Capítulo 10 #3
—En primer lugar, yo no inicié esta colecta.
Algunas personas acudieron a mí porque Sam las ayudó mucho durante la tormenta.
La gente de aquí no es rica, pero tampoco es pobre, y es generosa con lo que tiene.
Sam fue generoso con su tiempo y sus fuerzas, y muchos vecinos, incluidos algunos comerciantes, estaban agradecidos por todo el trabajo que hizo retirando la nieve y el hielo de las aceras y las carreteras.
Dejaba que le dieran de comer, pero no aceptaba ningún pago, aunque todos sabemos que quiere ahorrar suficiente dinero para comprar una granja y establecerse aquí.
—Yo también he hecho mucho por este pueblo. Organizo el mercadillo de primavera, el desfile de Navidad, la fiesta de la cosecha… y un sinfín de cosas más.
—Así es, y te lo agradecemos todo. —Mary suspiró—. Pero, Audrey, dejas claro que haces esas cosas porque disfrutas del entretenimiento, el bullicio y de tener a mucha gente a tu alrededor.
—¿Y qué hay de malo en eso…? —Audrey contuvo el aliento. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas—. Estás diciendo que hago esas cosas por mí misma y no por los demás.
—Dime si me equivoco.
—Yo… no puedo.
Audrey recordó por qué había limpiado la habitación de Sam y la había hecho habitable. Lo había hecho por sí misma, no por él.
Quería meterse debajo de una mesa y esconderse. Mejor aún, coger el próximo tren que saliera de Browning City antes de que nadie descubriera lo horrible que era.
Excepto que ya lo sabían.
Se secó los ojos con la manga.
—Así que no me ayudasteis cuando me robaron el sueldo porque soy egoísta y no me tenéis demasiado cariño.
—Al contrario, querida. —La voz de Mary se quebró—.
Te queremos mucho y sabíamos que, cuanto antes ahorraras suficiente dinero, antes nos dejarías.
Si hubiéramos pensado que aquella pérdida suponía una verdadera desgracia para ti, te habríamos ayudado, y mucho.
Pero no queremos que te mudes al este, donde no conoces a nadie y no tendrás un hogar espiritual, amigos ni familia que te apoyen.
Te queremos aquí, donde podemos quererte, protegerte y darte el alimento espiritual que necesitas para crecer.
—Pero este no es mi hogar ni mi familia. Los perdí. —Las palabras brotaron entre lágrimas, directamente de su corazón —. Me sentía tan sola y todo estaba en silencio… —Empezó a sollozar.
—Ay, querida mía. —Mary se arrodilló ante Audrey y tomó sus manos entre las suyas—. No estabas sola. Dios estaba contigo. Solo tenías que pedirle ayuda. ¿Lo haces alguna vez?
Audrey negó con la cabeza.
—No por mí misma. Rezo por otras personas, pero Él no quiere ayudarme.
—Claro que sí. —Mary cogió un trozo de calicó de la mesa de costura y se lo entregó.
Audrey se secó los ojos con la tela de colores—.
Él está contigo cada minuto de cada día.
Quiere guiar cada paso de tu vida y promete velar por todas tus necesidades.
Pero nos pide que confiemos en Él y le entreguemos nuestro corazón.
¿Lo has hecho, Audrey? ¿Le has entregado tu corazón al Señor?
—Le pedí que perdonara mis pecados hace mucho tiempo.
Mary sonrió.
—Es un buen comienzo. Pero Él quiere que también le entregues tu corazón. Entrégale tu vida y todos tus deseos, y confía en Él. ¿Puedes hacerlo?
—Yo…
¿Y si Dios quería que se quedara en Browning City?
De repente, Audrey sintió que no podía respirar. Quería salir corriendo de la habitación, huir de la casa y seguir avanzando hasta dejar de sentirse atrapada por aquel único pensamiento.
—No lo sé. —No podía ser otra cosa que sincera con Mary.
—¿Me prometes que lo pensarás? —preguntó Mary mientras se levantaba—. Y lee la Biblia.
—Sí, señora.
Audrey volvió a secarse los ojos y deseó no haber aceptado que Sam se quedara para acompañarla a casa. Sabía que debía de tener un aspecto espantoso y no quería que él la viera así.
Pero cuando ella y Mary salieron al pasillo y Sam y el pastor Jackson salieron del despacho, Sam le dedicó una sonrisa tan cálida que Audrey pensó que quizá, después de todo, no tuviera tan mal aspecto.
—¿Estás lista para irte a casa? —le preguntó.
Ella asintió.
—La señora Prescott estará preocupada.
—Pero no la tía abuela Eleanor. Ella no se preocupa por nada. Solo reza por ello.
—Es un baluarte de fortaleza espiritual en este pueblo —dijo Jackson—. No tengo ninguna duda de que sus oraciones te trajeron aquí, Sam. Y te mantendrán aquí también, si Dios quiere.
—Rezo para que así sea. —Sam estrechó la mano del pastor, saludó a Mary con una inclinación de cabeza y le ofreció el brazo a Audrey—. ¿Nos vamos?
Se adentraron en la noche cogidos del brazo, como una pareja de enamorados.
Audrey, sin embargo, no sentía nada romántico a pesar del aire más cálido y del cielo cuajado de estrellas.
Sentía como si alguien le hubiera arrancado el corazón de su sitio y lo hubiera dejado a la deriva en su pecho, como un barco abandonado en un remolino.
No sabía qué pensar y estaba demasiado asustada para rezar y pedirle a Dios que la guiara.
Ahora que sé que aquí todos piensan que soy una bestia egoísta, Señor, de verdad que no puedo quedarme.
Sin embargo, deseaba tener la misma seguridad que Sam, a pesar de su vida errante y de la falta de amigos que esta le había acarreado.
Falta de amigos antes de llegar a Browning City.
—Sam —soltó de repente, justo antes de llegar a casa de la señora Prescott—, ¿me dirás cómo consigues confiar en que el Señor tiene preparado lo mejor para ti?