Capítulo 5 #2
—Ahora viven allí Constance y Hans —añadió Mary—. Nunca han encontrado nada, y no por falta de intentarlo.
—Pero el Gobierno sigue ofreciendo una recompensa por ello —dijo Zach—. Una gran recompensa. Así que la historia debe de ser cierta, al menos en parte, y merecería la pena intentarlo para conseguir la recompensa.
—Pero ¿cómo se puede intentarlo en esta tierra tan vasta? —Sam miró hacia las ventanas, donde la oscuridad y el pueblo ocultaban tras un velo millones de acres que quizá escondían la clave para conseguir todo aquello por lo que había anhelado y rezado desde que era niño.
Lo voy a encontrar.
La tía-abuela Eleanor no quería hablar del oro. Sam intentó sacarle más información después de la fiesta, pero ella le daba siempre la misma respuesta:
—Concéntrate en trabajar duro y en buscar una buena esposa.
Así que el lunes, tras alquilar los caballos, la mula y los dos carruajes, dejó un cartel en la puerta de la caballeriza en el que decía que volvería en breve.
El señor MacKenzie le había dicho que podía tomarse descansos durante el día, sobre todo si todo estaba alquilado o si el tiempo hacía que el negocio fuera lento.
Aprovechando esta generosidad, Sam se dirigió a zancadas por la calle Principal y entró en la redacción del periódico.
—No me sorprende verte —le dijo Zach Brennan con una sonrisa—. Parecías muy interesado en ese oro. Por fin me he puesto a ordenar los números antiguos.
—¿El anterior editor guardaba los números atrasados? —preguntó Sam.
—No con mucha regularidad, y algunos están estropeados por el agua. Echa un vistazo si quieres. —Zach abrió una puerta detrás de su escritorio, lleno de papeles—. Ojalá pudiera hacer copias de esas páginas. Podría venderlas por diez veces lo que cuesta un periódico y hacer fortuna.
—¿Crees que habría tanta gente interesada?
En cuanto formuló la pregunta, Sam supo que era una tontería. Por lo que había averiguado, en los últimos diez años, dos jóvenes habían recorrido cientos de millas para encontrar el oro porque habían leído algo al respecto en alguna parte.
—Veré qué puedo averiguar.
Sam rodeó el escritorio y entró en la trastienda.
Olía a ratones y humedad, a tinta y papel.
Durante unos instantes, se quedó simplemente de pie, contemplando los papeles apilados desde el suelo hasta el techo.
Años y años de archivos. A veces, varias copias de la misma semana, se dio cuenta al examinarlos más de cerca.
Parecía como si nadie tirara nunca ningún periódico de más.
Cogió una pila de papeles del montón que Zach le había señalado.
Noticias de guerra y de la desaparición del oro.
Empezó a rebuscar entre las pilas en busca de más información.
El polvo y el moho se levantaban como gases de pantano.
Empezó a estornudar. Al cabo de la media hora que se había concedido, sin embargo, supo que dos hombres habían atravesado la ciudad a caballo, habían dejado sus caballos en la caballeriza, habían cabalgado hasta la granja de Jim Mitchell y luego habían desaparecido.
Solo las sospechas y las especulaciones vinculaban a esos hombres con el oro desaparecido, sobre todo cuando Jim Mitchell vendió sus propiedades y también desapareció.
Aparte de las menciones a que la señorita Constance Miller y la señora Tara Nichols habían venido al pueblo en busca del oro en dos ocasiones distintas tras la guerra, la historia desapareció de las noticias.
Encontrar más información sobre el oro resultaba tan difícil como descubrir el propio tesoro.
Muy sucio y un poco desanimado, Sam le dio las gracias al periodista y regresó a zancadas a la caballeriza a tiempo para recoger un carruaje y un caballo y tomarse una taza de café antes de que llegaran el resto de los animales.
Darles de comer, de beber y cepillarlos le llevó el resto del día.
Al anochecer, había terminado su trabajo.
Agotado, quería prepararse la cena y descansar.
Al mismo tiempo, sentía una inquietud que sabía que provenía de su búsqueda de información sobre el oro robado.
¿Quizás esto esté mal, Señor?
Se echó el abrigo por encima.
Un paseo enérgico al aire helado le vendría bien. Pero no sabía adónde ir hasta que oyó el silbido de un tren resonando con su melodía lúgubre por el campo.
Según el reloj del escaparate del Scott’s Bank, el tren llevaba retraso. Esperaba que no pasara nada malo. Audrey lo sabría si así fuera.
Se dirigió hacia la estación de tren. Al menos, podría acompañarla a casa. De todos modos, ella no debería andar sola en la oscuridad. Por supuesto, quizá ya estuviera en casa, pero nadie podía culparlo por intentarlo.
Se encontró con Audrey a mitad de camino entre la estación de tren y el pueblo, al reconocer sus pasos rápidos y ligeros que crujían sobre la grava helada.
—¿Audrey?
Ella dio un grito ahogado.
—Oh, Sam, eres tú.
—¿A quién esperabas? —Sonrió, al agradarle que por fin hubieran llegado a un punto en su relación en que pudieran tutearse.
Se puso a caminar a su lado.
—A nadie, pero desde que te dispararon… Lo admito. Ahora me pongo un poco nerviosa por este camino cada vez que Charlie no puede acompañarme a casa después de que anochezca.
—Entonces me alegro de estar aquí para acompañarte a casa. —Él vaciló—. Siempre me alegra acompañarte a casa si puedo escaparme a tiempo.
Contuvo la respiración, esperando su respuesta.
—Gracias.
Como esperaba que rechazara su oferta, su sencillo «gracias» le pareció una bendición.
—Me he dado cuenta de que el tren llevaba retraso.
Sacó a colación el primer tema de conversación que se le ocurrió.
—Casi media hora. Danny también llegó tarde. Danny casi siempre llega tarde. Un poco de hielo en la vía ralentizó el tren al salir de Davenport. El terreno es bajo allí, cerca del río, y el hielo es un problema.
—¿O para que el maquinista se tomara un café? —bromeó.
Ella sonrió.
—Algo así. Hablando de hielo, vuelve a hacer frío. —Se estremeció—. Creo que va a nevar más.
—¿Lo hueles?
—No.
—Pues yo digo que no nevará. Estamos en marzo.
—También estamos en Iowa. —Se cruzó de brazos—. Aquí puede nevar en abril.
—Gracias por el aviso. Haré acopio de provisiones en la medida de lo posible.
—Siempre lo hacemos.
Recorrieron unas cien yardas sin hablar.
Entonces Audrey respiró profundamente.
—He visto que conociste a toda la gente de la iglesia que no vino el sábado.
—Sí, todos tuvieron la generosidad de presentarse y disculparse por no haber asistido.
—Fue muy amable por su parte, pero aun así ojalá hubieran podido venir.
—Solo fueron unos pocos.
—Pero a mí me gusta que haya mucha gente alrededor. —Audrey suspiró—. Doce no es un número respetable para una fiesta. Y fue una pena que Jess estuviera resfriada. Y los demás tenían otros compromisos. Los jóvenes, quiero decir —concluyó apresuradamente.
—Audrey, he disfrutado de cada minuto.
Quería tocarle la mano, asegurarle que la reunión en su honor le había complacido más de lo que las meras palabras podían expresar. Lo intentaría, sin embargo.
—Puede que tuviera fiestas cuando era niño, pero no lo recuerdo. Así que, en lo que a mí respecta, la del sábado fue la primera que se organizó para mí. Y eso la hace perfecta.
—Gracias.
A la tenue luz que se filtraba desde las casas, percibió su tímida sonrisa dirigida hacia él.
Se le encogió el corazón. Se le cortó la respiración. Le vinieron a la mente las palabras de la tía-abuela Eleanor, recordándole que Audrey no era para él. Sin embargo, ninguna cantidad de palabras podía impedir que alguien se preocupara por otra persona.
Tenía que cambiar de tema, darle un tono menos personal antes de decir algo que la ahuyentara. Necesitaba tiempo para convencerla de que se quedara —si era eso lo que se suponía que debía hacer. Si estaba destinada a él.
Hasta que lo supiera de una forma u otra, no veía nada malo en captar su atención.
—Me pareció interesante la charla sobre el oro.
—Lo fue.
Audrey se quedó pensativa un momento mientras se acercaban a la casa de la tía-abuela Eleanor.
—¿He dicho algo incorrecto? —preguntó él.
—No es que esté mal… —Ella pisó el peldaño inferior de las escaleras del porche—. Es una fuente inagotable de fascinación para todos nosotros aquí en Browning City.
—Excepto para la tía-abuela Eleanor.
—Excepto para la señora Prescott. —Audrey juntó las manos enguantadas bajo la barbilla y lo miró fijamente—.
Verás, a ella no le gusta que se hable de eso porque una de las leyendas que rodean al oro cuenta que el último lugar donde alguien vio a uno de los ladrones o sus alforjas fue en la caballeriza.
—Y su marido, mi tío abuelo, era el dueño en aquella época.