Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Se había enamorado por completo de Sam Nolan.

No podía dejar de estar enamorada de él mientras permaneciera allí durante el resto de la tormenta.

—Chicas, necesitáis a alguien que os haga los recados. Es una pena que ninguna de las dos pueda salir.

Lo dijo con tal autoridad que ni siquiera su tía abuela le llevó la contraria.

Así que se preparó un lecho en el suelo de la cocina y mantuvo la estufa bien abastecida de leña. Cuando la señora Prescott y Audrey se despertaron a la mañana siguiente, encontraron la casa calentita y el desayuno casi listo.

—Sea lo que sea lo que tu padre hiciera mal al llevarte de un lado a otro por todo el país —le dijo la señora Prescott a Sam—, acertó al enseñarte buenos modales.

—Me dijo que mi madre habría querido que los tuviera. —Sam sonrió—. «Nunca faltes al respeto a una dama, sea cual sea su edad o posición social». Eso es lo que me decía desde que era pequeño.

—¿Qué tal está el tiempo?

Audrey cambió de tema con una brusquedad que sabía que era de mala educación.

Tenía que hacerlo. No podía soportar la imagen de Sam de niño, con aquel pelo oscuro y rizado que siempre se resistiría a obedecer y los ojos azules brillantes de picardía.

Aquella imagen le hacía pensar en niños, en matrimonio, en una vida varada en Iowa porque su corazón había resultado ser un instrumento poco fiable.

—La nieve está amainando y el viento ha cesado. —Sam estudió su rostro—. ¿Tienes que ir a la estación?

—No, si las líneas siguen cortadas.

Se levantó y empezó a recoger los platos.

—Quizá deberíamos salir a ver si alguien necesita ayuda.

Cualquier cosa con tal de no quedarse encerrada en la misma casa que él.

—Ya lo hice durante todo el día de ayer. —Sam puso al fuego una cacerola con agua para fregar los platos—. La señora Willoughby, la señorita Hansen y la señora Longerbeam tienen leña y provisiones de sobra. Creo que los demás tienen familia, así que estoy aquí para cuidar de la mía.

—Yo no soy… —Audrey se interrumpió.

—Por supuesto que eres de la familia.

La señora Prescott le cogió la mano justo cuando Audrey iba a recoger una taza de café vacía.

—Gracias.

Audrey no quería herir a la anciana negando la verdad de sus palabras.

—Será mejor que me porte bien y haga mis tareas.

—Te ayudaré.

Sam cogió un paño de cocina.

Mientras la señora Prescott les leía, lavaron los platos del desayuno. Cuando terminaron, él insistió en ayudar a Audrey a pelar patatas y zanahorias para un guiso y a amasar el pan. Trajo más leña, barrió el suelo y siempre se las arregló para estar demasiado cerca de ella.

Audrey apartó la cortina para comprobar si quizá podría ir andando hasta casa de Jess. Con todos aquellos niños, las horas pasarían volando. Pero el viento había empezado a aullar de nuevo y zarandeaba las ramas rotas como si fueran hojas.

El olor del pan horneándose la llevó de vuelta a la cocina para asegurarse de que no se quemaba. No era así. Sin más excusas para mantenerse apartada, se reunió con Sam y la señora Prescott en el salón.

—Podríamos jugar a las charadas —sugirió Sam.

—No tiene gracia con solo tres personas. —Audrey se estremeció—. No soy actriz.

—Bueno —dijo la señora Prescott—. Podemos jugar a adivinar palabras. Yo pienso en algo y vosotros hacéis preguntas para intentar adivinar qué es.

—Mi padre y yo solíamos jugar a eso. —Sam se recostó en el sofá—. Así pasábamos las horas durante los viajes. Solo se puede responder sí o no a las preguntas.

—Y quizá deberíamos limitar el número de preguntas.

A Audrey le pareció que el juego era una buena forma de evitar hablar de asuntos más personales con Sam.

—Quien acierte, gana. Empiece usted, señora Prescott.

—Ya lo tengo.

Golpeó el suelo con el bastón, como si diera la señal de salida de una carrera.

—Sam, la primera pregunta es para ti.

—¿Está en esta habitación?

—Sí.

—¿Da calor? —preguntó Audrey.

—Sí.

—¿Puede llegar a dar frío? —preguntó Sam.

—Sí.

—¡La chimenea! —exclamaron Audrey y Sam al unísono.

La señora Prescott se rio.

—No.

Se turnaron para hacer preguntas, sin que ninguno de los dos volviera a aventurar una respuesta.

—¿Es más grande que el techo? —preguntó Sam.

—No.

—¿Más pequeño que la lámpara? —preguntó Audrey.

—No.

—¿Sale alguna vez de esta habitación?

—Sí. —La señora Prescott dio un golpe con el bastón—. Se acabaron las preguntas. ¿Alguna respuesta?

Sam y Audrey negaron con la cabeza.

—Sois vosotros dos. —La señora Prescott sonrió—. Las dos personas a las que más quiero.

—Oh. Bueno… Gracias.

Audrey parpadeó, pero, temiendo echarse a llorar, se levantó de un salto de la silla y corrió a la cocina.

El pan ya estaba listo. Se remangó para proteger las mangas de su segundo mejor vestido, sacó las barras del horno y removió el guiso.

Un vapor aromático inundó la habitación.

Lo probó y añadió una pizca más de sal y otra de pimienta.

Desde el salón le llegaban voces; no distinguía las palabras, pero su cercanía le resultaba reconfortante.

En la ciudad no tendría aquello. Estaría sola, y por eso había pensado que podría convencer a Nick para que se mudara también allí. No quería volver a estar sola como lo había estado en la granja después de la muerte de su familia.

Pero la señora Prescott era mayor y había perdido a todos los miembros de su familia biológica salvo uno.

Había acogido a Audrey. Esta sabía que la anciana no intentaría detenerla, pero dejarla atrás le parecía casi una traición.

La señora Prescott se preocupaba por ella lo suficiente como para comprender su inquietud, su necesidad de actividades que Browning City no podía ofrecerle.

¿Y Sam? Él intentaría retenerla allí porque se preocupaba por ella.

Incapaz de volver al salón y mirarlo a los ojos, de sorprenderlo observándola, sonriéndole, tendiéndole la mano, Audrey decidió quedarse en la cocina. Podía preparar un postre para acompañar el guiso y el pan.

Entró en la despensa para revisar las estanterías.

El otoño anterior había conservado varios tarros de bayas silvestres.

Con ellas podría preparar un cobbler o unos rollitos de mermelada, o servirlas calientes sobre un bizcocho sencillo.

Ya se le ocurriría algo que pudiera hacer con los ingredientes que tenía a mano.

No había huevos. Eso significaba que tendría que preparar un pastel de frutas.

Quizá podría utilizar manzanas, si aún quedaba alguna.

Se puso de puntillas e intentó alcanzar el estante más alto, donde había guardado las manzanas del año anterior. Sus dedos rozaron la piel arrugada de una de ellas. Podría coger una silla, pero si lograba estirarse un poco más, podría alcanzarla…

Se agarró al borde de la estantería de las conservas para mantener el equilibrio.

Y esta se vino abajo.

Audrey gritó. La madera crujió. Los tarros se hicieron añicos y salpicaron las paredes, el suelo y a Audrey con fragmentos de cristal y ríos de fruta pegajosa. El zumo de moras le corrió por la parte delantera de su segundo mejor vestido, manchándolo y echándolo a perder.

Audrey rompió a llorar.

—¿Estás bien? —preguntó Sam, irrumpiendo en la cocina y apartándola de los cristales—. Audrey, ¿te has hecho daño? ¿Dónde? Oh, querida, no veo dónde te has cortado.

—No me he hecho daño.

Audrey se encontró sollozando contra su pecho mientras él la rodeaba con fuerza entre sus brazos.

—Es el desastre. La fruta. Mi vestido.

—¿Eso es todo?

Le levantó la barbilla con suavidad y le sonrió.

—Estaba convencido de que te habías hecho una herida mortal. Pero solo es un poco de fruta y un vestido.

—¿Solo? ¿Cómo puedes…? Tú, tú… Oh.

Sam la besó, borrando de su mente la angustia, la irritación y cualquier otra cosa que no fuera el amor que sentía por él.