Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Tenías razón la primera vez. —Extendió una mano hacia ella, pero se detuvo justo antes de tocarla—. ¿Te acuerdas? Te incluimos en nuestra pequeña familia.

—Fue un detalle por parte de la señora Prescott y de ti, pero me temo que… —Se retorció las manos dentro de las mangas—. Tengo que entrar. Se me están congelando los pies. ¿Te apetece un café?

—No, gracias. Esta noche voy a cenar con los MacKenzie y tengo que ir a ponerme ropa limpia.

—Qué detalle que te hayan invitado. —Se volvió hacia la puerta, dejándole ver solo su perfil—. Natalie es tan simpática como guapa.

—Sí, lo es.

Sam tuvo ganas de gritar de alegría ante la reacción de Audrey a la noticia de que iba a cenar con Natalie y Graham MacKenzie. Cada línea tensa de su cuerpo revelaba lo poco que le gustaba imaginarlo sentado frente a la encantadora rubia.

Ella sí que se preocupaba por él.

Pero no podía dejar que pensara que Natalie y él podían acabar saliendo juntos. Audrey podría marcharse de la ciudad antes de lo previsto.

—Joe Norton también estará allí —añadió.

—Ah.

Los hombros de Audrey se relajaron y la tensión de su barbilla desapareció.

—Estoy segura de que lo pasarás bien. Tienen una ama de llaves desde que la señora MacKenzie falleció el año pasado. Es una cocinera maravillosa.

—Dudo que haga un pan tan bueno como el tuyo.

Ella le sonrió. Esa sonrisa lo acompañó durante todo el camino de regreso.

Habría corrido si el hielo no siguiera dejando tramos traicioneros a lo largo del recorrido.

En lugar de eso, silbó mientras alimentaba y cepillaba a los animales, tarareó mientras se aseaba y se ponía ropa limpia y cantó en voz alta mientras cerraba con llave ambas puertas de la caballeriza.

Después, linterna en mano, avanzó con cuidado por la noche hacia la casa más grande de Browning City, la de Graham MacKenzie.

La niebla se alzaba desde el río, a una milla de distancia, y se extendía por el campo hasta recibirlo cuando llegó a casa de los MacKenzie. Fría y húmeda, era, sin embargo, una buena señal.

—La temperatura está subiendo —dijo al saludar a su anfitriona.

—Y para julio recordaremos este frío con cariño. —Natalie sonrió—. Pasa, Sam. Suba o no la temperatura, ahí fuera todavía hace frío.

Lo condujo hasta un salón que duplicaba el tamaño del de la tía abuela Eleanor y estaba amueblado con pesadas piezas de caoba y cojines de color rojo oscuro.

A Sam le parecía más el vestíbulo de un hotel de ciudad que una casa.

Por un instante, recordó las horas que había pasado con Audrey y la tía abuela Eleanor y deseó estar de nuevo allí.

Sabiendo que eso era imposible, se dispuso a soportar la velada.

La buena comida y la conversación ayudaron.

Hablaron sobre todo de negocios. El hecho de ser competidores no parecía importarles a MacKenzie y Norton.

Compartían sus frustraciones por las dificultades para conseguir suministros, la calidad de los productos que recibían y la escasa variedad de artículos que podían ofrecer a sus clientes.

—Si no consigo más telas —confesó Norton—, todas las mujeres de Browning City estrenarán el mismo vestido de primavera en la búsqueda de huevos de Pascua y en el bazar de primavera.

—Por eso dejé de vender telas. —MacKenzie pinchó con el tenedor unas patatas tan esponjosas como el penacho de un cardo—. Estaba harto de oír quejarse a las señoras.

—Y a tu hija —dijo Natalie mientras le servía a Sam una rebanada de pan recién salido del horno—. Creo que la mayoría de nosotras encargamos las telas por nuestra cuenta.

—Pero sería mucho más barato si pudiéramos comprarlas al por mayor —dijo Norton.

—¿Por qué no empiezas a vender más productos no perecederos en lugar de comestibles? —sugirió Sam—. Así, el señor MacKenzie podría encargarse de los alimentos.

Los otros tres se quedaron mirándolo.

Sam les dedicó una sonrisa algo avergonzada.

—Mi padre era vendedor ambulante. Solo vendíamos productos no perecederos, así que podíamos ofrecer una buena variedad a precios razonables.

—Es algo que merece la pena considerar. —Natalie se quedó mirando al vacío mientras daba unos golpecitos con la cuchara sobre la mesa—. Si contrataras a una costurera, las señoras que pudieran permitírselo no tendrían que ir hasta Davenport o Des Moines para que les confeccionaran la ropa.

—Y las camisas de los hombres —señaló MacKenzie—. No hay nada de malo en que una costurera confeccione camisas para hombres. No sabía que tuvieras tanto olfato para los negocios, Natalie.

—Te tuve como profesor, papá.

MacKenzie se sonrojó, visiblemente complacido. Todos se rieron.

—Y nosotros no sabíamos que Sam supiera tanto del negocio de los productos textiles —añadió Norton al cabo de un momento—. Tú y yo deberíamos cenar pronto en el hotel y hablar más del asunto.

—Me encantaría.

El corazón de Sam se llenó de alegría al descubrir un lugar donde la gente lo apreciaba y lo necesitaba.

Salió de la casa de los MacKenzie con paso ligero y emprendió el camino de regreso a través de una niebla tan espesa que avanzar por ella era como nadar.

La linterna se balanceaba en su mano y hacía brillar la niebla como lentejuelas en un traje de circo.

A pesar del frío, le pareció percibir en el aire el olor de la primavera que se acercaba.

Como Audrey olía la nieve.

Sonrió y alargó la mano hacia el pomo de la puerta de su habitación.

No estaba cerrada con llave.

—Señor, por favor, que todo esté bien.

Sin soltar la linterna, se apresuró a entrar en la caballeriza e inspeccionó los caballos y la mula.

Parecían tranquilos, incluso adormilados.

La mula rebuznó en protesta por haber sido molestada y volvió enseguida a su heno.

Tras asegurarse de que los animales no habían sufrido ningún daño, Sam se dirigió con pasos pesados hacia sus aposentos y levantó la linterna.

Habían apartado la cama de un empujón y arrancado las tablas del suelo.

Sus ahorros habían desaparecido.