Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 8
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Capítulo 8

C on el sonido de la puerta trasera cerrándose todavía resonando en sus oídos, Audrey apoyó los codos en la mesa y se cubrió el rostro con las manos.

—Tengo que marcharme de aquí, y pronto.

Tenía que irse antes de enamorarse de Sam Nolan. Si no era ya demasiado tarde.

Tembló a pesar del calor de la estufa que tenía a sus espaldas.

No podía estar enamorada de Sam. Era la idea más ridícula que se le había ocurrido jamás.

Él no era el hombre adecuado para ella, con aquel deseo suyo de quedarse en ese pueblecito estrecho y aburrido, donde hasta los modelos de sombreros estaban pasados de moda.

Sin embargo, no hacía tanto tiempo —tan poco que se sonrojó al recordarlo— había pensado que Nick Parker era el hombre adecuado para ella. Quizá sencillamente no supiera nada del amor.

Eso era. No se estaba enamorando de Sam Nolan. Simplemente no entendía lo que quería su corazón, aparte de marcharse de Browning City.

El mercadillo de primavera era su mayor esperanza para ganar suficiente dinero como para irse a buscar fortuna a la ciudad.

Ella y algunas de sus amigas habían alquilado un puesto.

Audrey tenía intención de vender sus encajes hechos a mano, un arte que había aprendido de su abuela francesa.

Jess, Natalie y algunas otras pensaban vender dulces que ellas mismas prepararían.

A Audrey le parecía una buena combinación: los niños llevarían a sus madres hasta el puesto para comprar golosinas y las madres acabarían comprando encajes.

El sábado, todas tenían previsto reunirse para empezar a decidir cómo decorarían el puesto y estudiar a fondo algunas recetas de dulces, quizá incluso experimentar con alguna, como la del toffee.

Se reunirían si el tiempo acompañaba. Audrey había aprendido a no confiar nunca en el clima de Iowa en marzo. Un día podía amanecer soleado, con el cielo azul, y hacer pensar en organizar un picnic. Al siguiente, podía caer un pie de nieve y paralizar todas las actividades.

Mientras escuchaba el toc, toc, toc de la lluvia contra la ventana de la cocina, Audrey pensó en el otro regalo que ofrecía marzo en Iowa: el hielo.

Se levantó de la mesa y fue hasta el salón.

—Señoras, siento interrumpirlas, pero parece que la lluvia se ha convertido en aguanieve.

Su anuncio fue recibido con gemidos.

—Si alguna de ustedes quiere, puedo acompañarla a casa.

—No, no.

—No puedes hacer eso y volver sola.

—Eres demasiado pequeña para sostener a una mujer de mi tamaño.

Las protestas llovieron con tanta intensidad como los cristales de hielo del exterior. Haciendo caso omiso de las objeciones, Audrey cogió el abrigo y el sombrero y regresó al salón.

—Coge mi bastón, niña. —La señora Prescott se lo tendió—. Te ayudará a mantener el equilibrio si las calles están resbaladizas.

—Gracias, señora, pero ¿qué hará usted?

—Sentarme aquí y mantenerme calentita. —La señora Prescott sonrió.

Ninguna de las señoras vivía lejos. Tras echar un vistazo a las tres, Audrey eligió a la que parecía más frágil y le ofreció el brazo. Dudaba de que pudiera sostener a las otras dos si se caían, pero al menos estaría allí para ir en busca de ayuda.

Entre muchas risas y algunos chillidos contenidos cada vez que un pie resbalaba, las señoras se adentraron en la noche.

En menos de un cuarto de hora, Audrey las había acompañado sanas y salvas hasta sus respectivas casas y emprendía el camino de regreso.

Una capa de hielo cubría ya los escalones de madera de la entrada.

Apoyándose con fuerza en el bastón de la señora Prescott, Audrey consiguió llegar hasta la puerta sin incidentes y entró en el calor de la casa con una oración de agradecimiento.

—Ahí fuera está peligroso. —Le devolvió el bastón a la señora Prescott—. Pero al menos, en esta época del año, sabemos que no durará.

Pero duró.

Por la mañana, Audrey se despertó en medio de un silencio inquietante, solo interrumpido por el crujido ocasional de alguna rama que se partía bajo el peso del hielo.

Se preguntó cómo conseguiría llegar al trabajo atravesando aquel paisaje resbaladizo.

Sabiendo que tardaría más de lo habitual, se apresuró a vestirse y preparar un pequeño desayuno.

Estaba colocando café y tostadas en una bandeja para llevársela a la señora Prescott cuando alguien llamó con fuerza a la puerta trasera.

—¿Señorita Audrey? —Danny estaba al otro lado de la puerta, temblando—. Las líneas están cortadas. No llega ningún mensaje en ninguna dirección.

—Entonces, ¿debo ir a la oficina o no? —Audrey se apartó para dejar que Danny entrara en la cocina.

—No, señora. Charlie dice que me quede en casa. —Danny echó un vistazo a la cafetera—. ¿Puedo…?

—Por supuesto. Déjame llevarle primero esta bandeja a la señora Prescott.

Y tomarme unos minutos para recomponerme.

Tenía ganas de llorar.

Al menos un día de sueldo perdido. Si los daños en los cables eran graves, perdería más de un día de trabajo.

Una vez más, calculó mentalmente cómo disminuían sus ahorros.

También le aguardaban días de aburrimiento.

No era seguro salir a ninguna parte con varios centímetros de hielo cubriendo las carreteras.

Las ramas de los árboles se quebraban y caían sobre la gente.

Los carros perdían tracción, se salían de la carretera y chocaban contra las aceras.

Los pies resbalaban y las caídas podían romper hasta las piernas más robustas.

Tendría que quedarse en casa y resignarse a no recibir visitas.

Cuando al mediodía empezó a nevar, aceptó que pasaría todavía más tiempo sin trabajar y confinada en casa con la señora Prescott.

No es que la señora Prescott fuera mala compañía. Audrey nunca se cansaba de escuchar las historias de la anciana sobre sus primeros años como señorita de la alta sociedad de Filadelfia, cómo se había enamorado del aventurero señor Prescott y cómo ambos habían emprendido el viaje hacia el oeste.

—Primero fuimos a Míchigan. Luego Detroit se volvió demasiado concurrida, así que nos trasladamos al sur de Illinois.

Pero Iowa empezaba a estar lo bastante civilizada para que la gente pudiera establecerse y prosperar, así que compramos tierras aquí y criamos a nuestros hijos hasta que se hicieron mayores.

—Mi familia hizo más o menos lo mismo. —Audrey pasó el ganchillo por una hebra de hilo blanco y fino—. Pero seguro que quería tener gente más cerca. Quiero decir, ayudó a fundar Browning City.

—Esperábamos convertirla en una parada de diligencias para no tener que viajar tan lejos en busca de mercancías. Funcionó, y ahora tenemos la estación de tren y el telégrafo.

—Pero decidieron vivir en la ciudad una vez que se desarrolló un poco.

—Sí. Después de que nuestro hijo… —La señora Prescott tragó saliva—. Después de que nuestro hijo muriera, ya no pudimos seguir ocupándonos de la granja, así que nos mudamos al pueblo y compramos la caballeriza con el dinero de la venta de las tierras.

—Siento que tuvieran que renunciar a su granja. —Audrey se inclinó sobre su labor de encaje—. Pero me alegro de que esté aquí.

—Yo también. —Una suave sonrisa se percibía en la voz de la señora Prescott—. Si no lo hubiéramos hecho, no tendría tu compañía. ¿Quieres que te lea algún pasaje de las Escrituras mientras trabajas?

—Por favor.

Audrey pensó en lo que les había dicho a la señora Prescott y a Sam unas semanas atrás acerca de leer más la Biblia.

No lo había hecho demasiado. Conocía de sobra muchos de los versículos con los que podía encontrarse: aquellos que hablaban de no acumular riquezas y de no preocuparse por el futuro.

Era muy fácil para quienes sabían cómo serían sus vidas afirmar que aquello era lo correcto.

Pero desde que su familia había fallecido, su vida le había parecido inestable, temporal, como si estuviera siempre a la espera del próximo salto hacia otro lugar.

Temía que la señora Prescott eligiera uno de esos pasajes. En cambio, leyó algunos salmos, capítulos que alababan el amor y la bondad del Señor.

La tarde se alargó. Copos de nieve del tamaño de monedas de dos bits caían del cielo en una lluvia interminable. Al anochecer, el viento arreció, arrastrando la nieve contra los árboles, las vallas y la puerta trasera.

Audrey tuvo que empujar con todas sus fuerzas para abrirla y salir a buscar más leña. El viento le arrancó el sombrero y lo lanzó hacia la oscuridad; después le soltó el pelo de las horquillas y se lo arrojó sobre el rostro en mechones pesados y húmedos.

—¡Odio este lugar! —gritó a la noche, sabiendo que nadie podría oírla—. ¡Quiero huir!

La puerta de la cocina se cerró de golpe a sus espaldas.

Audrey avanzó tambaleándose hasta la pila de leña y cogió tantos troncos como pudo.

Luchando contra el viento como una bestia atrapada en el parachoques de una locomotora, regresó a trompicones hasta la puerta y buscó el pomo con los dedos casi congelados.

Otra mano llegó antes.

—Déjame ayudarte —gritó Sam Nolan por encima del rugido de la ventisca.

Abrió la puerta. Audrey entró tambaleándose, dejó caer los leños y jadeó en busca de aire. Un instante después, él entró con más leña y la cabeza descubierta, cubierta de nieve.

Audrey quería abrazarlo.

Nunca en su vida había sentido deseos de abrazar a un hombre. Pero ver allí a Sam, alto y de hombros anchos, fuerte y lleno de vida, provocó en ella tal oleada de alegría que supo que debería correr tan rápido y tan lejos de él como pudiera.

Solo que no podía huir a ninguna parte.

El tiempo la mantenía cautiva.

La mirada de Sam la mantenía cautiva.

—Tú… no deberías haber salido con este tiempo —dijo ella con la garganta seca.

—No podía dejaros solas a las dos después de que la tormenta empeorara. —Dejó los leños en el cajón y se agachó para recoger los que a ella se le habían caído—. Creo que, si no hubiera venido, a estas alturas ya estarías en Kansas.

—En Misuri.

—¿Hmm?

—El viento sopla del norte. Me llevaría a Misuri.

—Claro. —Él se rio mientras la miraba.

Audrey se abrazó a sí misma.