Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

L os golpes en la puerta de la cocina despertaron a Audrey. A toda prisa, se puso un vestido, se abrochó a tientas los botones delanteros y se dirigió descalza y a trompicones hacia la puerta.

—¿Quién está ahí?

—Audrey, lo siento…

—¿Sam? —Abrió la puerta de un tirón—. ¿Qué demonios pasa?

—Siento mucho molestarte.

Él evitó mirarla, y Audrey se dio cuenta de que llevaba el pelo suelto por la espalda.

—¿Qué ocurre? —Se hizo a un lado para dejarlo entrar en la cocina—. Tienes muy mal aspecto.

Tenía el rostro pálido y los ojos hundidos y oscurecidos por el cansancio.

—¿Me dejaste esto? —Le puso en los brazos un paquete envuelto en una toalla.

—Sí.

Era una barra de pan.

—Quizá fui un poco presuntuosa al querer que compararas mi pan con el de los MacKenzie…

—¿Estaba la puerta abierta cuando llegaste?

La brusquedad de la pregunta la desconcertó.

—Sí. No habría podido entrar si…

—¿A qué hora fue?

—¿A qué viene todo esto? —Le devolvió el paquete y cogió un chal de un gancho junto a la puerta para envolvérselo alrededor de los hombros.

—Por favor, dímelo. —Dejó el paquete sobre la mesa. La toalla se abrió, dejando al descubierto una crujiente barra de pan.

Audrey aspiró su aroma.

—Hacia las seis. Sam, ¿qué pasa?

Él apoyó las manos en la mesa, respirando con dificultad mientras la miraba fijamente.

—¿La puerta estaba abierta a las seis?

—Sí. —Ella lo agarró del brazo—. Dime qué pasa.

—La cerré con llave cuando me fui. —Apretó los puños—. La última vez pensé que quizá me había equivocado, pero mi habitación… Audrey… —La voz se le quebró—. Se han llevado todos mis ahorros.

—¡Oh, no! Oh, Sam. —Deslizó la mano por su brazo hasta rodear una de las suyas—.

Ni siquiera me fijé en la cerradura. La puerta estaba abierta, pero aquí no solemos cerrar con llave, así que no le di importancia.

Debería haber ido a buscar al sheriff. Debería haberme dado cuenta de que algo iba mal.

Debería haber pensado. Pero simplemente entré y dejé el pan sobre la mesa.

De todos modos, sentía que estaba entrometiéndome, así que no miré a mi alrededor.

Estaba balbuceando.

Sin embargo, la mano de Sam se relajó bajo la suya, así que quizá su parloteo lo ayudaba.

—Tenemos que ir a ver al sheriff. —Se volvió hacia el pasillo—. Déjame ponerme los zapatos, arreglarme el pelo y avisar a la señora Prescott. Iré contigo.

No debía ir solo.

—Gracias.

Oyó el roce de una silla contra el suelo mientras se dirigía al dormitorio de la señora Prescott.

La anciana se incorporó en la cama, con el rostro marcado por la preocupación.

—¿Qué ha pasado?

Audrey se lo contó.

—Si le parece bien, iré con él a la oficina del sheriff. Está muy angustiado.

—Puedo entender por qué. —La señora Prescott negó con la cabeza—. Todos sus ahorros. ¿Por qué el chico no los depositó en un banco?

—No sabía en cuál depositarlos, y no ha habido nada abierto desde la última vez que cree que entró alguien en su habitación. —Audrey se detuvo en el umbral—. Y esto es Browning City. Aquí no tenemos ladrones.

—No suele haberlos. —La señora Prescott suspiró y, de repente, aparentó todos sus ochenta y tantos años.

Y parecía triste.

—Es el oro —dijo—. Ha vuelto a correr el rumor de que está en la caballeriza.

—Pero se han llevado el dinero de Sam. —Las palabras de Audrey brotaron cargadas de dolor—. Tendrá que trabajar casi toda su vida para recuperar ese dinero. Es un hombre tan bueno… ¿Cómo ha podido Dios permitir que le pase esto?

—Dios no hace nada sin un propósito, querida. Ahora ve a ponerte unos zapatos antes de que te congeles y acompaña a Sam a ver al sheriff, si es que conseguís despertarlo a estas horas de la noche. Yo me quedaré aquí rezando.

—Gracias.

Audrey entró corriendo en su habitación con el paso más ligero y sintiendo que el peso de su corazón disminuía. Sí, que le hubieran robado todos sus ahorros era terrible, pero quizá los planes de Dios no incluían que Sam se quedara en Browning City y comprara una granja.

Quizá Dios quería que Sam y ella estuvieran juntos en otro lugar.

Se apresuró a ponerse las medias y los zapatos y a trenzarse el pelo; después volvió corriendo a la cocina.

Sam estaba sentado a la mesa, con la cabeza gacha. Audrey abrió la boca para contarle su nueva revelación, pero él levantó la vista, sonrió y las palabras murieron en sus labios.

Su rostro estaba sereno, en paz.

—He estado rezando para que me devuelvan el dinero.

—¿Y crees que va a suceder? —Audrey negó con la cabeza—. A mí nunca me devolvieron el mío.

—¿Se lo has pedido a Dios?

—Creo que sí, pero ni siquiera Él puede llenar un monedero vacío.

—Audrey, querida, Dios y no puede no deberían aparecer en la misma frase. —Sam se levantó y tomó una de sus manos entre las suyas—. Él puede hacer cualquier cosa.

Ella negó con la cabeza, no por incredulidad, sino por confusión.

—Podemos hablar de ello más tarde. —Él le soltó la mano—. ¿Dónde está tu abrigo?

Audrey lo cogió y ambos se dirigieron a la oficina del sheriff. Sus pensamientos se arremolinaban con tanta rapidez que no se le ocurría nada que decir. Sam tampoco intentó entablar conversación. Ella sospechaba que seguía rezando.

Deseaba que su oración fuera escuchada, por él y por aquella fe tan extraordinaria, por esa certeza de que todo saldría bien. A ella la vida nunca le había funcionado de ese modo. En los últimos años, Dios parecía haberle quitado cosas en lugar de dárselas: su familia, su sueldo, a Sam.

Había sido una tontería imaginar que él se mudaría a la ciudad ahora que había perdido los ahorros destinados a comprar su granja. Sam creía que Dios le devolvería el dinero y, aunque Audrey temía que tuviera razón, no podía imaginar cómo podría suceder.

Con el corazón apesadumbrado, llegó junto a Sam a la oficina del sheriff.

El edificio, al igual que el resto del pueblo, permanecía oscuro e inmóvil bajo un manto de niebla.

Sam llamó con fuerza a la puerta y luego llevó la linterna hasta la parte trasera, donde estaban las dependencias del sheriff.

Unos minutos después, el sheriff Dodd, todavía adormilado, abrió la puerta de un tirón y los dejó entrar.

—No sé qué puedo hacer por ti, Nolan. —Empezó a remover las brasas de la estufa—. No hay forma de encontrar a un ladrón esta noche, no con esta niebla.

—Tienes que saber que tenemos un ladrón en Browning City.

A Audrey no se le escapó que Sam había dicho tenemos , como si ya se sintiera parte del pueblo.

—Nunca lo habíamos tenido hasta que llegaste. —El sheriff se frotó la barbilla cubierta de una incipiente barba, y el roce resonó en el silencio—. Claro que tampoco le habían disparado a nadie hasta que tú llegaste. Al menos, que yo recuerde.

—A mí me robaron dinero de la oficina de telégrafos —intervino Audrey en defensa de Sam—. Así que aquí sí que roban de vez en cuando.

—Eso fue alguien que bajó del tren. —Dodd suspiró—. Pero tomaré nota y preguntaré por ahí. No esperes que nadie haya visto nada. Ha sido muy listo al aprovechar la niebla para ocultar sus fechorías.

—Ocurrió antes de las seis —insistió Audrey—. Le llevé un poco de pan y la puerta no estaba cerrada con llave.

—Con este tiempo, ya estaba oscuro a esa hora. —Dodd negó con la cabeza—. Estoy seguro de que no había nadie por ahí.

—Pero…

—Solo quería que lo supieras. —Sam deslizó una mano bajo el codo de Audrey y la guio fuera de la oficina.

En cuanto la puerta se cerró tras ellos, ella se volvió hacia él.

—Cree que todo esto es culpa tuya.

—Sí. Cree que he traído conmigo a algún enemigo. —Sam echó a andar a paso ligero a pesar de la escasa visibilidad, llevándose a Audrey consigo—. Pero nunca me he quedado en ningún sitio el tiempo suficiente para hacerme enemigos.

—Ni amigos.

—Ni amigos.

—Pero solo llevas aquí un mes y medio y ya tienes un montón de amigos.

Él soltó una risa sin humor.

—Audrey, nunca me había quedado en ningún sitio un mes y medio. Tres semanas para la labranza de primavera en el campo y cuatro semanas en Chicago para arreglar las cuentas de papá después de su muerte.

—Al menos estabas rodeado de mucha gente.

—Gente, sí. Amigos, no. —Sam le apretó el brazo—. Pero no todos fueron desagradables. Estuve yendo a una iglesia. Uno de los hombres me ayudó a vender nuestras provisiones y algunas de las mujeres me llevaban comida.

—Entonces no todo fue malo.

Audrey se dio cuenta de que necesitaba conocer la respuesta con una urgencia que la asustaba. Después de que murieran sus padres y, más tarde, su hermano, dejándola sola en una granja a kilómetros de cualquier otra persona, solo había podido pensar en gente, ruido y luz.

Cuanto más, mejor.

Browning City —hasta donde había conseguido llegar en diligencia con el dinero que pudo ahorrar para el viaje— le había parecido un refugio.

La gente había sido amable, comprensiva y dispuesta a ayudarla de manera práctica.

Pero seguía siendo demasiado tranquilo, sobre todo en noches como aquella, cuando el mal tiempo mantenía a todo el mundo encerrado en casa.

Desde que la muerte de sus últimos familiares la había dejado sola y aislada en la granja, el silencio la asustaba.

Pero ahora se preguntaba si estar sola entre una multitud podía ser igual de malo.

—No, no fue tan malo. —La voz de Sam sonaba pensativa—. Quizá hubiera encontrado allí un lugar donde establecerme si no me hubiera topado con el nombre de la tía abuela Eleanor entre los papeles de papá. Después de eso, dejar la ciudad y venir aquí me pareció lo correcto.

Audrey percibió un atisbo de duda en su tono.

—¿Pero ahora ya no estás seguro?

—Parece que hay alguien que no me quiere aquí.

Todos te queremos aquí.

Por suerte para Audrey, llegaron a casa de la señora Prescott antes de que cediera a la tentación de pronunciar aquellas palabras en voz alta.

Sam le tomó la mano ante la puerta.

—Gracias por acompañarme.

—No ha servido de nada. No quiso saber a qué hora estuve allí ni nada por el estilo.

Sam se rio entre dientes.

—Creo que se toma los delitos cometidos en su pueblo como una ofensa personal. Prefiere ignorarlos.