Un lugar junto a tu corazón (Serie Legado 5) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La observó hasta que desapareció en el interior de la casa; luego condujo hasta la caballeriza.

Tras secar el caballo y el carruaje lo mejor que pudo, y dar de comer al animal, entró en su habitación para prepararse una comida sencilla a base de pan, queso y una manzana bastante marchita de la cosecha del año anterior.

Las dos horas que tuvo que esperar se le hicieron tan largas que cogió uno de los libros que habían acompañado a su padre y a él por todo el país.

Era uno de los libros de su madre, algo más atractivo para las mujeres, supuso, por lo que nunca lo había leído.

Pero, mientras esperaba a poder ver a Audrey, se sumergió tanto en la historia de una joven y sus decisiones imprudentes que se dio cuenta de que iba a llegar tarde.

Dejó caer el libro sobre la mesa y se levantó de la silla tan rápido que la volcó.

Dejándola donde había caído, cogió su abrigo del gancho junto a la puerta y salió corriendo a la noche.

Al recordar que se había olvidado de cerrar la puerta con llave, dio media vuelta, la cerró y echó a correr bajo la lluvia.

En casa de la tía abuela Eleanor, vio las sombras de varias damas a través de las cortinas de encaje, así que rodeó la casa hasta llegar a la puerta trasera.

Audrey se la abrió antes de que él levantara la mano para llamar.

—Estás empapado y la temperatura está bajando. Pasa y entra en calor junto al fuego.

Contempló a Audrey, con el pelo recogido con una cinta y un vestido de calicó descolorido, y ya se sintió reconfortado.

—Estás muy guapa —soltó antes de poder contenerse.

—Parezco una colegiala, pero tenía el pelo mojado.

—A mí me pareces una mujer muy guapa. —Se juntó las manos a la espalda—. Pero no quieres que te haga cumplidos.

—Yo… —Apretó los labios. Luego levantó la cabeza y le devolvió la mirada con un brillo en los ojos—.

Ya me has pillado a punto de decir una mentira esta noche.

No diré otra afirmando que no me gustan los cumplidos tanto como a cualquier otra mujer.

Pero sí diré que preferiría que no me los hicieras.

—¿Por qué no?

—No me voy a quedar aquí. —Se giró hacia la cocina y cogió la cafetera—. Será mejor que prepare más, con esas señoras ahí fuera.

Sin preguntarle, Sam empezó a sacar tazas y platillos del armario y a colocarlos sobre la mesa.

Encontró cucharas y las puso junto a las tazas, perfectamente alineadas con los utensilios de café.

¿Estaban en el lado correcto? En algún sitio había oído o leído algo sobre la forma adecuada de colocar las cosas.

No recordaba cuál era el procedimiento. Simplemente se concentró en cada detalle hasta que supo que podía adoptar un tono desenfadado al preguntar:

—¿Cuándo?

—Ni idea. —Vertió agua en la cafetera—. Quizá ya en mayo, después del concurso de arado.

—¿Después de qué?

—De un concurso de arado. Lo celebramos todos los años al mismo tiempo que el bazar de primavera.

Algo le rondaba por la cabeza.

—Es verdad. Creo que Charlie lo mencionó mi primer día aquí. —Acercó una silla—. ¿Por qué no me lo cuentas mientras se hace el café?

—Es justo lo que parece. —Ella se sentó en la silla que él le ofrecía—. Vienen hombres de todas partes. Pagan una pequeña cuota; luego cogen un arado y compiten a ver quién es capaz de arar el surco más recto y rápido en un campo. Hay un premio en metálico.

—Así que es una carrera tirando de un arado. —Él cogió una silla frente a ella—. ¿O se puede usar un caballo o una mula?

—No, lo tiras tú mismo. —Cogió la cucharilla que había junto al platillo y la movió en círculos sobre la superficie de pino—. Es un premio generoso.

—Es una pena que no tenga un arado. He pasado muchas primaveras arando campos. Mi padre y yo nos ofrecíamos como jornaleros cuando andábamos justos de dinero. Me hice bastante bueno en eso.

—Creo que es una pena que las mujeres no puedan participar. —Se levantó de un salto de la silla y se dirigió hacia el café, que desprendía un aroma delicioso—. Yo también ayudaba a arar todos los años. Ayudaba a conducir la mula hasta que cumplí los diecisiete.

—¿Esa era la edad que tenías cuando tu familia perdió la granja? —preguntó él en voz baja.

Ella negó con la cabeza.

—Ese fue el año en que perdí a mi familia. Se desató una epidemia de fiebre y todos murieron. Tifoidea. A mí no me mató, pero estaba demasiado enferma para trabajar. Así que al año siguiente perdí la granja.

—Audrey… —Empezó a levantarse.

Ella le hizo señas para que se sentara de nuevo.

—Voy a llenar las tazas de las señoras y vuelvo enseguida. —Desapareció por la puerta de la cocina.

Sam aún la veía en su mente, una figura menuda.

Demasiado menuda para haber trabajado detrás de un arado.

Demasiado delicada para soportar año tras año el azote del viento y la lluvia, la nieve y el sol de Iowa.

Quizá estaba hecha para la vida en la ciudad, no para la vida de esposa de un granjero.

¿Quién era él para decir que ella debería querer una vida diferente a la que deseaba?

Ese tesoro escondido sin duda podría proporcionarle una vida más fácil.

Ganar el premio del concurso de arado parecía más bien una forma de conseguir dinero extra.

Si tuviera un arado.

Estaba pensando en cómo podría pedir prestado uno de los aperos agrícolas del cobertizo cuando Audrey regresó, le llenó la taza sin preguntar y volvió a sentarse frente a él.

—Creo que quieres hablar conmigo de algo. —Ella evitó su mirada.

—Quiero saber por qué estás demasiado ocupada para hablar conmigo. —Le dedicó una sonrisa alentadora.

Ella volvió a hacer círculos con la cuchara.

—Es demasiado vergonzoso para decirlo.

—¿Puedo adivinarlo?

Ella se encogió de hombros.

—No te caigo bien, pero como soy el sobrino nieto de Eleanor Prescott, no quieres decirlo.

Ella frunció la nariz.

—Sabes que no es eso.

—No tienes tiempo para un amigo más.

—Nadie debería estar tan ocupado.

—Hmm. —Se llevó un dedo a la barbilla y fijó la mirada más allá del hombro de ella—.

No te caigo mal, y te gusta tener muchos amigos, así que…

o… o… —Cambió de postura y captó su mirada demasiado rápido como para que ella pudiera apartar la vista—.

Quizá pienses que me gustas demasiado y no quieres que sea así.

—Yo… quizá… sí.

Y a ella también le gustaba demasiado. Él lo dedujo por la forma en que ella apartó la mirada y la dejó vagar rápidamente por la habitación. Pánico. Miedo a que él también le echara en cara eso.

—Lo dejaré así, Audrey. —Se levantó, sin haber tocado el café—. Pero rezo por ti y por mí, y me gustaría que me dieras una oportunidad. Por favor. Al menos deja de evitarme cuando estemos juntos en la misma habitación. ¿De acuerdo? Es sencillamente doloroso.

Eso era injusto. Sam sospechaba que Audrey no podía hacer daño a nadie a propósito.

Ella se levantó y le tendió la mano.

—Te prometo que hablaré contigo cuando nuestros caminos se crucen. Pero, Sam, por favor, no dejes que eso ocurra con demasiada frecuencia.

—Ocurrirá tantas veces como el Señor quiera. —Sonriendo, le tomó la mano, se la apretó y salió por la puerta trasera.

Silbó durante todo el camino hasta la caballeriza. Un hombre no podía evitar silbar cuando sabía que la dama que se estaba apoderando rápidamente de su corazón no le era indiferente.

Sin dejar de silbar, entró en la caballeriza por la puerta principal y comenzó su ronda nocturna para ver cómo estaban los caballos y la mula.

Pasó por la esquina donde estaban los aperos de labranza abandonados, una zona que habría que limpiar para hacer sitio y poder aparcar al menos un carruaje dentro.

Retiró la lona y se quedó mirando los objetos con creciente entusiasmo.

El arado era de buena calidad.

Como aún no era muy tarde, Sam cruzó la ciudad a toda prisa hasta la casa del señor MacKenzie. Se dirigió a la puerta trasera por si el dueño estaba ocupado con invitados.

El propio señor MacKenzie estaba frente a los fogones de la cocina preparando tortitas.

—Pasa, muchacho. ¿Tienes hambre? Siéntate y dime qué te trae por aquí bajo la lluvia. Espero que no sea nada grave.

—No, señor. Todo va bien, aunque hoy ha sido un día flojo en el trabajo.

—Claro, ya se veía venir. Siéntate. Siéntate.

Con solo un poco de reticencia a que su jefe le sirviera la comida, Sam se sentó. Mientras comía las tortitas, le explicó lo del concurso y que quería que le prestara el arado.

—Puedo practicar los días libres si alguna vez hace buen tiempo. Si me dice que no le importa que utilice ese arado viejo que hay en el cobertizo.

—¿Usarlo? Muchacho, te lo puedes quedar. A mí no me sirve de nada. Nadie ha querido alquilarlo nunca.

—Bueno, gracias, señor. Es muy generoso por su parte, pero no es necesario.

—Claro que lo es. No ganaba nada con esa caballeriza hasta que apareciste tú. Si sigues haciendo que dé beneficios, yo seré generoso.

Por muy contento que estuviera Sam de que le regalaran el arado, también reconoció la suave amenaza en las palabras del señor MacKenzie: si el alquiler de caballos tenía un mal mes o algo así, Sam podría quedarse sin trabajo.

Pero el Señor no iba a poner en suspenso la vida de Sam de esa manera, no por algo tan tonto e improbable.

Dejando a un lado la preocupación, se fue a casa trotando bajo una lluvia que cada vez se parecía más a hielo que a agua y metió la llave en la cerradura de su habitación.

No hizo falta girar la llave.

La puerta ya estaba abierta.