Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 11
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Capítulo 11

C uatro días después, Sam estaba sentado en la alfombra junto a la chimenea del salón de la señora Prescott, con la Biblia sobre las rodillas.

—Aprendí a confiar en el Señor cuando no tenía nada más estable en mi vida. Sí, papá siempre estaba ahí, pero no me servía de mucho consuelo cuando tuve edad suficiente para comprender que mi vida no era como la de los demás chicos.

Audrey se inclinó hacia él desde su sitio en el sofá.

—Pero ¿cómo aprendiste a entregarle tu corazón a Dios y a confiarle tu futuro?

—Los domingos no viajábamos y, a veces, estábamos cerca de alguna iglesia. —Sam dio unos golpecitos a la gastada Biblia—. Un pastor me la dio y simplemente empecé a leerla. Con el tiempo, empecé a relacionar la Palabra con lo que decían los predicadores.

—¿Así que ahora simplemente sabes que Dios arreglará todo en tu vida?

—Lo sé. Aunque no siempre consigo creerlo.

Audrey llevaba cuatro días luchando con aquella idea, desde su conversación con Mary. Sam y ella nunca parecían encontrar tiempo para hablar, así que Audrey había cogido su Biblia, le había quitado el polvo y había intentado leerla.

—Es tan gruesa que no sé por dónde empezar.

—Los Evangelios están bien. También Romanos.

—Sam empezó a hojear las desgastadas páginas de su Biblia—.

Y Proverbios contiene mucha sabiduría. A mí me gusta el capítulo tres de Proverbios cuando estoy preocupado.

—Sonrió—. Cuando , Audrey, no si . Me preocupo constantemente por lo que me depara el futuro, por si Dios no hace lo que yo quiero que haga.

—Pero te devolvió tus ahorros.

—Sí, pero no sé por qué. Sé por qué quería yo que lo hiciera, pero no sé si era lo que Él quería. —Sam volvió la mirada hacia la ventana, por cuyos cristales la lluvia caía como una cascada—. Sigue sin ser suficiente para lo que realmente quiero, y puede que nunca lo consiga.

Incluso viéndolo de perfil, Audrey percibió su anhelo. Lo entendía. Su propio corazón también ansiaba algo y, al mismo tiempo, lo temía. Temía no llegar a tener jamás aquello que de verdad deseaba.

Se abrazó las rodillas.

—Entonces, ¿cómo sigues adelante? Quiero decir, yo rezo por cosas como la salud de la señora Prescott, por ti cuando te hiciste daño y para que haga sol durante el bazar de primavera. Pero ahora siento que esas eran oraciones egoístas. Ya no sé por qué rezar.

—Me vienen a la mente dos versículos de inmediato.

—Sam alisó las páginas de su Biblia y leyó—: «Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente», nos dice el capítulo veintidós de Mateo.

Y el capítulo tres de Proverbios dice: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento.

Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas».

—Es mucho pedir. —Audrey metió unos trocitos de hilo en su Biblia para marcar ambos pasajes—. No creo que pueda hacerlo.

—Nadie puede. Necesitamos Su fuerza para confiar en Él. Es muy difícil admitir que no podemos hacerlo todo por nosotros mismos.

—Pero tú sí lo haces —protestó Audrey.

—No siempre. —Sam bajó la cabeza—. No lo hice cuando descubrí que me habían robado los ahorros. Y ahora no estoy seguro de estar confiando en el Señor respecto a otras cosas que hay en mi corazón, cosas que yo deseo y que quizá Él no quiera para mí.

—Yo también me siento así. —Audrey juntó las manos sobre su Biblia—. Pero aunque temamos que Dios quiera algo para nosotros que nosotros no queremos, ¿deberíamos rezar por ello? Quiero decir, ¿podemos rezar por lo que queremos?

—Sí, claro. Puede que Él simplemente nos cierre esa puerta. —Le tendió la mano—. ¿Qué es eso que deseas tanto, Audrey, si puedes contármelo?

—Un trabajo en la ciudad.

Una expresión de dolor cruzó su rostro.

—¿Por qué? —Su voz era suave—. ¿Por qué quieres dejarnos?

—No pertenezco a este lugar. —Entrelazó los dedos y los apretó con fuerza, evitando mirarlo a los ojos—.

No me había dado cuenta de hasta qué punto organizaba todas esas fiestas y celebraciones por mí misma.

Decía que lo hacía por el pueblo. Ahora ya no puedo mirar a nadie a la cara.

Esta mañana, en la iglesia, apenas he podido mirar a nadie a los ojos.

—¿Alguien te ha tratado mal en la iglesia?

—No. Nadie me ha tratado de forma diferente. Pero yo me siento diferente.

Sentía como si sus pecados hubieran quedado al descubierto ante todos. Sin embargo, al pensarlo mejor, se dio cuenta de que solo habían quedado al descubierto ante ella misma. Todos los demás ya sabían por qué hacía lo que hacía.

—Es que no puedo convertirme en una persona diferente y quedarme aquí —soltó de repente—. Nadie me creerá.

—Lo sabrán. —Sam le dedicó una sonrisa alentadora—. Pero, aunque no lo sepan, el Señor sí lo sabrá, y Él es quien importa. ¿Te gustaría rezar conmigo por esto?

—No puedo. —Audrey se levantó—. Por favor, déjame leer y reflexionar un poco más. Y ya es hora de despertar a la señora Prescott de su siesta.

—De acuerdo. Solo tienes que acudir a mí o a cualquier otra persona cuando necesites más orientación.

—Sam se levantó y se dirigió hacia la puerta—.

Voy a cenar otra vez con los MacKenzie, así que no puedo quedarme.

Pero rezaré por ti. Y me gustaría que tú también rezaras por mí.

Tengo varias cosas que debo entregarle al Señor y a las que me aferro con todas mis fuerzas.

—Puedo hacerlo.

Rezar por él era fácil. No tenía que debatirse sobre si lo que Sam deseaba podía estar en contra de lo que Dios quería para él.

Rezar por sí misma, sin embargo, resultaba difícil, por decirlo suavemente.

Durante la semana siguiente, leyó varias veces el tercer capítulo de Proverbios hasta memorizarlo.

Leyó el Evangelio de Mateo de principio a fin y comenzó con Romanos.

Las palabras la conmovían, pero cada vez que se arrodillaba para pedirle al Señor que tomara su corazón y su voluntad, se le atascaban en la garganta.

Solo conseguía rezar por los temores que le rondaban la cabeza.

—Quiero encontrar trabajo en la ciudad para poder marcharme de una vez. Quiero irme antes de que mi amor por Sam sea tan grande que me resulte imposible dejarlo.

Al expresar aquel sentimiento en voz alta, supo que sonaba ridículo. Si amaba a Sam, querría quedarse con él independientemente de dónde se estableciera. Sin embargo, sabía que no podría ser feliz quedándose en Browning City, con Sam o sin él.

—Siento que tengo que irme ahora, Señor.

Por favor, concédeme el trabajo que necesito para hacerlo.

—Empezó a levantarse, pero entonces un pensamiento cruzó su mente—.

Y no estoy segura de sentirlo todavía en lo más profundo de mi corazón, pero mi cabeza me dice que añada: un trabajo, si es Tu voluntad.

Sintiéndose sorprendentemente mejor, se levantó y se fue a la cama.

Tras una buena noche de sueño, despertó con el arrullo de una paloma torcaz y el canto de otros pájaros que no logró identificar.

La primavera estaba a punto de llegar, con los narcisos asomando en una profusión amarilla y los brotes formando una neblina verde a lo largo de las ramas de los árboles.

Era un buen momento para empezar de nuevo.

Con pasos menos pesados que en los últimos días, Audrey se dirigió a la oficina de telégrafos. Aquel día iba a ocurrir algo bueno. Simplemente lo sabía.

Durante la primera mitad de la jornada no ocurrió nada fuera de lo normal. Envió y recibió mensajes. Entre uno y otro, se dedicó a hacer ganchillo. Charlie pasó por la oficina mientras ella almorzaba.

Luego, la segunda mitad de su jornada comenzó con unas palabras en código Morse:

Impresionados con tu trabajo STOP ¿Vendrás a trabajar con nosotros a Chicago STOP avísanos antes del 1 de mayo STOP te enviaremos una carta STOP

Audrey no le contó a nadie lo de la oferta de trabajo.

Temía que, si se enteraban, la gente la tratara de forma diferente durante la búsqueda de huevos de Pascua del sábado, y no quería que nada empañara la alegría de saber que Dios había respondido a su oración, que le había concedido el deseo de su corazón.

Quizá estoy empezando a entenderlo, Señor, y te estoy entregando más de mi vida de lo que me doy cuenta.

Rebosante de emoción, se arregló con esmero para la fiesta.

Aunque hacía sol, aquel día de mediados de abril era demasiado fresco para un vestido de calicó.

Se puso el vestido azul de lana, al que había añadido unas cintas para ocultar las manchas de mermelada.

Mientras se lo pasaba por la cabeza, no pudo evitar recordar la última vez que lo había llevado.

Se había puesto guapa para Sam y él la había besado.

Se llevó los dedos a los labios. Seguía creyendo que no debería haberlo hecho. Ni siquiera estaban cortejándose. Sin embargo, en aquel momento se había sentido segura y protegida, sensaciones que habían resultado tan fugaces como el propio abrazo.

—Déjalo ya.

Se reprendió por pensar en aquel incidente con algo que no fuera vergüenza mientras se anudaba la cinta del pelo. Estaba colocándose un chal de ganchillo alrededor de los hombros cuando alguien llamó a la puerta principal.

—Serán Jess y Nick —le dijo a la señora Prescott—. Ya voy yo.

Se alisó los mechones que le caían sobre las orejas y se dirigió a la puerta principal. Al abrirla, encontró a Sam en el porche con un puñado de narcisos.

—Han florecido detrás de la caballeriza esta semana —dijo, tendiéndoselos—. Eran tan brillantes y alegres que me recordaron a ti.

—Qué… qué detalle por tu parte. —El corazón de Audrey dio un vuelco absurdo—. Entra y charla con la señora Prescott mientras pongo las flores en agua.

Hundió el rostro entre los pétalos de dulce aroma, deleitándose con ellos y deseando al mismo tiempo que él no se los hubiera traído. Y, aún más, que no hubiera dicho algo tan romántico.

No te preocupes por mí, Sam. Me voy. Se lo diré a Western Union el lunes.

Puso las flores en un vaso con agua y regresó al salón.