Capítulo 11 #3
—No. La abuelita simplemente se hizo mayor.
Luego mamá… No sé qué le pasó. Empezó a estar muy cansada y pálida y murió aproximadamente un año antes de que la fiebre tifoidea se llevara a papá y a mi hermano.
Las otras mujeres de la zona eran mayores y estaban ocupadas con sus propias familias.
No tuve ninguna chica de mi edad con quien hablar hasta que llegué aquí.
—¿Y pretendientes? —Sam le dedicó una sonrisa.
Ella bajó la cabeza para que el ala del sombrero le ocultara el rostro.
—Hubo uno o dos. Pero no podía dejar a papá y a Owen, mi hermano. Y hace demasiado buen día para hablar de esas cosas. ¿Adónde me llevas?
—A la parcela que voy a comprar.
—Ah. —Audrey se estremeció.
—Está a solo seis millas del pueblo.
—Demasiado lejos para ir y volver una noche entre semana.
—Supongo que sí.
Sam desvió el carruaje para esquivar una carreta de granja llena de niños. Saludó con la mano al hombre y a la mujer que iban sentados en el pescante. Ellos y todos los niños le devolvieron el saludo.
—¿Quiénes son? —preguntó Audrey.
—Los dueños de la granja contigua a la que quiero comprar.
—Sam apoyó un codo en la cesta de picnic—.
No es grande, pero linda con el río y tiene un buen arroyo para abastecerse de agua.
En otro tiempo hubo una casa, pero se quemó hace muchos años.
Es tierra sin cultivar, salvo por la hierba, claro, y los árboles que crecen junto al arroyo.
—Parece bonito —murmuró Audrey.
—No pareces muy convencida.
—¿Por qué me llevas allí? —preguntó ella, cambiando de tema.
Sam se rio.
—Entiendo: no te dé demasiada información y me limite a decirte qué vamos a hacer hoy. Bueno, Audrey, vamos a disfrutar de la tranquilidad, de nuestra compañía, del picnic y del Señor.
Audrey se removió en el asiento.
—Lo último debería ser lo primero, por supuesto.
—Solo si tú así lo decides.
No sabía qué quería que ocupara el primer lugar.
Lo único que sabía era que disfrutaba de la compañía de Sam, y esa era la única razón por la que no le pedía que diera media vuelta con el carruaje.
Sin embargo, la certeza con que hablaba de comprar precisamente aquel terreno hacía que deseara haberse quedado en el pueblo, pasando su sábado libre curioseando por las tiendas o sentada al sol en el porche de la señora Prescott, haciendo encajes para venderlos en el bazar.
Sam estaba tan decidido a llevar una vida de granjero que ella debería mantenerse alejada de él para siempre.
Pero el sol, la cálida brisa que olía a hierba y tierra húmeda y, más tarde, la comida del picnic la dejaron adormilada y satisfecha.
—Ha sido muy amable por parte de la señora Meddler, del hotel, preparar esta cesta. —Audrey se levantó de la roca donde había estado sentada y empezó a recoger los papeles que habían envuelto el pollo, los panecillos y las tartaletas de mermelada de bayas.
—Le arreglé uno de los cables que sujetan la lámpara de araña del comedor. —Sam también se levantó y le tendió la mano—. Demos un paseo.
Audrey deslizó la mano en la suya y dejó que la guiara por la finca.
Desde lo alto de una loma divisó la carretera en una dirección y el río en la otra.
La carretera se extendía desierta hasta donde alcanzaba la vista en ambos sentidos.
El río, crecido por el deshielo primaveral, espumeaba entre bajos acantilados.
Su rugido, amortiguado por la distancia, y el canto de media docena de pájaros en la arboleda junto al arroyo que desembocaba en él eran los únicos sonidos que se oían.
Ni siquiera el incesante viento de Iowa conseguía hacerse oír por encima del Misisipi.
—Necesito hablar. —Audrey alzó la voz más de lo necesario—. El silencio me vuelve loca. Estuve sola en la granja durante meses. No tenía a nadie con quien hablar.
—Yo he estado viniendo aquí para hablar con el Señor. —El tono de Sam era tranquilo—. Aquí no siento que mi voz se pierda entre el bullicio del pueblo.
—Creo que el Señor puede oírnos sin importar lo que ocurra a nuestro alrededor.
—Por supuesto que puede. —Sam sonrió—. Pero ¿puedes oírlo tú?
—Leo la Biblia. Esas son Sus palabras.
—Sí, pero ¿te llegan Sus palabras cuando rezas?
—Yo… nunca lo había pensado.
—¿Quieres intentarlo ahora? —Sam se volvió hacia ella—. Dediquemos unos minutos a rezar. Tienes que tomar una decisión importante. No querrás equivocarte.
Como desde luego no quería hacerlo, Audrey asintió. Junto a Sam, se arrodilló sobre la hierba, aspiró el dulce aroma que desprendían los tiernos tallos al aplastarlos y comenzó a hablar con Dios en silencio.
Señor, no puedo vivir así, pero tampoco estoy segura de tener valor para marcharme, después de todo.
Aún no he recibido una respuesta Tuya. Por favor, dame una respuesta que tenga sentido para mí.
No puedo vivir tan lejos de la gente. Esta tierra es bonita, pero el silencio me da mucho miedo. No me gusta. No puedo…
Se detuvo.
Oyó su propia voz en la cabeza y no le gustó cómo sonaba.
Se puso en pie de un salto.
—Quiero marcharme… ahora mismo.
—¿Ahora? —Sam parpadeó al mirarla—. Todavía es temprano y quería bajar a dar un paseo hasta el río.
—Ahora. Si no quieres llevar el carruaje, iré andando. —Dicho esto, se dio la vuelta y echó a andar a grandes zancadas hacia la carretera.
Sam la alcanzó.
—Audrey, ¿qué te pasa?
—¿Qué me pasa? Sueno como una quejica. No hago más que quejarme ante Dios de lo que no puedo hacer y de lo que no quiero. —Contuvo las lágrimas—. No soy capaz de entregarle nada… de rendirme a Él.
—Lo entiendo. —Sam le puso una mano en el hombro cuando llegaron al carruaje—. Yo también estoy luchando con eso.
—¿Qué es lo que no puedes entregarle a Dios? —preguntó Audrey con insistencia.
Sam retiró la mano.
—A ti.
Se alejó para ir a buscar el caballo que habían dejado atado. Cuando regresó, Audrey todavía no había encontrado qué responder. Temblaba por dentro como si no hubiera comido aquel delicioso pollo ni las tartaletas del hotel. El vacío la carcomía.
Sam terminó de enganchar el caballo al carruaje.
—¿Necesitas que te ayude a subir?
Ella negó con la cabeza, apoyó un pie en la rueda y subió al carruaje. Este se sacudió bajo su peso. Audrey bajó la mirada. El suelo era blando, aunque no demasiado húmedo.
Perfecto para arar.
Era un buen lugar para cultivar.
Alguna mujer estaría encantada de trabajar aquella tierra junto a Sam. Audrey se abrazó a sí misma y clavó la mirada al frente.
Sam subió a su lado y el carruaje volvió a balancearse.
—Debería haber buscado un terreno más firme para dejarlo. Será mejor que nos pongamos en marcha.
Emprendieron el camino hacia la carretera. El carruaje traqueteaba y crujía bajo ellos. Sam frunció el ceño, pero no dijo nada. Audrey también permaneció en silencio. Empezaba a marearse con tanto vaivén, debido a la mala suspensión del carruaje y al pésimo estado del camino.
Aunque a la ida no le había parecido tan malo. Claro que quizá ahora iban un poco más deprisa. Sospechaba que Sam quería librarse de ella con tanta urgencia como ella quería alejarse de él.
Pero eso no era cierto.
Ella no quería alejarse…
La rueda derecha se hundió en un bache.
—¡Ay!
—Lo siento. Esto no se maneja…
Un fuerte crujido rompió el silencio.
—¡Agárrate! —gritó Sam.
Pero Audrey no tenía nada a lo que aferrarse cuando la rueda derecha se desprendió. La rueda salió disparada en una dirección.
Audrey salió despedida en otra.
El dolor le estalló en el cráneo.
Y la oscuridad se apoderó de ella.