Capítulo 5
- D ebería venir al salón y unirse a nosotros. —Sam se quedó de pie en la puerta de la cocina, donde hacía un calor sofocante, y sonrió a Audrey—. La cocina no va a salir volando si no está aquí para sujetarla.
—Pero el café podría desbordarse. —Audrey cogió un cuchillo—. Y si la gente quiere más tarta…
—Que vengan a por ella ellos mismos. Ahora venga. No se ha sentado ni un minuto desde que llegaron los invitados. —Sam le tendió la mano.
Como hacía siempre que se encontraban, al darse la mano o incluso al pasarse un objeto, como un plato o una taza, que pudiera hacer que él la tocara, Audrey se apartaba de un salto como un conejo asustado.
Se entretenía con cualquier cosa, incluso con tareas innecesarias, para evitar estar cerca de él.
Esa reacción hizo sonreír a Sam. Si ella le fuera indiferente, no se esforzaría tanto por mantenerse alejada de él.
—O podría llevar yo mismo el resto de esta comida al salón por usted. —Empezó a levantar la pesada bandeja de pasteles y sándwiches—. ¿Le vale así?
—No, no, tengo que mantenerlo todo tapado. —Audrey echó un paño de cocina por encima de todo—. Se pondrán duros si no los mantengo húmedos, y no podemos tener un paño encima de ellos ahí fuera. La gente no se comería nada. Así que tengo que quedarme aquí y servir los platos.
—Todos los que están aquí, incluso mi tía abuela, que está bastante enferma, pueden servirse su propio plato. —Sam dio un paso adelante y le cogió la mano a Audrey.
A pesar del calor que hacía en la cocina, sus dedos estaban helados.
—Tiene que estar cerca del fuego. —Echó un vistazo a la cocina y le sonrió.
Eso le arrancó una lenta sonrisa.
—Quizá esté cansada.
—Pero esta gente son sus amigos, sus vecinos. Los conoce desde hace años.
—Solo tres. Son más bien amigos y vecinos de su tía. Mis amigos no han venido. —Parecía tan decepcionada que él le apretó la mano y la atrajo suavemente hacia sí.
—Yo soy su amigo, y estoy aquí.
—Pero Jess y Nick no están, y yo tenía muchas ganas de que vinieran. —Parpadeó, bajó la mirada y retiró la mano—. Quizá vengan más tarde.
—Si lo hacen, estará más cerca de la puerta para recibirlos.
Audrey levantó la vista hacia él y se rio.
—¿Vendía cosas con su padre?
—Sí. Se me daba especialmente bien vender bonitas cintas a las señoras.
—Me lo imagino. —Dejó el último bocadillo en la bandeja—. Bueno, ¿cree que alguien en el salón quiere algo?
—Su presencia. —Sam volvió a abrir la puerta—. Al menos yo sí, y soy el invitado de honor. Así que venga conmigo.
—Sí, señor. —Audrey se dirigió hacia la puerta, se detuvo y se quitó de un tirón el delantal.
Sam decidió no decirle que un rizo suelto le bailaba en la nuca. Tenía un aspecto tan dulce que le apetecía tocarlo para ver si era tan sedoso al tacto como parecía.
La siguió a ella y al rizo saltarín desde la cocina.
En el salón, un fuego crepitante y una docena de voces les dieron una cálida bienvenida.
Al escuchar cómo todos saludaban a Audrey y ver cómo se les iluminaban los rostros al entrar ella en la habitación, Sam se preguntó cómo podía ella decir que no eran sus amigos y vecinos.
Todos los hombres y mujeres del salón se alegraban de su llegada.
Él también. El salón parecía completo con su presencia, como si alguien hubiera restaurado un eslabón perdido de una cadena. Más bien como el broche que lo mantenía todo unido.
—Venga, siéntese aquí, señorita Audrey. —Zach Brennan, el periodista, se apartó para sentarse en el reposabrazos del sofá y dejó un sitio libre en el cojín junto a la señora Reeves, la esposa del pastor.
Audrey negó con la cabeza.
—Debería sentarse Sam. Él es el invitado de honor.
—Mi sobrino nieto es demasiado caballero como para sentarse y dejarte de pie. —La tía abuela Eleanor dio un golpe con su bastón en el suelo—. Ya deberías saberlo a estas alturas, Audrey. Ahora siéntate para que podamos volver a hablar de Sam con él aquí presente, en lugar de a sus espaldas.
—¿De verdad estabais hablando de mí a mis espaldas? —preguntó Sam mientras cruzaba la habitación para sentarse en el borde del alféizar de la ventana, junto a la tía abuela Eleanor—. ¿Qué decíais?
—Que tenías el buen sentido de no seguir llevando la vida que llevó tu padre. —La tía abuela Eleanor frunció el ceño—. Esa no es forma de formar una familia.
—Ni siquiera de encontrar una esposa —dijo Jackson Reeves, el pastor—, para poder formar esa familia.
—Esperen un momento. —Sam levantó una mano en señal de que se detuvieran, con la palma hacia delante—. Primero tengo que hacerme un hueco en la vida.
—Y conocer a las jóvenes que aún no están comprometidas —intervino Zach—. Algo así como la señorita Audrey. —Le dio un golpecito en el hombro con un dedo delgado como un lápiz.
Ella se sonrojó como una fresa madura y Sam sonrió.
—Ella servirá para empezar, pero estoy seguro de que Browning City tiene a alguien más que me dé donde elegir.
—Están Jess Dawson y Emma Kirkpatrick y Eva MacKenzie cuando está en la ciudad, y… —Audrey recitó una lista de nombres de chicas que parecía no tener fin.
Pronunció cada nombre con tanta rapidez y precisión que Sam se preguntó si se los había memorizado.
Desde la noche en que las llevó a ella y a Jess a cenar al hotel, Sam sospechaba que Audrey tenía la intención de hacer de casamentera entre Jess y él.
Con todo el mundo mirándolos, no pudo resistirse a tomarle un poco más el pelo por ofrecerle una selección de jóvenes entre las que elegir.
—Pensaba que quizá esta fiesta iba a ser un desfile de chicas. Qué decepción.
Todos se rieron. Todos menos Audrey. Parecía dolida. A Sam le pareció que le temblaba un poco el labio inferior antes de morderlo y bajar la cabeza.
—Supongo que las espanté en la iglesia la semana pasada —dijo Sam, arrepintiéndose de haber bromeado con Audrey.
—Por lo que he oído, no. —Jackson soltó una carcajada.
—Yo tampoco. —Zach empezó a hacer garabatos en el aire—.
Creo que le vendí un periódico a todas y cada una de las mujeres de Browning City.
Querían ese dibujo que hice de ti, Sam. Si hubiera tenido una cámara y hubiera podido hacer una foto, las habría vendido por diez veces el precio de un periódico.
Volvieron a estallar las risas. Al verse en el punto de mira, Sam se unió a ellas. Se alegró de ver sonreír a Audrey.
—Sí que invité a algunas personas más. —Audrey miró hacia la puerta—. No sé por qué no han venido.
—Tendrás ocasión de conocer a todo el mundo cuando mejore el tiempo. —Mary Reeves le dio una palmadita en la mano a Audrey.
—Por ahora, ya hay suficiente gente en esta casa. —La tía abuela Eleanor cogió su taza de café—. Pero más vale que mañana lleves a la iglesia las sobras de tarta y pastel, o las dos acabaremos tan redondas como calabazas.
—¿Así que te alegras de haberte instalado aquí, aunque no haya una multitud de mujeres haciendo cola? —preguntó el señor MacKenzie.
—Bastante contento. —Sam no pudo evitar mirar en dirección a Audrey. Estaba hablando con Zach Brennan. El periodista la estaba haciendo reír. Qué guapa estaba cuando se reía.
—Sí, es una chica muy guapa. —El señor MacKenzie asintió con la cabeza; su cabello blanco reflejaba la luz de la lámpara y brillaba—. Pero me cansa tenerla a la vista. Nunca se queda quieta. Si este pueblo no le ofrece suficiente emoción, ella misma la crea.
Sam sonrió.
—No me imagino que este pueblo pueda tener nunca emoción alguna, lo cual me parece bien.
—Oh, no, ya hemos tenido nuestra ración de emociones. Sobre todo por culpa del oro.
—Graham, por favor —se quejó la tía abuela Eleanor—. No vuelvas a sacar ese tema.
Pero los demás habían dejado de hablar y se habían vuelto para mirar fijamente a Graham MacKenzie.
—Vamos, Eleanor, sabes que es cierto que el oro ha sido lo más emocionante que hemos tenido aquí en años. —El señor MacKenzie asintió con la cabeza—. Ya nos ha dado tres emociones fuertes: primero, cuando los ladrones pasaron a caballo…
—Supuestamente pasaron por aquí —interrumpió la tía abuela Eleanor.
—O se quedaron, según tengo entendido. —Zach se puso de pie como si fuera a dar un discurso.
—No hay pruebas de eso. —Jackson Reeves tenía el mismo gesto de labios apretados que la tía abuela Eleanor.
—Pero hemos tenido tanto a hombres del Gobierno como a jóvenes buscando ese oro. —Mary sonrió—. Andrew y Tara Nichols, y Constance y Hans Van de Kieft lo buscaron. Ninguno lo encontró, pero encontraron a sus parejas para toda la vida.
—Un botín mucho más valioso que el oro, cuya existencia nadie está seguro. —La tía abuela Eleanor sonó francamente mordaz.
—No sé mucho al respecto. —A pesar de que a su tía no le gustaba el tema, Sam quería detalles.
Quería oro. El oro le permitiría comprar tierras y proporcionarle estabilidad
—una casa, una esposa, hijos— mucho antes de lo que tardaría trabajando y ahorrando hasta el último céntimo.
—Charlie mencionó algo al respecto cuando llegué —añadió.
—Charlie habla demasiado. —La tía abuela Eleanor extendió la taza de café—. Audrey, ¿me pones un poco más?
—Por supuesto. —Audrey se levantó de un salto.
—Yo lo traigo —se ofreció Sam.
Audrey fue a por la taza.
—No, Sam, yo lo traigo. Quédate aquí y habla con tus invitados.
—Se lo robaron a la Unión al final de la guerra.
—Zach se balanceó de un pie a otro—. Se lo llevaron justo delante de las narices de unos Pinkerton, o eso cuenta la historia.
Los identificaron, y algunas personas de por aquí juraron que los habían reconocido por los retratos robot.
Algunos decían que uno de los granjeros de la zona estaba implicado.
Pero nunca se demostró ni se encontró nada, y ese granjero se largó de aquí poco después.
—¿Cuánto oro? —insistió Sam.
—Demasiado para que lo llevaran un par de hombres a caballo —espetó la tía abuela Eleanor.
—La mayoría de la gente cree que Jim Mitchell lo enterró en su granja —dijo MacKenzie—. Pero si lo hizo, no sé por qué me habría vendido todo su equipo antes de marcharse del pueblo.