Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

- L o… lo siento. —Sam dio un paso atrás, pero mantuvo la mirada fija en el rostro sonrojado de Audrey—. Quiero decir, no lo siento por mí, sino por ti… Eh… —Se metió las manos en los bolsillos—. No debería haber hecho eso.

—No. —Audrey se llevó los dedos a los labios y cerró los ojos—. Apenas nos conocemos. Nosotros… yo… Oh.

Con la mano aún sobre la boca, salió corriendo de la cocina.

Un instante después, una puerta se cerró con un golpe seco.

—¿En qué estaba pensando? —Sam se pasó los dedos por el pelo.

No estaba pensando. Ese era el problema. Había dejado que sus instintos se impusieran al sentido común y había cedido a la tentación. Podía considerarse afortunado si Audrey volvía siquiera a mirarlo, por no hablar de dirigirle la palabra.

Ahora que la tormenta había amainado, salvo por el viento, pensó que debería volver a casa.

Sin embargo, no quería enfrentarse a la tía abuela Eleanor en ese momento y no podía coger su abrigo sin pasar por el salón.

Además, no podía dejar aquel desastre en el suelo. Limpiarlo le daría bastante trabajo.

Justo lo que necesitaba.

Pasó con cuidado entre los tarros rotos y las conservas derramadas para coger una escoba. A sus espaldas, oyó el golpe, golpe, golpe del bastón de la tía abuela Eleanor.

—¿Qué ha pasado…?

Sam se volvió lentamente hacia ella.

—Es peor de lo que parece. —Sintió que se le encendía la cara—. Yo… eh… la besé.

—¿De verdad? —Los desvaídos ojos azules de la tía abuela Eleanor se iluminaron con un destello—. Imprudente, pero comprensible.

—Ella no lo entiende. —Sam decidió que el desastre era demasiado pegajoso para la escoba y se agachó para recoger los fragmentos de cristal y depositarlos sobre un periódico viejo—. Esto seguro que la alejará de mí.

—Puede que sí. —La tía abuela Eleanor se sentó en una silla de la cocina—. Y tendrás que dejarla marchar. Pero quizá eso haga que vuelva si las cosas no salen como espera.

—Quizá. —Sam arrojó un trozo grande de cristal al montón, haciendo saltar algunas astillas más pequeñas—. Solo me ha llevado cinco semanas darme cuenta de que estoy enamorado de ella. ¿Por qué iba a tardar más otro hombre?

—Lleva tres años viviendo aquí sin casarse.

—¿Porque nadie la quería como esposa?

La tía abuela Eleanor suspiró.

—Probablemente no. Desde el principio ha dejado tan claro que Browning City no es más que una parada temporal que la mayoría de los jóvenes se han limitado a mantener una relación de amistad con ella.

—Han hecho bien. —Sam recogió los cristales y se dirigió con paso firme hacia la puerta trasera—. Debería haberte hecho caso con lo de Audrey. Pero pensé…

Dejó que sus palabras se apagaran mientras salía a la gélida noche y arrojaba los cristales rotos al cubo de la basura.

Había sido un necio al pensar que podría hacer cambiar de opinión a Audrey.

Por supuesto que no podía. Tenía muy poco que ofrecerle.

Sí, tenía un buen trabajo, pero no un verdadero hogar.

En unos cinco años podría ahorrar lo suficiente para comprar una granja y, unos años después, siempre que las cosechas siguieran siendo abundantes, una casa digna de una esposa y una familia.

Si ganaba el concurso de arado, tal vez podría acortar la espera uno o dos años, o construir una casa de inmediato en lugar de tener que esperar otra media década después de comprar la granja.

En cualquier caso, nunca podría darle a Audrey la vida que deseaba, ni proporcionarle cosas bonitas, viajes, un amplio círculo de amistades o alguna aventura de vez en cuando.

Lo único que tenía para ofrecerle era su amor.

A menos que encontrara el oro.

Volvió a entrar en la casa y encontró a la tía abuela Eleanor echando agua en una olla para calentarla.

—Eso solo saldrá con agua caliente y jabón fuerte. Te dejaré que te encargues de fregar. No es trabajo de hombres, y ha sido Audrey quien ha provocado el desastre, pero te vendrá bien.

—Es lo menos que puedo hacer por ella. —Sam le quitó el cazo de las manos—. Terminaré de limpiar y, cuando acabe, volveré a la caballeriza para quedarme.

—Por mucho que agradezca que estés aquí, creo que es lo más sensato. —La tía abuela Eleanor regresó a su silla—. Cuanto menos la veas durante un tiempo, mejor.

—Haré lo posible por evitarla, pero no será fácil en este pueblo. —Pensó en que la escasa variedad de gente era uno de los motivos por los que Audrey rechazaba Browning City y se rio—. Esperaré a que sea ella quien venga a mí, si es que alguna vez lo hace.

También rezaría mucho.

Mucho más de lo que ya había rezado por Audrey, por conseguir dinero más deprisa y por mantenerse a salvo.

Había añadido esto último después de encontrar abierta la puerta de su habitación.

Sabía que la había cerrado con llave, pero se preguntaba si la cerradura habría fallado.

Era vieja y la madera que rodeaba el cerrojo estaba desgastada.

Quizá el mecanismo se hubiera soltado bajo la presión de la lluvia y el viento.

Quizá.

Pero era poco probable.

Había encontrado un escondite aún más seguro para sus ahorros y tenía previsto abrir una cuenta en cada uno de los bancos al día siguiente.

Por desgracia, el tiempo se lo había impedido.

Pero aquello también mantendría a raya a cualquier ladrón.

Aun así, le preocupaba que la caballeriza permaneciera vacía salvo cuando iba a alimentar a los animales.

Al llegar a su alojamiento, lo primero que hizo fue comprobar su escondite.

Todo parecía estar en orden, así que procedió a dar de comer a los caballos y a la mula.

Después de pasar las dos últimas noches con Audrey y la tía abuela Eleanor, reunidos alrededor del fuego en el salón o la cocina, sintió que la quietud y el silencio se cerraban sobre él como la niebla. Fuera, el viento aullaba. Dentro, hasta los animales parecían inmóviles.

—Antes me gustaba esto —dijo en voz alta para romper el silencio—. Siempre podía sentir mejor tu presencia, Señor.

Las cuatro paredes lo confinaban, lo inquietaban. Necesitaba espacios abiertos, contemplar el paisaje, sentir el olor de la tierra calentada por el sol o húmeda después de la lluvia.

O tal vez, sencillamente, echaba de menos la compañía.

—Señor, dame los medios para poder ganarme a esta mujer como esposa.

Si es que podía ganársela.

El pensamiento se coló en su mente sin ser invitado. Lo apartó de inmediato. No quería contemplar la posibilidad de que Audrey nunca formara parte de su vida.

Sin embargo, aquel temor lo asaltaba cuando se despertaba en mitad de la noche y volvió a rondarlo durante un domingo en el que apenas había gente en la iglesia.

Audrey y la tía abuela Eleanor estaban entre quienes no habían acudido al servicio.

Preocupado, Sam se detuvo en la casa de camino a la caballeriza.

Audrey abrió la puerta.

—Lo sé. No hemos ido a la iglesia. —Le dedicó una sonrisa pálida—. La señora Prescott pensó que no podría caminar con toda esta nieve y el hielo, y yo no quería dejarla aquí sola. Ya la conoces. Intentaría avivar el fuego y acabaría haciéndose daño por cargar con demasiados leños.

—Gracias por cuidarla tan bien. —Sam echó un vistazo a su alrededor, buscando algo más que decir—. ¿Y tú estás bien?

—Sí, gracias. Solo quiero volver al trabajo. —Se aferró al borde de la puerta—. Te invitaría a pasar, pero la señora Prescott está durmiendo.

—Lo entiendo. Rezaré para que las líneas telegráficas vuelvan a funcionar pronto.

¿Para que pudiera ganar más dinero y marcharse lejos de él? ¿En qué estaba pensando?

—Gracias. —Empezó a cerrar la puerta—. Lo único bueno de una tormenta de marzo es que la nieve no dura mucho.

—Eso espero. Tampoco le hace ningún bien al negocio de la caballeriza. —Sonrió—. Quizá el señor MacKenzie debería comprarse un trineo.

La dejó sonriendo en el umbral.

Su corazón se alegró por aquella pequeña bendición: aún podía hacerla sonreír.

Siguiendo el consejo de la tía abuela Eleanor, Sam se mantuvo alejado de Audrey.

Con todos los negocios cerrados debido al hielo y la nieve que aún cubrían las calles del pueblo, las carreteras que conducían a Browning City e incluso las vías del tren, se mantuvo ocupado retirando nieve y hielo de aceras y tejados con la pala, el rascador y el hacha.

A cambio, los vecinos le obsequiaban con dulces e invitaciones a cenar.

Solo vio a Audrey una vez durante los tres días siguientes. Bien abrigada contra el frío, intentaba derribar un carámbano que colgaba del alero de la casa de la tía abuela Eleanor.

—Audrey. —Le quitó la pala de las manos enguantadas—. Vas a conseguir que esa cosa te caiga encima.

—Pero está haciendo que el alero se combe. —Señaló hacia arriba—. Mira. Me da miedo que acabe entrando agua en la casa.

—Deberías haberme pedido ayuda.

—No sabía… —Se abrazó a sí misma—. No has venido a vernos.

Él la miró a los ojos.

—Pensé que quizá no querías verme.

—No quiero. No quería. Quiero decir… —Escondió las manos en las mangas del abrigo y desvió la mirada por encima del hombro de Sam—. Te hemos echado de menos.

—¿Hemos? —Sonrió, incapaz de resistirse a revolverle el pelo—. No pareces lo bastante grande ni siquiera para una persona, y mucho menos para dos o más.

—Ay, tú. —Ella soltó una risa temblorosa—. Ya sabes que me refería a la señora Prescott y a mí.

—Sí, lo sabía, pero quería oírte decirlo… Audrey.

Pronunciar su nombre hizo que algo se estremeciera en su interior. La repentina sonrisa de ella lo derritió.

—Te aprecio, Sam.

—Gracias.

No era exactamente lo que esperaba oír, pero era un comienzo.

—He oído que vas a presentarte al concurso de arado y que alguien entró a robar en la caballeriza la semana pasada. —Soltó ambas noticias de golpe—. ¿Por qué no nos lo dijiste?

Él se encogió de hombros.

—Solo se lo conté a una persona: a Graham MacKenzie. No me pareció lo bastante importante, ya que no se llevaron nada.

—Pero te afectó, así que… quiero decir, somos familia. —Sus mejillas se tiñeron de rojo—. Es decir, la señora Prescott es de la familia.