MacKenzie empezó a pasearse de un lado a otro por la estrecha carretera—. No le veo ningún sentido. Sois dos de los mejores jóvenes que conozco. No puedo imaginar que ninguno de los dos tenga enemigos.
—No, señor, piense lo que piense el sheriff.
Sam percibió el amargor de sus propias palabras y apretó los labios antes de continuar.
—Mira, hijo, él solo intenta mantener la seguridad en su pueblo. —MacKenzie posó una mano sobre el hombro de Sam—. Y ya sabes que, antes de que llegaras, apenas teníamos delitos dignos de mención. Es lógico que llegue a esa conclusión.
—Pero no he hecho más que mudarme aquí e intentar labrarme una nueva vida.
—Sam se metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia uno de los dos caballos en los que él y MacKenzie habían llegado desde el pueblo—.
Antes de venir aquí para establecerme, nunca me había quedado en ningún sitio el tiempo suficiente para hacerme enemigos.
—Entonces, el problema está en otra parte. —MacKenzie se reunió con él junto a los caballos—. Solo tenemos que averiguar dónde.
De regreso a Browning City, Sam se preguntó cómo averiguar quién no lo quería en el pueblo y, lo que era igual de importante, por qué. La posibilidad de que Audrey fuera el objetivo ni siquiera merecía consideración. Nadie podía pensar mal de ella.
Por supuesto, Sam tampoco sabía por qué alguien iba a pensar mal de él.
No creía que fuera egocéntrico pensar así.
El pueblo lo había recibido con los brazos abiertos.
Nunca había tenido enemigos, y nadie les había pedido jamás, ni a él ni a su padre, que se marcharan de ningún sitio.
Cuando su padre sentía la necesidad de seguir adelante, siempre se habían ido por voluntad propia.
Por voluntad propia de su padre.
Sam había querido quedarse muchas veces, pero su padre nunca quiso hacerlo, y él no podía dejar que se marchara solo.
Sin embargo, había alguien a quien Sam no le caía bien. Alguien que quería que se marchara, quizá incluso para siempre.
Con el corazón apesadumbrado, Sam se despidió de MacKenzie frente a la tienda general y regresó a la caballeriza llevando de las riendas el caballo del anciano.
El establo parecía demasiado vacío sin el carruaje.
El otro seguía en su rincón, frente al arado y el resto de los aperos de labranza.
Después de meter a los caballos en sus cuadras, Sam inspeccionó minuciosamente el segundo carruaje.
Las ruedas, el eje y la barra de tiro parecían intactos.
—Entonces, ¿cómo supo quien dañó el otro que yo me llevaría ese y no este? —Sam se balanceó sobre los talones mientras contemplaba el vehículo—. ¿Cómo podía saber siquiera que el sábado sacaría un carruaje yo y no otra persona?
Un rápido repaso mental le indicó que muchas personas podían haber sabido esto último.
Al menos una docena los había visto salir del pueblo.
Cualquiera podría haberlos seguido y haber cortado el eje mientras él y Audrey disfrutaban del picnic al otro lado de la colina, fuera de la vista de la carretera.
De hecho, tenía que haber ocurrido así. De lo contrario, la rueda habría cedido antes, cuando apenas se habían alejado del pueblo.
—¿Qué está pasando aquí, Señor? —preguntó Sam en voz alta en el establo vacío.
Vacío de gente, claro. Todos los caballos, salvo uno, seguían en sus cuadras. El que faltaba estaría fuera toda la semana, alquilado por un hombre al que no le gustaban los trenes y que tenía que viajar a Des Moines.
El negocio iba mal.
Demasiado mal.
Con el pienso y los demás suministros que había que comprar, la caballeriza no le había producido a MacKenzie lo suficiente ni siquiera para pagar el sueldo de Sam.