Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Audrey suspiró, le dio las buenas noches y entró en casa.

Cuando le contó a la señora Prescott lo ocurrido en la oficina del sheriff, esta asintió con comprensión y dijo prácticamente lo mismo que Sam.

—Si aquellos buscadores de oro no hubieran pasado por aquí después de la guerra —concluyó la anciana—, probablemente ni siquiera tendríamos sheriff.

—Señora Prescott, señora… —Audrey vaciló, pero, puesto que ya había empezado, no podía echarse atrás—.

¿Cree usted que…? Es decir, sé que no le gusta hablar de ello, pero ¿cree que esa persona podría haber estado buscando el oro en la caballeriza y simplemente encontró el dinero de Sam y se lo llevó?

La señora Prescott cerró los ojos y asintió.

—Me temo que podría haber sucedido así. —Le tendió una mano—. ¿Rezarás conmigo para que podamos acabar de una vez por todas con esos rumores sobre el oro?

Audrey se unió a ella en la oración, aunque estaba convencida de que solo había una manera de acabar con la leyenda y con los buscadores de oro:

encontrar el tesoro.

—Mary Reeves está organizando una colecta para Sam —dijo Jess a modo de saludo cuando Audrey llegó a su casa.

—¿Una colecta para Sam? —preguntó Audrey mientras se quitaba el abrigo, que resultaba casi demasiado cálido para el tiempo primaveral y templado que se había instalado en Browning City aquel miércoles anterior al Domingo de Ramos—. ¿Por qué?

En cuanto formuló la pregunta, se dio cuenta de que no había sido muy amable por su parte.

—¿Te refieres a reponer lo que le robaron? —rectificó.

—Sí, y ya han reunido casi lo suficiente para reemplazar todo lo que le quitaron. —Jess abrazó a Audrey—. ¿No es maravilloso? La gente de aquí es muy amable y generosa. No es de extrañar que Nick decidiera quedarse. Y Sam también.

Las palabras de Jess golpearon de lleno a Audrey.

—Sí, no es de extrañar. —Se sentía tan vacía y desanimada como sabía que sonaba su voz.

El pueblo estaba reponiendo los ahorros de Sam.

Sam, que llevaba allí menos de dos meses.

Sam, que tenía un trabajo bien remunerado y un lugar donde vivir gracias a ese trabajo.

Sam, al que invitaban a cenar a todas partes porque era un soltero codiciado y, por tanto, apenas tenía que gastar en comida. Sam, que tenía familia.

Audrey se tragó el enorme nudo que tenía en la garganta y se obligó a sonreír.

—Supongo que ahora podrá quedarse aquí si quiere sin tener que esperar una docena de años para comprarse una granja.

—Eso espero. —Jess agarró a Audrey del brazo y la condujo a la cocina—. Es un hombre muy amable. Debió de quitar la nieve de medio pueblo después de la tormenta. Aunque probablemente tú sepas más de él que el resto de nosotras. —Le guiñó un ojo.

Audrey se sonrojó y se volvió al oír unos pasos que se acercaban corriendo. Se preparó justo a tiempo para recibir la embestida de dos niñas pequeñas con unas coletas oscuras que volaban a su espalda.

—Mis dos traviesas favoritas. —Las abrazó con fuerza—. Tengo regalos para vosotras.

—¡Qué bien! ¡Qué bien!

Las niñas empezaron a dar saltos de alegría.

—Se dice «gracias» —las reprendió Jess con una sonrisa.

—Pero si todavía no nos ha dado nada —dijo Molly, la más pequeña.

—Eso ha sido una grosería, Moll —la regañó su hermana, un año mayor que ella.

Audrey se rio y sacó del bolso unos pequeños retales de encaje.

—Sombreros para vuestras muñecas. Para Pascua, claro.

—¡Sí!

Las niñas echaron a correr para salir de la habitación, se detuvieron de repente como si una cuerda invisible hubiera tirado de ellas y regresaron corriendo para abrazar de nuevo a Audrey.

—Gracias, señorita Audrey.

Después volvieron a salir disparadas.

—Las mimas demasiado. —Jess empezó a preparar café.

—Siempre quise tener hermanas pequeñas. —Audrey comenzó a ordenar los materiales que habían reunido para decorar el salón parroquial con motivo de la búsqueda de huevos de Pascua—. Yo era la pequeña de la familia y no me gustaba.

Jess esbozó una sonrisa por encima del hombro.

—Quizá deberías tener hijos.

—Jess, qué vergüenza. —Audrey sintió que el calor le subía por el cuello hasta el moño—. Primero necesito un marido.

—Claro que sí. —Jess se echó a reír—. Quiero decir que, por lo que he oído, encontrar marido es fácil.

—Entonces oyes más cosas que yo —espetó Audrey.

—Tranquilízate. —Jess le puso una mano en el hombro—. ¿Te pasa algo? Solo te estaba tomando el pelo con lo de Sam. Todos sabemos que está locamente enamorado de ti.

—Yo no quiero quedarme aquí. Él sí. Y punto. —Y la gente quería que se quedara.

—Sé captar las indirectas. —Jess cogió una hoja de papel de seda y empezó a hacer una flor—. Entonces hablaré de Nick. Nunca pensé que se fijaría en mí teniéndote a ti por aquí, pero él…

Audrey dejó que Jess parloteara sin parar sobre Nick. Así no tenía que decir nada mientras hacían flores y guirnaldas de papel, tomaban café y se reían con los estallidos de risas infantiles que llegaban de la otra habitación.

A las nueve en punto, el hermano mayor de Jess, un adolescente desgarbado de quince años, entró arrastrando los pies en la cocina.

—Mamá dice que debería acompañarte a casa, señorita Audrey.

—Gracias, Devlin, pero puede que tenga que hacer una parada por el camino.

Audrey se puso el abrigo, se despidió de Jess con un abrazo y salió a la noche con un silencioso Devlin a su lado.

Sobre sus cabezas se extendía un cielo cuajado de estrellas. Brillante. Despejado. Romántico. Una noche para compartir con alguien querido.

Audrey cruzó los brazos sobre el pecho y recorrió con paso pesado las dos calles que la separaban de la casa parroquial. Sabía que era un poco tarde para hacer una visita. También sabía que Jackson y Mary nunca rechazaban a nadie que llamara a su puerta, sin importar la hora.

Pero ya tenían visita. Audrey distinguió varias sombras a través de las cortinas, señal de que había varios adultos reunidos en el salón. Empezó a darse la vuelta cuando la puerta principal se abrió de par en par entre una algarabía de voces y risas, luz y movimiento.

—Me acordaré de eso.

Al oír la voz de Sam, Audrey dio un traspié y aceleró el paso.

—Será mejor que nos demos prisa, Dev.

—¿Audrey? Audrey Coleman, ¿eres tú? —Unos pasos apresurados sonaron a su espalda—. Audrey, espera. Quiero contarte la noticia.

Sam la alcanzó y se apresuró a ponerse frente a ella.

—El Señor se ha encargado de que me devuelvan mi dinero. ¿No es maravilloso? —La levantó en volandas y la hizo girar.

Devlin y quienes seguían en la casa estallaron en carcajadas.

Sam la soltó como si acabara de tocar un atizador al rojo vivo.

—Lo siento. Estaba tan feliz que me dejé llevar.

—Puedo entender por qué. —A pesar del dolor que sentía en el corazón, Audrey se rio ante su entusiasmo y sus payasadas—. Tienes una fe increíble.

Y rompió a llorar.

—Audrey. Audrey, cariño, ¿qué te pasa? —Sam le rodeó los hombros con un brazo y la condujo hacia la casa—. Vuelve dentro y siéntate. ¿Mary?

—Sí, tráela. —Mary abrió la puerta de par en par.

Los demás invitados y Devlin se retiraron discretamente.

—¿Qué te pasa, cariño? —Mary sacó un pañuelo del bolsillo y se lo puso en la mano a Audrey—. ¿Te ha hecho daño algo o alguien?

—Sí. No. —Audrey tragó saliva y trató de recomponerse—. Lo siento. Lo siento. Debería irme a casa.

—No creo que debas hacerlo. —Sam le apretó la mano—. Pero te dejaré aquí con Mary y Jackson, a menos que quieras que me quede.

Audrey sí quería que se quedara. Nada la había hecho sentir mejor que tener el brazo de Sam alrededor de ella y sentirlo a su lado, como un baluarte de fuerza y consuelo. Sin embargo, lo que quería hablar con Mary tenía que ver precisamente con él.

—Si a Jackson no le importa —dijo Sam—, me quedaré con él en su despacho para que vosotras dos podáis hablar a solas. Después te acompañaré a casa, Audrey.

—Gracias. —Audrey le dedicó lo que temía que fuera una sonrisa apagada.

—Qué hombre tan considerado. —Mary le dedicó a Sam una sonrisa más cálida—. Llevaré a Audrey a mi cuarto de costura.

La condujo hasta una pequeña habitación que contenía más libros que útiles de costura. También había dos sillones. Le indicó uno a Audrey y ocupó el otro.

—Ahora cuéntame qué te tiene tan alterada.

Audrey se mordió el labio. Ahora que tenía a alguien ante quien expresar su reacción a la buena suerte de Sam, se daba cuenta de lo egoísta que sonaba. Pero ¿ante quién mejor podía admitirlo que ante la esposa del pastor?

—Estoy confundida. —Audrey entrelazó las manos sobre el regazo—. Esto no está bien.

Mary sonrió.

—Ya imaginaba que no. La gente no suele enfadarse por las cosas buenas.

—No, pero es que… me hace parecer… mezquina.

—No puedo imaginarte siendo mezquina, Audrey. —Mary se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en la mano—. Limítate a decir lo que sientes.

—Lo intentaré. —Audrey respiró hondo—. El año pasado, cuando me robaron el sueldo, nadie hizo nada para compensarme. Y yo llevaba aquí dos años. Sam lleva aquí menos de dos meses y habéis organizado una colecta para él.

—Ah.

Aparte de aquel único sonido, Mary permaneció en silencio durante tanto tiempo que Audrey empezó a preguntarse si debería marcharse, si Mary había perdido toda esperanza en una mujer tan mezquina y egoísta como Audrey Coleman.

—Gracias por ser sincera conmigo —dijo Mary al fin—. Entiendo por qué puede dolerte.

—Me parece bastante injusto. —Audrey percibió la ira en su propia voz y bajó la cabeza, avergonzada.

—Creo que tienes razón. Lo es. Pero voy a ser sincera contigo, querida.

Audrey levantó la vista.

—¿Por qué todos lo consideráis mucho más importante que a mí?

Mary sostuvo su mirada.